Gafas de cerca

José Ignacio Rufino

jirufino@grupojoly.com

Agosto otra vez

Es el tiempo del bolsillo roto, de la patada a seguir hacia el ya sensato, racional y algo alarmado septiembre

Agosto es la madre de todos los veranos, más bien la de todos los tintos de verano y de la cerveza sin recato ni complejo; el tiempo del bolsillo roto, de la patada a seguir hacia el ya sensato, racional y algo alarmado septiembre. El mes de la bermuda soberana, el momentazo de los tatuados y el del rejón hostelero sobre el morrillo de un veraneante entregado, un cliente inelástico al precio, o sea: "¿A 15 la ración de chocos fritos? Ponga usted dos", un exceso que el veraneante nunca cometería ya fuera de su quincena de holganza y desafuero en chanclas. En agosto te dan menos por más, pero lo que en apenas treinta días nos resultará intolerable por baja calidad de servicio, ruido o los precios desahogados lo consumimos y toleramos con mansedumbre. O mejor, embriagados por el dolce far niente y por la visión de cuerpos de una variedad que causan desde la dilatación de pupilas y la sequedad de boca hasta el espanto o la envidia del nivel de autoestima de ciertas personas, titulares de físicos de rotundidad y carnes ajenas a todo plan y control.

En agosto no pocos se convierten en lectores tan de ocasión como empedernidos, incluidos esos políticos que declaran que en estos días se cepillarán -oh milagro- la biografía de Metternich, todo Montaigne, cuarto y mitad de Kavafis y unos repasillos de Philip Roth. Otros sacarán de sí, con fecha de caducidad, al bohemio improbable que tienen dentro, y escucharán conciertos en la playa entre aromas de cannabis, antes de reintegrarse en su vida normal, todo menos bohemia: un toque de locura, un baño hippy-chic. Miles de adolescentes sentirán por primera vez otros labios en sus labios de fresa. Atrincherada en su barrio queda silenciosa tribu de urbanitas que preferirían que los llevaran presos antes que verse atrapados en una playa familiar. Los más valientes se dirigirán a un aeropuerto para volar a destinos elegidos en función de las ofertas de las aerolíneas de bajo coste.

Este agosto de 2017 es, además, el de los renovados bríos de las cifras macroeconómicas, aunque la alegría siempre vaya por barrios, no todos. El del repelente aliento en la nuca del Estado del independentismo catalán que ya coge carrera hacia abismo. El verano en que se comienza a desinflar la burbuja del fútbol. El tiempo, fugaz, en que la actualidad deja paso al ensimismamiento, el fantaseo, el postureo de phot-call y bebida destinada a ser fotografiada. El de las pruebas de carácter, del amor y también de la paciencia en familia extensa y apretada. El del fuego en el cuerpo y, ambas cosas les deseo, paz en el alma.

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