cuarto menguante

Joaquín Aurioles

Los terrenos de Repsol, un proyecto llamado a transformar Málaga capital

Desde los años 60 son numerosas las oportunidades dejadas escapar por la ciudad para crear un gran parqure urbano La presión demográfica en la zona es muy superior a la recomendable

En los años 60 del siglo pasado fueron la Malagueta y la propia Carretera de Cádiz. En los 70 el Polígono Alameda y los terrenos de la antigua fábrica de Larios. Luego vino Teatinos, las Playas de El Bulto y la antigua zona industrial del litoral de poniente, Campamento Benítez, Arraijanal, … Con todos y cada uno de ellos escapó la oportunidad del gran parque urbano del que carece esta ciudad. El tren pasa ahora por 177.000 metros cuadrados de erial contaminado en medio del distrito más densamente poblado de Andalucía que unos quieren convertir en bosque y otros en el mayor proyecto urbanístico, según se dice, seguramente de forma exagerada, de la historia de la ciudad. Nos referimos a los terrenos de Repsol, donde hace algo más de medio siglo se expropiaron un terreno de huerta para la construcción de viviendas sociales, como tantos otros por la zona, aunque en este caso se decidió finalmente dedicar a albergar depósitos de combustible. Un polvorín en medio de un barrio masificado donde residía aproximadamente la quinta parte de la población de la ciudad, que afortunadamente se consiguió desmantelar tras más de una década de negociaciones iniciadas por Pedro Aparicio en 1991, en medio de fuertes protestas vecinales.

Su función como parque urbano ya se contempló en el PGOU del 83, aunque fue en el del 97 cuando se comenzó a vislumbrar el antecedente del proyecto actual, añadiendo a la idea inicial de gran parque público la posibilidad de equipamientos y viviendas. Tras la aparición de Comarex en escena, la empresa que adquirió los terrenos a Repsol en 2005 por 41 millones de euros y que consiguió que el Ayuntamiento modificase sustancialmente sus planes a cambio de la promesa de un desembolso de 82 millones de euros, los perfiles se fueron definiendo con nitidez. Podría calificarse como una operación propia de la época en la que se produjo un intercambio de zonas verdes por rascacielos. Quedarían libres de ocupación unos 80.000 metros cuadrados, tras dedicar 13.500 a la edificación de cuatro torres de viviendas libres con alturas comprendidas entre los 105 y 126 metros y cuatro bloques de viviendas de protección oficial que, en total, permitirían albergar a una población cercana a las 5.000 personas en unos 1.400 pisos. El resto se repartiría entre equipamiento comercial (18.000 mts2), otros equipamientos (28.000 mts2) y viales (37.500 mts2), aunque entre la vecindad no tardó en aparecer un fuerte movimiento en contra, que en poco tiempo ha conseguido sumar un importante número de adhesiones.

Según Sergio Reyes, geógrafo y vecino de la zona, la presión demográfica es entre 4 y 5 veces superior al estándar que propone CAT-MED, una iniciativa para la concepción e impulso de un modelo de ciudad sostenible en el Mediterráneo en la que participa el Ayuntamiento de Málaga, mientras que la disponibilidad de zonas verdes es inferior a la mitad de lo recomendado por la Organización Mundial de la Salud. Su apuesta y la de otra mucha gente dispuesta a movilizarse para cambiar los planes del Ayuntamiento es la creación de un gran bosque urbano. Ni una sola vivienda más donde la masificación supera todos los estándares concebibles y donde los espacios urbanos resultan tan escasos. Víctor González, arquitecto, miembro del colectivo Malakatón y también residente en la zona, comparte la opinión, convencido de que se trata de una oportunidad estratégica para la ciudad, pero sobre todo para los vecinos, aunque admite que la complejidad de este tipo de valoraciones dificulta el debate y la participación ciudadana. Lola Joyanes, también arquitecto y urbanista, insiste en su consideración como una oportunidad estratégica, lo que significa que tanto las ventajas como los inconvenientes de las diferentes opciones deben ser contempladas en un amplio horizonte temporal y evitar la tentación suicida de la coyuntura, en la que a veces se insiste desde el Ayuntamiento de un tiempo a esta parte. Si fuésemos anglosajones la discusión no existiría porque la consideración de la escala urbana e incluso la metropolitana lleva a valorar aspectos relacionados con la salud y la socialización de los espacios públicos para la convivencia. El pleno de coincidencias en esta primera valoración del proyecto se completa con la intervención de Vicente Granados, economista y profesor de economía urbana en la UMA, que además de enfatizar en la consideración del ámbito metropolitano del proyecto, entre otras cosas porque permitiría sumar al impulso a la Junta de Andalucía, proporciona abundante evidencia empírica de participación ciudadana en el aprovechamiento comunitario de antiguos espacios industriales que, por cierto, suelen contar con el apoyo financiero explícito de la Unión Europea. Barcelona puede ser un caso ejemplar de invitación a la participación en proyectos de reconversión en espacios pequeños, que ha terminado por convertirse en uno de los pilares centrales de un modelo concreto de gestión de ciudad.

Aceptemos que nos referimos a una zona de la ciudad particularmente compleja, para la que una intervención de estas características puede suponer un fuerte y deseable impulso dinamizador, pero esta música suena a antigua. En primer lugar, porque la experiencia nos indica que el itinerario entre el desarrollo urbanístico y el económico y social no es tan diáfano como a veces se pretende presentar e incluso con frecuencia resulta intransitable. Para Víctor González la dinamización urbana es poco probable si previamente no se produce un proceso de identidad con el entorno que favorezca la participación creativa. Esta no es la situación en la zona, por lo que la gente no identifica el problema como suyo ni tampoco lo interpreta en clave de oportunidad para el progreso. En segundo lugar, porque se tiene la impresión de estar ante un nuevo caso de intereses privados disfrazados como públicos, aunque en este caso la pregunta que surge de forma inmediata es sobre la razón del apoyo municipal al proyecto. No hay respuestas contundentes porque este tipo de cosas no suelen ser muy transparentes, pero sí diferentes sugerencias. Lola Joyanes apunta a la financiación de los ayuntamientos que, a pesar de la experiencia, siguen viendo en el urbanismo una opción de supervivencia a su habitual asfixia financiera. Sergio Reyes y Vicente Granados introducen variables de reputación para la ciudad, que en lo personal podría incluso contemplar un cierto componente de vanidad por parte de los promotores, en alusión a otros proyectos similares que han terminado por convertirse en iconos de grandes ciudades. Víctor González sugiere no perder de vista el lamentable estado actual de los terrenos y la predisposición ciudadana a aceptar cualquier alternativa que suponga una mejora sensible de lo existente.

Las posiciones no son inamovibles y en el propio Ayuntamiento se advierte predisposición al entendimiento. Admitir la posibilidad de ampliar el espacio verde desde los 70.000 a los 100.000 metros cuadrados, como en el convenio inicial con Repsol, es una señal, pero sobre todo el compromiso de apuntar hacia "el mayor parque posible" y de consulta popular. La cuestión es que desconociendo como se formulará la consulta y el tipo de información que dispondrá el ciudadano, es difícil garantizar que el procedimiento será el más adecuado. La consulta puede ser aceptable como forma de decidir, señala Víctor González, pero la participación exige presencia permanente a lo largo de todo el proceso. En opinión de Vicente Granados, que termina por compartir el resto, lo ideal sería un concurso de ideas que permita incorporar la experiencia de iniciativas similares en otras ciudades y que la participación ciudadana estuviese presente desde su puesta en marcha.

Lola Joyanes llama la atención sobre la complejidad de la zona donde se ubica el proyecto, con polígonos industriales en los bordes y las cicatrices de los viales de Renfe en el entorno, apuntando la conveniencia de un enfoque unitario para el conjunto. Los espacios no se configuran por sí mismos, especialmente uno tan complejo como éste. Hay saturar las costuras y esto podía admitir algún tipo de intervención residencial dentro de los terrenos, alternativa a la que se opone frontalmente la visión de Sergio Reyes, convencido de que todos los estándares están tan deteriorados que invertir la tendencia sólo es posible con planteamientos radicales. El bosque urbano es la oportunidad estratégica y la regeneración de bordes debe desplazarse hacia el perímetro residencial actual y la futura ordenación del espacio que actualmente ocupan los polígonos San Rafael y Princesa, la Isla y los terrenos de Renfe y EMT.

Con este planteamiento nos adentramos en las cuestiones financieras. Lo que en todo caso es inadmisible son las urgencias que se asocian a la oportunidad del momento, en todo caso discutibles, para acometer el proyecto. Vicente Granados advierte sobre el error que supondría ignorar las externalidades dinámicas que siempre aparecen en este tipo de procesos, cuya principal consecuencia es la generación de valor en el entorno. Este debe ser considerado como el principal mecanismo de dinamización a largo plazo, que es el contexto en el que hay que evaluar el proyecto, pero también como una importante fuente de recursos municipales futuros, que no pueden ser ignorados en el estudio del oportuno equilibrio financiero. En todo caso, resulta oportuna la referencia del propio Granados a la defensa de los vacíos urbanos por parte de un antiguo alcalde de Venecia: una ciudad sin vacíos es como una música sin silencios.

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