La Recachita

nacho artacho

No has visto ningún árbol

En 1937, Amelia Earhart emprendió un último viaje antes de abandionar la aviación

El islote de Howland, abandonado a su suerte en mitad del Pacífico, apenas es mayor que un portaviones. Merece, sin embargo, la nobleza de un faro que alumbra a nadie en el centro de la noche austral. No muy lejos de allí, en el atolón de Nikumaroro, fue a estrellarse Amelia Earhart en 1937. Así se desprende del último estudio que sobre la materia ha publicado la revista Forensic Anthropology esta misma semana.

Como la Dorothy de El Mago de Oz, Earhart había escapado de Kansas. También como ella, lo había hecho por los aires. Cuando ni siquiera llegaba a la veintena, alcanzó las dos determinaciones que iban a guiarle la vida: no depender jamás de un hombre y procurarse un hueco en la historia de la aviación.

Con el fin de la Primera Guerra Mundial, muchos supervivientes de las batallas aéreas habían hecho fortuna exhibiéndose en espectáculos circenses y la carrera aeronáutica ocupaba a menudo las páginas centrales de los diarios. A ellas se asomó Amelia Earhart cuando se convirtió en la primera mujer en cruzar el Atlántico en aeroplano. Corría 1932, y su figura llenó salas de conferencias y vallas publicitarias. Eran los años en que Roosevelt le reservaba habitaciones en la Casa Blanca y los círculos de Hollywood se le abrían como por encanto.

En 1937, Earhart decidió emprender un último viaje antes de abandonar la aviación. Se había propuesto dar la vuelta al mundo siguiendo la línea del ecuador y acercarse así a un nuevo tipo de conocimiento: "No has visto ningún árbol hasta que no has visto su sombra desde arriba", confiesa al sobrevolar África. Cuando sólo le faltan dos etapas para lograr la proeza, su rastro se pierde en las cercanías del islote de Howland. El gobierno estadounidense organiza entonces un dispositivo de búsqueda integrado por nueve buques y sesenta aviones. Incapaz de encontrar un solo resto, el equipo de rescate levanta un faro que salva la memoria de la aviadora y que alumbra a nadie en el centro de la noche austral.

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