'El doble más quince'

Policromía del tedio

'El doble más quince', de Mikel Rueda. 'El doble más quince', de Mikel Rueda.

'El doble más quince', de Mikel Rueda. / M. H.

Mikel Rueda pasó por el Festival hace ya algunos años con A escondidas, una cinta que supuso un notable paso atrás con respecto a su ópera prima: la notable Estrellas que alcanzar. Lamentablemente, con El doble más quince Rueda incide en los peores vicios en que ya incurría su segunda película y boicotea así un punto de partida a mitad de camino entre la trilogía Linklater y Lolita.

Ana (Maribel Verdú) y Eric (Alcarazu) son dos personas de vida desangelada, tal y como Rueda transmite ya desde la eliminación del sonido ambiente (incluso los pasos) y una gama de colores que muestra unívocamente su intención. En la vida de Ana, todo es azul: desde el salón hasta la camiseta de su marido, al igual que en la de Eric: que trabaja en un entorno azul, vestido de azul, en una casa azul… hasta que se conocen en un chat de sexo, y ambos se visten de rojo. El problema no reside sólo en lo básico de la decisión, sino también en que el resto de opciones estéticas van a la par. Las mismas carencias argumentativas denotan el empeño en usar el desenfoque y la exención de los secundarios. Por otro lado, las cartelas, la reiteración de cámara lenta (ya pasaba en A escondidas) y secuencias de planificación harto inexplicables (el robo en el súper) dan al traste con cualquier tipo de intención.

Verdú, además, está lejos de sus mejores registros y paga el peaje de unos diálogos inverosímiles, pretendidamente profundos y que tratan de compensar su literariedad con una batería de muletillas difícilmente justificable. “No sé si me entiendes lo que te quiero decir”, suele concluir Ana. El camino errático que siguen los protagonistas resulta igualmente indiferente salvo para rozar el ridículo. “Vais a ver el mejor atardecer de vuestras vidas”, les promete un comercial de un barco ante un nublado plomizo y antes de hacerles un recorrido por media industria metalúrgica vasca. Para entonces, eso sí, la redención cromática se ha conseguido y las secuencias finales se ruedan en ardientes tonos cálidos.

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