LALIGA SANTANDER· VALENCIA-MÁLAGA

La verbena de Mestalla (5-0)

  • El Málaga se descompone de manera alarmante ante un Valencia que marcó prácticamente en cada llegada

  • Hubo mejor puesta en escena en ataque, pero baldía ante el desastre atrás

Desesperación entre los jugadores del Málaga Desesperación entre los jugadores del Málaga

Desesperación entre los jugadores del Málaga / EFE

Seguramente esta no sea la medida real del Málaga. Seguro que hay un potencial latente que aún no ha aflorado, pero su rendimiento actual es de equipo que se va a la deriva, y es lo que se ve. Que necesita un maratón de llegadas para hacer peligro, que no marcar, y que se hace trizas a cualquier asomo del adversario. Sin duda, síntomas de una crisis que se puede superar. Pero la clasificación no la ordenan los méritos, las ganas ni el optimismo, ni los descensos se recuerdan por la mala fortuna o las rachas, sino por el daño que hacen y lo difícil que es recuperarse. Ha llegado un punto de reflexión o de actuación, eso lo tendrá que valorar la directiva. Pero se han agotado las excusas y casi la paciencia del aficionado. Porque ahora mismo el problema es serio, cada partido es un problema. Lo de anoche, concretamente, una verbena.

Paciencia, tiempo y confianza alumbran el camino para una reacción. Cabe preguntarse si Míchel seguirá teniendo algo de ello. A corto plazo todo apunta a que sí, pero las hemorragias que no se cortan suelen curarse echando al de siempre. Qué ironía, de mago a enfilar el patíbulo en apenas tres meses. Pero también le han cambiado la varita por un palo. Está haciéndolo peor con un peor equipo; ni el técnico encuentra cura ni los parches cubren tantas heridas.

Luis Hernández y Diego González no son tan malos como parecen, pero ahora parecen muy malos. Flojo favor les hizo Kuzmanovic, perdido pese a la red de seguridad que tenía con Rolón y Recio. Era un dibujo que parecía un escudo y acabó como una autopista de peaje para el Valencia. Cualquiera análisis individual saca los colores salvo a las honrosas decepciones de siempre. Mula, cómo no, y Rolón, algo de luz entre tanta sombra. A ellos se sumó Rolan, gran descubrimiento para la causa, ajeno a la imagen inánime de sus compañeros. Móvil, plástico con el balón, impetuoso e inteligente. Un delantero que, a diferencia de Borja Bastón, el sacrificado, sí sabe respirar fuera del área.

Resulta complicado entender cómo cayó 5-0 un equipo que mostró en la primera mitad su mejor despliegue hasta el momento. La fragilidad del ánimo lo explica bastante. Y la regla de oro de este deporte, claro: el fútbol es tan fácil como mandar en las áreas y tan difícil como saber gobernarlas. El éxito es el hambre de Zaza, su calidad; el fracaso es consolarse con la versatilidad y el aire fresco de Rolan, el tiro de Mula al muñeco. Apenas se recuerda a Neto en el partido, y todos los defensas del Málaga quedaron retratados. Santi Mina o Soler encontraron un desierto para moverse, Mula, Jony o Rolan vaciaron un cargamento de balas para no matar ni una mosca. Un perfume que recuerda al del Gato Romero.

Mestalla fue una mentira. Porque andaba el equipo armando un buen tejado. Con Rolan aportando frescura y soluciones, mejor asentado con ese triángulo de la medular para sumar más efectivos para las llegadas. Llegó a hacerlo tan bien que por momentos el aficionado olvidó sus penas. Hasta que un balón en largo, un mero balón en largo, recordó la triste realidad, que este plantel se ha quedado sin cimientos y se viene abajo al primer soplo de viento. El equipo necesita reconstruirse cuando ya ha terminado la pretemporada y han volado 15 puntos.

Boxeó mejor el Málaga y cayó otra vez por k.o. Porque pelea con guantes de papel. A estas alturas todos están señalados, técnico, jugadores y los que configuraron la plantilla. No hay coartadas en los fallos arbitrales (hubo fuera de juego en el 2-0), ni excusas en el calendario. Y es justo en este momento en que los equipos repuntan o terminan de hundirse en las arenas movedizas. La siguiente página se escribe el sábado. Salvo que Al-Thani decida que antes llegue el epílogo de Míchel.

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