La Recachita

nacho artacho

Basura

Pedro Fernández de Quirós nunca acabó de decidirse entre la mística y la náutica. Algunos lo tuvieron por un marinero inspirado. Otros, por un beato con amor al mar. El caso es que el buen hombre terminó tomando el camino de en medio y, ceñido en una saya franciscana, se presentó en 1602 ante Clemente VIII con la intención de obtener la venia que le permitiese evangelizar las tierras australes. Conseguido el permiso, Quirós no defraudó las expectativas vaticanas y bautizó toda la geografía de las Nuevas Hébridas con nombres tan piadosos como desconcertantes. Rodeando la Nueva Jerusalén, por ejemplo, corría el río Jordán, en cuyas aguas se despiojaban los caballeros de la recién creada orden del Espíritu Santo. Un despelote de dimensiones bíblicas, para entendernos.

En una de sus expediciones rutinarias por el Pacífico, el navegante topó con una pequeña isla que acertadamente consideró deshabitada. En efecto, para cuando la flotilla española llegó a Henderson, allá por 1606, el islote ya llevaba despoblado casi dos siglos. Investigaciones recientes han creído ver en la escasez de recursos madereros la causa de la extinción de la vida humana en la zona: la ausencia de árboles habría impedido la fabricación de canoas con las que poder huir hacia regiones más fértiles.

Si, tras la lectura de lo anterior, está sopesando la posibilidad de hacerse una escapadita a este enclave del archipiélago Pitcairn, deseche la idea. Henderson es hoy el principal vertedero del planeta. Así lo afirma, al menos, la revista norteamericana PNAS, que el pasado lunes publicó un estudio terminante: la isla acumula 18 toneladas de basura a lo largo de sus 37 kilómetros cuadrados. La virulencia de las corrientes convierte el atolón en un sumidero gigantesco y a Henderson, en una metáfora invencible: tarde o temprano, la mierda que se esconde bajo la alfombra acaba calando el techo del vecino y alertando a Sanidad. Dicho lo cual, la próxima semana hablaremos del Gobierno.

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