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Rafael / Padilla

Me ratifico

LA pasada semana afirmé aquí el fracaso del Plan Bolonia. Ante la reacción airada de algunos, aclaro. Dije, y ahora reitero, que mis conclusiones nacían de la experiencia: soy jurista y, como tal, valoro lo que está ocurriendo en mi específico campo del saber. Nada, por otra parte, que no estuviera avisado. Al inicio del despropósito, los mejores cerebros jurídicos del país (Eduardo García de Enterría, Luis Díez-Picazo, Santiago Muñoz Machado, entre otros) elaboraron un manifiesto profético en el que anticipaban los estragos que el invento produciría. Por desgracia, acertaron: con el fomento de un perfil inferior del profesional jurídico como mero aplicador de las normas vigentes, hemos desembocado en una obvia degradación de la figura. Se confundía, y se confunde, la profesionalización del jurista con la mera destreza en la aplicación de los preceptos. Eso termina graduando a juristas menores, livianos, acríticos, faltos de perspectiva, huérfanos de una verdadera mirada conocedora del mundo del Derecho que desde luego no les aportará ningún salvífico máster.

Y es que ni los contenidos ni el ritmo permiten otra cosa: una ciencia como la jurídica, llena de claroscuros, ávida de interpretaciones, que carece de dogmas universales y opera en una sociedad determinada, resiste mal, si no es con una desesperante igualación a la baja, el pretendido instrumento unificador que Bolonia propicia. No es casualidad que en Alemania, para estos concretos estudios, se abstuvieran de emprender la aventura. Esa uniformidad simplista y equivocada de Bolonia ahonda en la infantilización de unos alumnos, los nuestros, que sólo mucho más tarde, cuando la vida los vapulee y les haga madurar, descubrirán, maldecirán y con suerte lograrán superar semejante estafa universitaria.

El magistrado José Ramón Chaves ha escrito estas palabras que suscribo: "Un jurista no nace, sino que se hace, y requiere una formación horizontal y profunda, con visión global y no fragmentada. Unos estudios de Derecho culminados pasito a pasito, a golpe de examen con breve periodicidad temporal y sobre una tutoría tan pueril como irreal, son como creer que jugando al Monopoly se forjan arquitectos". Pues en esas estamos, bromeando con el futuro de nuestros jóvenes, enviándoles a estrafalarios e inútiles destinos Eramus, sin cumplir cabalmente nuestra auténtica misión. Esto es lo que a diario vivo. Y enoje o no, como lo siento lo cuento.

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