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Andaluzas 22M

Apuntes poselectorales

EN las democracias parlamentarias gana el partido que obtiene más votos, pero gobierna el que consigue sumar más escaños en el Parlamento. Es una regla inapelable. A partir de ahí, caben todo tipo de valoraciones subjetivas, todas ellas respetables. Dicho esto, es indiscutible que el PSOE-A ha ganado las elecciones del 22-M, al haber sido el partido más votado con el 35,3% de los votos. Sin embargo, para gobernar, tendrá que esperar unas semanas, cuando Susana Díaz pida el voto de una mayoría de diputados para ser investida presidenta de la Junta de Andalucía. Necesitará el apoyo del Grupo Socialista, pero, al no tener mayoría absoluta, necesitará además que, al menos, otro grupo (¿el PP?) se abstenga en la sesión de investidura.

2) Pongamos las cosas en su justa medida. Los resultados obtenidos por el PSOE-A son los peores de los socialistas desde 1982, perdiendo 120.000 votos con respecto a las pasadas elecciones autonómicas y 800.000 en relación con las de 2008. Ni siquiera superan el bajo porcentaje del 38,71% de 1994, que dio paso al período de la pinza. No hay duda de que los casos de corrupción (sobre todo, los ERE) y la prolongada permanencia en el Gobierno de Andalucía, les han pasado factura, aunque no restan un ápice a la legitimidad de su victoria. Sin embargo, paradojas de la política, los resultados han llenado al PSOE-A de una justificada satisfacción, hasta el punto de que su máxima dirigente habla de "victoria histórica", cosa que no entiendo muy bien cuando la sangría de votos no ha sido cortada. En todo caso, la alegría en la sede socialista sólo puede explicarse por el miedo que existía en sus filas de que saliera mal la controvertida jugada del adelanto electoral, y por el temor a que Díaz tuviera que afrontar un escenario de difícil gobernabilidad ante la emergencia de nuevos partidos políticos y ante la ruptura de las relaciones con IU. Ese temor se ha disipado ante el derrumbe del PP, la debacle de IU y la limitada (aunque notable) presencia de los nuevos partidos Podemos (15 escaños) y Ciudadanos (9 escaños) en el Parlamento. Ello le permitirá a Díaz gobernar en minoría con cierta tranquilidad y sin necesidad de tener que formar gobierno de coalición con ninguna fuerza política, si bien tendrá que modular el peligroso tic cesarista/caudillista de que ha hecho gala en la campaña electoral si quiere llegar a acuerdos puntuales y evitar que la legislatura se le convierta en una pesadilla.

 

3) Las encuestas fijaban la intención directa de voto a Podemos en torno al 15% y han acertado. Las expectativas de que este partido alcanzara mayor representación hasta lograr una veintena de diputados no parecían muy realistas. No obstante, sus resultados son más que notables, teniendo en cuenta la escasez de recursos electorales de que disponían y su todavía corta presencia en el panorama político andaluz. ¿No queríamos que los jóvenes y, en general, los desencantados de la política, participaran en ella? Pues ahí los tenemos. Podemos les ha ofrecido nuevos códigos de expresión política y nuevas formas de participación. Es un partido que si acierta en definir bien su discurso (lo de la "casta" y la "gente" le ha sido útil hasta ahora, pero puede dejar de serlo) y en adoptar la estrategia adecuada (menos transversal y más en el entorno de la izquierda), tiene mucho que decir en la política española. En todo caso, su impaciencia por "asaltar los cielos" debe calmarse, pasando por el aprendizaje que supone estar como partido de oposición en la vida parlamentaria y por la experiencia de asumir tareas de gestión municipal. (Un antiguo dirigente del PSOE me decía que lo mejor que les pudo pasar a los jóvenes socialistas que con poco más de 30 años irrumpieron en la escena política española a finales de los años 70, fue perder dos elecciones seguidas frente a Suárez, ya que eso les permitió adquirir experiencia y madurez suficientes para liderar el cambio en 1982)

 

4) La sorpresa ha sido, sin duda, el ascenso vertiginoso de Ciudadanos (con 9 escaños y 400 mil votos), un partido surgido en torno a la política catalana y que sólo hace unos meses decide dar el salto a la política nacional después de su frustrado intento de unirse con UPyD. Su primera prueba la han tenido en Andalucía y han salido airosos de ella, sabiendo leer el escenario político y ocupando un espacio que quedaba libre entre el PSOE y el PP. Creo que van a tener más difícil el envite de las municipales (al necesitar estructuras locales que no tienen), que el de las próximas autonómicas y nacionales (donde la marca Ciudadanos seguirá cosechando votos). En todo caso, y si definen bien su perfil centrista y liberal, tienen espacio en la política española, tan escasa de este tipo de opciones. Su presencia como partido bisagra puede hacerle desempeñar un interesante papel en las futuras contiendas electorales para asegurar la gobernabilidad del país sin que los grandes partidos tengan que recurrir a la dependencia de los partidos nacionalistas.

 

5) El derrumbe del PP se pronosticaba, aunque no tanto (un 26,7% y 33 diputados lo traslada a sus peores momentos en la historia de las elecciones autonómicas). El vacío dejado por Arenas tras dieciséis años al frente del PP andaluz, las tensiones internas a la hora de elegir al sustituto, el modo en que fue designado Moreno Bonilla y su llegada tardía a un partido no repuesto aún de la frustración de 2012, no eran las mejores condiciones para movilizar a su electorado y competir en unos comicios tan difíciles como los andaluces y en un momento en que la marca PP es un lastre. El desgaste de la gestión de la crisis pasa factura, como le ocurrió al PSOE durante la segunda parte del gobierno de Zapatero. El mensaje del cambio esgrimido por el candidato del PP no era creíble viniendo de un partido cuyas reformas, por muy justificadas que estuvieran a nivel macroeconómico, eran difícil de entender por la ciudadanía debido al daño que están causando a amplias capas de la población (muchos votantes del PP entre ellos). La irrupción de Ciudadanos canalizando parte de ese descontento ha sido la puntilla. No obstante, si la dirección del PP-A resiste las tensiones internas por la derrota y mantiene a Moreno Bonilla al frente del partido en Andalucía para desempeñar una labor seria y rigurosa como primer partido de la oposición (abstenerse en la investidura de Susana Díaz podría ser una señal), puede tener un largo recorrido en la política andaluza.

 

6) La derrota inapelable de IU (sólo 5 diputados y ni siquiera un 7% de votos) es de las que hacen daño, y mucho. La ruptura inmisericorde por parte de Susana Díaz de un gobierno de coalición que estaba funcionando razonablemente bien, fue un golpe bajo. Sus dirigentes no han sabido, o no han podido, digerir el golpe, perdiendo credibilidad ante unas bases que ya estuvieron muy divididas cuando, tras las elecciones de 2012, IU decidió coligarse con el PSOE para gobernar la Junta de Andalucía. La pugna entre la estrategia de las "dos orillas" (Anguita) y la estrategia de "cooperación con el PSOE" (Valderas), ha acabado por romper la cohesión de un partido que ha visto cómo era fagocitado por la frescura juvenil y el empuje de Podemos. Además, el empeño de los dirigentes de IU por implicarse en las tareas de gestión en las instituciones regionales y locales (empeño justificado al formar parte del gobierno andaluz y de muchos ayuntamientos), ha hecho que su espacio natural de movilización fuera ocupado por otras fuerzas políticas. Se han visto superados y sin capacidad de reacción.

 

7) La debacle de UPyD, que no ha logrado ni siquiera un escaño, es su penitencia por no haber sabido leer el escenario político negándose a la unión con Ciudadanos y cayendo, por tanto, en la insignificancia. La derrota del Partido Andalucista (PA) es conmovedora al ver cómo el adalid del andalucismo histórico ha quedado, una vez más, fuera del Parlamento de Andalucía: el hecho de que el andalucismo esté presente en el ritual de todos los partidos explica, en gran medida, el fracaso de un partido como el PA que continúa basando su programa en reivindicar una identidad y una bandera que, al ser patrimonio de todos, nadie puede arrogárselas en exclusiva.

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