El coloso del puerto

"El conjunto escultórico que se plantea en el puerto es para quedarse boquiabierto y ojiplático"

"El proyecto no ha respondido a un concurso abierto"

Neptuno obra de Ginés Serrán-Pagán
M.H.
Guillermo Busutil
- Escritor y periodista

No es el cuento de La Sirenita de Hans Christian Andersen en versión mitológica. No ha sido la borrasca Francis con su temporal de viento y oleaje dejando en nuestra orilla a los dioses de Ulises en su naufragio. No, estamos en el siglo XXI y estas leyendas no suceden. Pero la Autoridad Portuaria en su obsesión por el volumen y la altura pretende colocar a la entrada del puerto la fabulación entre el kitsch y lo hortera de un mitólogo conjunto escultórico con la estética que se inauguraba tantas veces en el NODO.

Una obra, con nombre de planeta, el tercero más grande en masa, de 8 metros de envergadura y dos toneladas de sobrepeso cuyo lenguaje artístico nada tiene que ver con la contemporaneidad de la escultura urbana como forma de culturizar, estimular los sentidos, y crearle una identidad a la localidad donde estén ubicadas. Tenemos excelentes ejemplos de esa función como las piezas fantásticas de Carmela en Barcelona de Jaume Plensa, el Charging Bull de Arturo Di Modica y la Non-violence de Carl Fredrik Reuterswärd en Nueva York, la First generation de Chong Fah Cheong en Singapur, El peine del viento de Chillida en San Sebastián, El Abrazo de Genovés en Madrid o las poéticas mini esculturas de Mihàly Kolodko escondidas por las calles de Budapest. Artistas de acreditado renombre internacional y cuya calidad plástica de las obras enriquecen el espacio, no lo golpean ni embrutecen.

Tenemos en Málaga esculturas interesantes de José Seguiri en plaza de Uncibay entre las que se fotografían dinonisíacos los viajeros, las incomprensiblemente escondidas y casi maltratadas de Jaume Plensa en la plaza de Félix Saenz, a cuyo pie se colacaban hace años los contendedores de basura; la de Antonio Yesa devorada por un árbol en la avenida de Andalucía hasta que la engulla del todo, las de Joaquín Ivars y de Chema Lumbreras destrozadas a veces en la impunidad de las sombras. Hay cola de turistas para sentarse a un clic de móvil y saludo breve con Picasso o Hans Christian Andersen jubilados pero dignos en su postal.

En nuestra ciudad con la escultura sucede como con la de Stephen Balkenhol, que unos giran el cuello a un lado o a otro en función del gusto, que al igual que casi con todo también se educa. Lo del Neptuno con esteroides de bronce y red dorada para pescar, no creo que boquerones sino más oro (imagino), junto a su Venus y sus dos leones de la jungla es para quedarse boquiabierto y ojiplático.

Su imagen carpetovetónica catapulta el puerto al pasado colonialista de los romanos, sin su magno esplendor. Más bien recuerda el péplum de Maciste y Sergio Leone, en el que muchos coincidimos ante la propuesta de la escena. Una nueva contribución de la Autoridad portuaria a su tendencia de hormigonear en vasto el horizonte y en hacerle otro roto al paisaje abierto entre la ciudad, el puerto y el mar. Lo mismo que con el hotel rascacielos 5.0 que le acaban de echar para atrás, el supuesto regalo escultórico no ha respondido tampoco a un concurso abierto, y mucho menos a un interés general. Ni siquiera al del fomento de la capital cultural que alberga en el extremo del Palmeral el Centro Pompidou con propuestas del siglo XXI. Una oferta a la que sumó el acierto de un estupenda exposición de Elena Laverón, igualmente temporal pero no de diez años como la temporalidad que ahora defiende la Autoridad Portuaria, de nuevo la tendencia a explicar según conviene. Menos insigne fue la que en 2022 sorprendió al espacio con estridentes flores de colores que más bien parecían papeles engurruñidos.

Debería preocuparse, más que por el arte retro, por lo propio del puerto que son los barcos, y porque las bicicletas y los monopatines turísticos y nativos no invadan el siempre transitado muelle del paseante, esa especie malagueña desprotegida.

La ciudadanía debería poder decidir si está a favor o en contra de la arrogancia de ser Dubai, cuando en realidad la fachada es de Benidorm. Una querencia a la que se le suma ahora el Coloso de Rodas. Pero Málaga no es Alejandría ni el puerto un cortijo.

Seguro que habrá más opiniones del arte, de la cultura, de la sociedad civil, ante el despropósito de este conjunto escultórico ostentóreo, convertido en pórtico del horror y que asemeja la entrada a un coliseo de cartón piedra. Un Preocupante es si la siguiente ocurrencia, visto lo que se pretende, será allanar otro espacio del puerto con los trabajos de Hércules.

Qué curioso que en el Festival de Málaga estrene El Joglars El retablo de las maravillas.

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