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Esto que una vez fue El Perchel

  • lLa metamorfosis empezó aquí y aún no ha terminado

  • Más que resistir, la memoria se convierte en el mismo producto de escaparate a poco que uno dé dos pasos

  • Tal vez el barrio ya es otro

La glorieta Albert Camus, más allá del infierno de las obras del Metro, representa la puerta al territorio que ya no es, que fue, que no será. La glorieta Albert Camus, más allá del infierno de las obras del Metro, representa la puerta al territorio que ya no es, que fue, que no será.

La glorieta Albert Camus, más allá del infierno de las obras del Metro, representa la puerta al territorio que ya no es, que fue, que no será. / javier albiñana

Sale uno del infierno de las obras del metro en la glorieta Albert Camus en busca del corazón de la ciudad por Callejones del Perchel y resulta que la calle Ancha del Carmen también está en obras. Ha pasado más tiempo del que creía desde la última vez que pasé por aquí. El firme de adoquines se me viene sin remedio a la cabeza. La intervención en la vía promete un resultado feliz, pero al mismo tiempo late una sospecha poco amable cuando admiro lo que ahora es la calle Plaza de Toros Vieja, la misma en la que pasé momentos felices de mi infancia (al menos los sigo recordando felices aquí dentro: la mano de mi padre, un viejo bar de tapas, la compra en el mercado, pescaderos que cantan su mercancía, el rito del privilegio diario, lo cotidiano como un regalo excepcional). Yo soy otro, el barrio es otro, pero ninguno de los dos tenemos la culpa. En El Perchel quedan elementos a los que la memoria, todavía, se aferra para reconocerse y situarse, como un electrón en el espacio-tiempo: el mismo nombre Callejones del Perchel evoca aquellos recovecos en los que todavía hace un siglo entrar significaba jugarse la vida, las numerosas esquinas donde prendieron ingenio y picaresca, talento y delincuencia, cuna de flamencos y lazarillos colmados de gracia. El día en que Málaga amaneció sin aquel paisaje encalado, esquilmado el que tal vez había sido hasta entonces su perfil más reconocible (pero intacto aún en el recuerdo, con su esencia de coqueta decadencia y su ruina primaria, casi obscena, monumento al estrago del tiempo y a la inacción de una ciudad olvidada de sí misma) a mayor gloria de las moles asépticas que la incipiente burbuja inmobiliaria se apresuraba a elevar a golpe de especulación, había comenzado, sin que nos diéramos cuenta, la gran metamorfosis de la que Málaga haría gala a partir de entonces. Tan pendientes andábamos de la Trinidad, de que efectivamente las apisonadoras entraran por la calle Jaboneros tal y como prometió cierta alcaldesa de cuyo nombre prefiero desprenderme, que no reparamos en que en realidad ya estaban entrando por otra parte. Las hechuras de la gran manzana que quiso ser Málaga, la futura business city que soñaría un tal Juan Cassá, daba sus primeros pasos en el principio fundamental de la memoria, el Big Bang, allí donde empezó todo. La iglesia del Carmen ofrece aún algo de abrigo al espíritu maltrecho, y en el mercado se compra aún buen pescado mientras los guiris y no tan guiris degustan en una barra hamburguesas gourmet. Pero estos elementos no son tanto signo de resistencia como reafirmación del escaparate. Están aquí no para dar cuenta de que esto todavía es el Perchel, sino, muy al contrario, reforzar la convicción de que estamos en otro barrio. Aunque los nombres de las calles en el entorno del Convento de San Andrés, objeto ahora de tecnocrática rehabilitación, despierten la ilusión fugaz de que seguimos allí.

Sin salir del mismo enclave, sin traspasar un radio de cincuenta metros en torno al mercado, la empresa inmobiliaria que obliga a conjugar El Perchel en pasado va ya por su tercera promoción de viviendas: edificios residenciales de altura notable, que se sustraen mutuamente la luz del día, con piscinas y jardines comunitarios y estrechos ventanucos en sus fachadas (qué fue de aquellas ventanas tras las que se prometían mil y una historias, personajes asomados en sus balcones, miradas furtivas al filo de las cortinas, la sorpresa de una ciudad en perpetua observación) se corresponden con una calle que podría ser cualquier otra, en cualquier país, en cualquier hemisferio. Se pregunta uno sin remedio, consciente de la inutilidad del esfuerzo, si acaso no hubo otra solución, si nadie puso sobre la mesa una alternativa para que El Perchel no se perdiera, si no se pudieron hacer las cosas de otra forma. No importa: la metamorfosis sigue su curso. Vuelvo a la calle Ancha del Carmen en obras y pienso en la revalorización del suelo, en el paseo que daré por aquí dentro de treinta años, si Dios quiere. Casi puedo otear desde aquí la Trinidad. Las apisonadoras rugen.

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