al punto

Juan Ojeda

El verso suelto

LA verdad es que con la formación del nuevo Gobierno, los nombramientos, las tomas de posesiones y boatos parecidos, las fiestas navideñas que acabamos de pasar no han tenido la tranquilidad y el bucolismo de otros años. Esto se ha notado todavía más en Andalucía, por aquello de que, en la práctica, ya estamos en campaña electoral, con lo cual el reparto de leña entre los partidos ha tenido más eco que los villancicos. Como era de esperar, la Junta utiliza contra el PP de Arenas la munición que se supone le facilita la actuación del Gobierno de Rajoy. Por ejemplo, la subida del IRPF, y esto no ha hecho nada más que empezar.

Lo que se pregunta más de uno es qué pasaría en Andalucía, si se produjese el hipotético escenario de que le PSOE conservase el gobierno autonómico aunque fuese a costa de un complicado, pero absolutamente imaginable, pacto con Izquierda Unida. Esto nos convertiría en una isla política en el mapa español, porque lo del País Vasco es otra cosa y, lamentablemente, tampoco parece que vaya a durar mucho.

Si se diese ese caso, que convertiría al PSOE andaluz, más de lo que ya lo es, en la organización territorial más fuerte y decisiva dentro del Partido Socialista, podría ocurrir, como ya ha dicho más de un dirigente, que Andalucía fuese la plataforma desde la que se intentase recuperar parte de lo perdido. Por supuesto que eso tendría que hacerse a base de una estrategia de confrontación pura y dura con el Gobierno del PP, lo cual es posible que le viniese muy bien al PSOE, pero es muy dudoso de que le viniese bien a Andalucía.

Es verdad que hay quien considera que la concentración de poder en manos del PP es excesiva, por mucho que la haya conseguido por la manifiesta voluntad de los españoles a lo largo de varios procesos electorales, que culminarán, por ahora, con las autonómicas andaluzas del mes de marzo. Y puede que, en circunstancias normales, el reparto de poder entre los grandes partidos sea beneficioso porque obliga a ciertos equilibrios, garantías y cautelas que revierten en una mejora de la calidad democrática. Pero las cosas han sido como han sido, y el pretender que Andalucía sea el último bastión del socialismo y, por eso, tenga que actuar como ariete contra el PP, puede ser bastante peligroso, sobre todo en momentos en que, nos guste más o menos, la austeridad se impone en lo público y en lo privado, y los ajustes, los que sean, tendrán que ser compartidos por todas las instituciones del Estado y de las comunidades. No sería bueno para los andaluces que nos convirtiesen, por intereses partidistas, aunque todo esto es pura hipótesis, en el verso suelto.

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