Puerta abierta a la esperanza

Muchas, infinitamente demasiadas, son las familias a las que esa gran barbarie de asesinatos entre hermanos que se llamó Guerra Civil condenó desde aquel 18 de julio de 1936 a una supervivencia difícil. Muchas, infinitamente demasiadas, son las familias rotas víctimas, entre otros sin sentidos, de unos fusilamientos civiles con los que se buscaba bastardamente exterminar a aquellos que no estaban en consonancia con quienes pretendían imponer un pensamiento único, tanto por un lado como por el otro. Muchas, infinitamente demasiadas, son las familias a las que, incluso durante un par de generaciones, les costó Dios y ayuda levantar cabeza económicamente después de que en nombre de unas u otras ideas esas malditas balas les hubieran condenado a la más absoluta pobreza al haber acabado con quien llevada el dinero a casa. Muchas, infinitamente demasiadas -unas 4.000 en Córdoba- son las familias que jamás volvieron a ver a ese ser querido al que la sin razón de ese enfrentamiento entre hermanos sepultó en una de las muchas, infinitamente demasiadas, fosas comunes que hay repartidas por cunetas y cementerios. Muchas, infinitamente demasiadas, son las familias a las que ahora se les abre en Córdoba la puerta a la esperanza de, por lo menos, poder dar esa más que ansiada sepultura digna a ese ser querido que aún no saben ni siquiera donde reposa. El Ayuntamiento de Córdoba ha abierto esa puerta a la esperanza al firmar con la Junta de Andalucía un protocolo que lo hará posible en cumplimiento de la Ley de Memoria Histórica y que contribuirá a cicatrizar unas heridas que siguen doliendo.

"Malditas sean las guerras y los canallas que las hacen". Hago mías esas lapidarías palabras que pronuncio el ex líder nacional de IU y exalcalde de Córdoba, Julio Anguita, aquel 7 abril de 2003 cuando le comunicaron el fallecimiento de su hijo Julio Anguita Parrado -víctima de un misil en Bagdad mientras cubría como periodista la guerra de Iraq- como epílogo a la denuncia de todo ese sufrimiento que la contienda trajo consigo a esas muchas, infinitamente demasiadas, familias. Pongo ese epílogo con el deseo de que no volvamos a tropezar en una nueva piedra similar, para lo que es imprescindible que se les transmita a las nuevas generaciones con el máximo rigor histórico y sin intereses ideológicos lo que realmente ocurrió antes, durante y después de esa masacre entre hermanos; pongo ese epílogo con el consejo a esas nuevas generaciones de que huyamos de las acérrimas y beligerantes defensas de los ismos; pero, sobre todo, pongo ese epílogo mostrando mi más profundo respeto hacia esas muchas, infinitamente demasiadas, familias a las que se les destrozó vida.

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