Leyendas de Antequera

Durante el siglo XIX y comienzos del XX, la ciudad también fue escenario de sucesos reales que alimentaron la imaginación popular

La historia en Antequera

La Alcazaba de Antequera.
La Alcazaba de Antequera. / M. H.

Lucio volvió a recordarme el rancio abolengo que adorna a la ciudad de Antequera, esa antigüedad aristocrática que Lucio definió de forma brillante en su frase: “tiene una historia rica y es rica en historias”. Era una soleada mañana primaveral y, sentados frente al mar, en el “Chipirón colorao”, ante unas cañas de cerveza y una ración de mejillones al vapor que Rafael nos había servido, Lucio me contó una serie de historias y leyendas antequeranas que yo recojo lo mejor que sé. La mayoría eran de tradición oral, pero también hubo escritores románticos, del XIX, que dejaron escritas algunas de ellas.

Ya sabes, Juan -me dijo-, que Antequera llegó a tener treinta y tres iglesias y unos cuantos conventos. Lo que propicia un ambiente de recogimiento, tirando a lo tétrico y oscuro, propio para que la imaginación popular recree este tipo de historias y leyendas de misterio, muertos, apariciones o milagros. Ahí van algunas.

Entre la calle Cazada y el Coso o plaza de San Francisco, se levantó en tiempos de los Reryes Católicos el Real Monasterio de San Zoilo, fundado por los Franciscanos Observantes, del que actualmente solo se conserva la iglesia. Pues bien, desde el siglo XIX, se cuenta que la figura de un fraile camina por los claustros al caer la noche, especialmente cerca de las antiguas celdas. Sin embargo, la aparición no provoca miedo; quienes dicen haberla visto la describen como una presencia tranquila y meditativa. Una de las versiones más repetidas afirma que el espectro pertenece a un monje que murió durante una epidemia mientras cuidaba enfermos y que nunca abandonó el monasterio. Aunque nunca se ha documentado oficialmente, esta historia ha persistido durante generaciones.

También se cuenta de una ciudad subterránea. Bajo el casco antiguo de Antequera existen pasadizos y galerías antiguas. Muchos proceden de la época medieval islámica y otros de periodos posteriores. Algunos vecinos han defendido durante años la existencia de túneles secretos que conectarían iglesias, conventos y la Alcazaba. La tradición dice que estos pasadizos servían para escapar durante los asedios o para mover tropas sin ser vistas. Otros relatos más fantásticos hablan de tesoros ocultos durante la Reconquista que nunca fueron recuperados. Lo que te puedo asegurar es que, hasta hoy, sólo se han documentado algunos tramos, pero la red completa sigue siendo desconocida.

Como te venía diciendo -continuó Lucio- la tradición oral es muy rica. Los antequeranos mezclan crónicas históricas, devoción popular y relatos inquietantes que han sido transmitidos durante generaciones. Muchas de estas historias aparecen en memorias de viajeros, crónicas parroquiales o simplemente en el rumor persistente de las calles antiguas. Te cuento algunas de las más curiosas.

En la monumental Real Colegiata de San Sebastián algunos sacristanes del siglo XIX dejaron escrito en notas parroquiales que durante ciertas madrugadas se escuchaban pasos en el coro alto cuando el templo estaba cerrado. Uno de ellos, según una tradición recogida por cronistas locales, afirmó haber visto una figura oscura inclinada sobre los antiguos libros litúrgicos. Pensó que se trataba de un ladrón, pero al subir las escaleras no encontró a nadie. La explicación popular fue que podía tratarse del espíritu de un antiguo canónigo, muy celoso del orden de la iglesia.

En el ámbito devocional destaca la figura de la Beata Madre Carmen del Niño Jesús, fundadora de las Hermanas Terciarias Franciscanas. En la iglesia del convento asociado a su congregación en Antequera se conservó durante años la tradición de que su cuerpo presentaba una conservación extraordinaria tras su muerte, fenómeno que muchos fieles consideraron señal de santidad. Ya sabes -me aclaró Lucio- que la idea del “cuerpo incorrupto” es relativamente frecuente en la tradición católica. En Antequera, durante décadas, los devotos acudían a rezar y algunos aseguraban percibir un perfume suave cerca del sepulcro, algo que en la espiritualidad popular se interpretaba como señal de santidad.

La antigua Calle Madre de Dios es una de las más viejas del casco histórico. Durante el siglo XIX circuló una historia bastante conocida entre vecinos. Se decía que en una casa antigua de la calle se escuchaban pasos y golpes en la planta superior cuando nadie vivía allí. Algunos vecinos afirmaban que en ciertas noches una luz se encendía brevemente en una ventana. La tradición popular relacionó el fenómeno con un suceso trágico ocurrido en la vivienda décadas antes, posiblemente una muerte violenta o un suicidio. Como suele ocurrir con estas historias, los detalles exactos se fueron perdiendo, pero el relato siguió transmitiéndose.

Durante el siglo XIX y comienzos del XX, la ciudad también fue escenario de sucesos reales que alimentaron la imaginación popular. Uno de los más recordados en la tradición oral fue un asesinato ocurrido en las afueras de la ciudad, en un camino entre huertas. Durante semanas se habló de un caminante que aparecía de noche cerca del lugar, lo que muchos interpretaron como el alma del muerto. Estas historias, aunque difíciles de documentar con precisión, eran frecuentes en la prensa provincial de la época y ayudaron a crear un ambiente de misterio alrededor de determinados parajes.

Otras muchas historias recorren el alma de la ciudad, como que las campanas de Santa María la Mayor sonaban solas, lo que se interpretó como una advertencia sobrenatural o señal de algún fallecimiento. También la Alcazaba ha tenido su fantasma. Desde el siglo XX algunos vigilantes nocturnos han contado que, durante ciertas madrugadas, sobre todo en noches de viento, dicen haber visto una figura caminando lentamente por el adarve, cerca de la torre del homenaje (donde está la torre del reloj “papá- bellotas” que marcó el paso a la ciudad). El detalle inquietante es que la figura no parece subir por las escaleras, sino que aparece ya en la muralla. La explicación popular suele relacionarlo con un soldado musulmán que murió defendiendo la fortaleza cuando las tropas de Fernando el Católico tomaron la ciudad en la Conquista de Antequera de 1410.

También hay leyendas sobre apariciones de soldados de la Guerra de Independencia o tesoros escondidos por las tropas francesas durante su retirada. Pero nada ha generado tantas leyendas, misterios y fenómenos extraños como el Torcal de Antequera que es, sin duda, uno de los paisajes más extraños de España. Las formaciones kársticas crean figuras que parecen torres, animales o rostros humanos. Desde antiguo, los pastores contaban que ciertas piedras cambiaban de forma o posición con el paso de los años. Naturalmente, hoy se explica por erosión y desprendimientos. Pero durante siglos se creyó que aquellas rocas eran restos de gigantes petrificados o criaturas castigadas por dioses antiguos. Incluso en el siglo XIX algunos viajeros románticos describieron el lugar como “un cementerio de titanes”. El escritor británico Richard Ford, autor de A Handbook for Travellers in Spain, describió el entorno del Torcal como un lugar donde “las rocas se levantan como ruinas de una ciudad destruida por gigantes”. Pero otros viajeros fueron más lejos. En diarios de viaje del siglo XIX se mencionan relatos escuchados a pastores: En algunas noches de verano, aseguraban ver pequeñas luces moviéndose entre las rocas.

La tradición popular decía que podían ser almas en pena o espíritus de antiguos habitantes del lugar. El caso es que estamos ante un paisaje sobrenatural. Como, casi sobrenatural, es la serena belleza de Antikaria. Y si, además, almorzamos una buena porra antequerana de entrada, un rabo de toro de segundo, acompañados con un mollete, un bienmesabe de postre y un buen vino, querido Juan, habremos comido como dioses del Olimpo.

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