Cultura

Arte, género y alteridades

  • 'Tiempo de luz' propone en el Mupam una lectura de la identidad marcada por la heterogeneidad del discurso Rusia se debate en su museo entre su historia reciente y los molinos de viento

DECÍA Polly Jean Harvey, estando casi ya en la cima de su envidiable carrera musical, que le fastidiaba bastante el hecho de que la comparasen únicamente con mujeres que hacían rock, como ella, y con las que no tenía que ver necesariamente; que si con alguien quería competir, insistía, era con un Tom Waits, es decir, que la suya era la liga universal en la que todo dios con talento debiera jugar. ¿Sería lo deseable? Por descontado. ¿Es lo que sucede en realidad? La respuesta no está en el viento. De ahí que cuando se presenta una nueva exposición colectiva all girls, por un lado, se comprenda que haya reticencias por parte de las artistas que se niegan a formar parte de ella, siguiendo el desiderátum de PJ. Pero por otro, entendamos todavía mejor que, mientras siga habiendo muestras de all boys por doquier (pese a que rara vez se indique, a pesar de que no sean decisiones en principio deliberadas, cosa que es peor aún), emplear la excusa del género para incrementar la visualización de estas propuestas siga manteniendo su sentido. Lo cual no quiere decir, ni por asomo, que dichas obras estén circunscritas en discursos de género, por la sencilla razón de que, como individuos autónomos que son, serán tan libres como el primer sexo de elegir sobre qué temática tejen su texto, contexto incluido. Con respecto a la pregunta lanzada por Concha Hermano, la comisaria de Tiempo de luz, la exposición que hasta el 18 de septiembre se puede ver en las Salas de La Coracha del Mupam (Paseo de Reding, 1), acerca del presunto imaginario femenino, hay que indicar su pertinencia, si bien cabría distanciar este imaginario del concepto de identidad. ¿Existen temáticas que las artistas reiteran por su condición de mujeres? Por supuesto. Pero eso no las convierte en idénticas, siguiendo la conceptualización de la filósofa Celia Amorós.

Volviendo a la propuesta del Mupam, que de alguna manera nos arroja a la búsqueda de nuevas luces bajo el mandato de María Zambrano ("Hay que dormirse arriba en la luz. Hay que estar despierto abajo en la oscuridad"), la suma de 39 carreras de largo, medio y pequeño recorrido no puede despacharse con una cuestión de género. La interdisciplinariedad, las preocupaciones, el background de cada artista, emergen plenamente distintos. Desde la extraordinaria fuerza fotográfica de la performer Pilar Albarracín quien, ya desde la cartela misma, está induciéndonos a la risa: así su Mentira nº 4, procedente de la Serie 300 mentiras de 2009, en la que la artista avanza con paso firme, seguida por hombres con pies de zanco, elevados sobre ella. El cuerpo y la identidad -dos de la líneas del proyecto curatorial- se ven en la segunda planta expuestos de la mano de piezas como la mentada o en la muy divertida La anarquista (2004), de Cristina Lucas, con paradas simbólicas (el bodegón anómalo de María Ángeles Díaz Barbado, Sin título, 2014) y una balanza en la que gana lo social; es el caso de proyectos en proceso como el de Marta Beltrán (Negación, 2015-2016), que afronta desde un dibujo más que interesante un storytelling con la maternidad y la violencia como temas en permanente revisión. Con motas de proclamas queer en Say yes (2016), de Florencia Rojas, que cava en la trinchera de la diversidad. Símbolo y naturaleza recorren gran parte de la primera planta, de carácter más plástico (a excepción de Nieblas, 2012, el vídeo de Carmen F. Sigler): así el paisaje que evoca a Turner en Bajamar en La Jara Línea del horizonte I (2008), de Carmen Laffón. La instalación-interrogante de Suelo. A ras de suelo (2016), de Carmen Vila, o las ramas entrelazadas como el sistema venoso del que nos componemos los humanos (en La nada oculta el todo, 2013), de Toña Gómez. Sumadas a la propuesta de la audaz Leonor Serrano Rivas -en Made Their Bends Adornings (Plate 71), de 2016- conforman un mosaico contemporáneo y visual donde la heterogeneidad de discursos termina enterrando el sesgo de género.

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