Tacho Rufino

Vivamente domingo

Gafas de cerca

21 de abril 2024 - 00:15

En una de las escenas finales de la película de cine negro y suspense de François Truffaut –su último largometraje, de 1983– cuyo título tomo prestado para esta pieza, el protagonista está en uno de esos típicos semisótanos parisinos o londinenses en los que la luz sólo entra por ventanas rectangulares pegadas al techo que, al otro lado, están a ras de la acera, y a través de las cuales uno ve pasar a las personas, aunque sólo llega a poder verles las piernas: pantalones de traje y zapatos relucientes, bermudas de niños con botas y calcetines, quizá medio bolso, bastones, carritos de bebé, las ruedas de los coches. Con el imprescindible blanco y negro que nos parece situar en los años 40, cuando discurre en los 60, la fotografía de Néstor Almendros resalta el brillo de los stilettos y la abducción que puede provocar la seda negra en la turgencia. Una noche de lluvia, el paso gentil de una mujer que calza tacones y una falda por las rodillas produce el encantamiento fetichista –la embriaguez de la parte por el todo– de nuestro hombre (Jean-Louis Trintignant), que no puede evitar ser arrastrado por la fuerza de su obsesión y sube a la calle para seguirla, empeño en el cual es atropellado al cruzar la calzada.

Cabría defender que las fracturas múltiples de aquel incidente fueron por una buena causa, comparado con el ahogamiento de Narciso en un estanque en el que se deleita al verse, en tiempos míticos donde no se habría inventado el espejo y quizá tampoco el cristal. Morir ahogado, absorbido –literalmente– por las aguas quietas donde uno se enamora de sí mismo es un fatal accidente del pecado de vanidad llevado a sus últimas consecuencias: es más noble la pasión por el fetiche. En contraste, el narcisismo es, a ser presumido, como dejarse lo que no tienes en una tragaperras a hacer un sudoku en una mesa camilla. El memento mori (“recuerda que morirás”) que un esclavo susurraba al césar cuando éste, tocado con una corona de laurel, enfilaba la vía principal de Roma entre la multitud tras una campaña victoriosa era una suerte de antídoto para el vicio de la vanidad. En los círculos más cercanos al Gran Hombre, la vanagloria es alimentada por cobistas y pelotilleros hasta el punto de crear una adicción mortífera al irremisible narciso, que acabará siendo envidioso perpetuo y, paradójicamente, víctima del complejo y el desasosiego. El halago cotidiano no ya debilita, sino más: fulmina la paz de ánimo y convierte a las personas en desdichas con patas, vivamente ávidos de la zalema diaria. Más bien, mortalmente.

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