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Un desenlace prematuro

  • A falta de diez jornadas y 30 puntos, el Málaga llega a 11 de la salvación

  • Técnico, plantilla y afición comienzan a orientar su discurso hacia lo ya inevitable: el descenso a Segunda División

Manuel Iturra, Ignasi Miquel y Medhi Lacen, tras uno de los goles del Barcelona en La Rosaleda. Manuel Iturra, Ignasi Miquel y Medhi Lacen, tras uno de los goles del Barcelona en La Rosaleda.

Manuel Iturra, Ignasi Miquel y Medhi Lacen, tras uno de los goles del Barcelona en La Rosaleda. / marilú báez

Resignación. Capacidad de aceptación de una situación que se escapa de tu control por las adversidades que ha ido encontrando por el camino. Es una larga lista la de los contratiempos, los percances y los errores. Se remontan al pasado verano y han ido acumulándose en una pila hasta que se han salido del tiesto, nueve meses después. Fue demasiado tarde hace tres meses, cuando se gastó la bala del entrenador y después la de reformular la ecuación de una plantilla sin aplomo. Nada funcionó. Ahora todos asumen su hado.

La situación el pasado sábado se agravó. Visitó La Rosaleda el Barcelona y todos los agentes en juego dispusieron las cartas del revés. La victoria del Levante pareció golpear con la realidad a una afición que mostró una cara nueva e inesperada. No creyó en el equipo en ningún momento y lo hizo saber. Todas las apuestas apostaban al 2 en la quiniela, era lo normal. No solo por el rival, sino por quién se enfrentaba a él. Si la Grada de Animación se burló de su equipo con olés en las pocas combinaciones que realizó -de apenas cinco o seis pases seguidos-, entonando el "Míchel vete ya" o coreando el "cumpleaños feliz" a un jugador del otro equipo -Rakitic-, los once jugadores a los que representan tampoco dieron fundamentos para otra cosa, con el partido sentenciado a la media hora de partido.

Si ya estaba cuestionado José González antes de medirse al Barcelona -enlazaba seis derrotas consecutivas; ahora, siete-, tras el partido su mensaje fue desesperanzador, de haber perdido cualquier hilo de fuerza, esperanza o ilusión que le pudiera quedar a estas alturas. "La Segunda está más cerca, porque estamos a 11 puntos, nos queda competir como profesionales. Tengo que trabajar más. Tenemos que competir. Entiendo que a día de hoy es imposible tener ilusión, tenemos que seguir trabajando", expresaba el gaditano en rueda de prensa el sábado. Con términos como "nos queda" e "imposible" entre su vocabulario, la sumisión por el destino del equipo parece total, más entonando ese "yo igual, más no puedo dar, es incapacidad de todos".

También se desligó de las palabras de Luis Hernández el sentir del vestuario, voz autorizada dentro de él. "Sabíamos que si no ganamos nosotros, al final los que están por encima algún día iban a sumar", decía tras el 0-2 que se agravaba tras el triunfo del Levante y añadía: "El equipo está igual de jodido o más que la semana pasada. Las jornadas que quedan vamos a salir a competir con la mayor dignidad posible". Mismo axioma que José: lo que nos queda. Lo que nos queda hasta que las matemáticas confirmen lo que es ya una obviedad, la pérdida de la categoría.

"Se dice que se puede, pero honestamente lo tenemos muy difícil. Sobre todo porque el equipo no está para muchos trotes", sentenciaba una de las voces del malaguismo, Antonio Benítez. Y si la leyenda blanquiazul afirma esto, poco más hay que decir ya.

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