El don de la eternidad
Puede que António Lobo Antunes fuera uno de los mejores escritores vivos del uno al otro confín, si no el mejor
El escritor António Lobo Antunes muere a los 83 años en Portugal
Como Joseph Conrad, empezó a publicar a los 37 años. Como Conrad, tuvo otra profesión antes de dedicarse a escribir. Como Conrad, conoció lo peor de la condición humana antes de tomar pluma y papel. Como Conrad, es probable que dentro de un siglo, si entonces sigue habiendo lectores, sus novelas estén vivas, sean reeditadas y leídas.
Puede que António Lobo Antunes fuera uno de los mejores escritores vivos del uno al otro confín, si no el mejor. La literatura, como todas las bellas artes, escapa a los escalafones, a las clasificaciones, esa manía deportiva que corrompe nuestra visión de las cosas en todos los ámbitos desde hace casi un siglo. Pero no escapa a la inanidad ni a la mediocridad ni a la excelencia. Abrir un libro de Lobo Antunes es descubrir que estamos ante una cumbre literaria. Su personal y poderoso e inimitable, pese a ser tan imitado, estilo, cuando se entra en su prosa y se superan las primeras y escabrosas estribaciones que echan para atrás a quienes sólo buscan un descanso, un entretenimiento, pasar el tiempo al leer, gana al lector para siempre. Decía Unamuno que lo que diferencia a los grandes escritores de los vulgares es que los primeros pueden leerse in medias res, empezar a leerlos en medio de una novela o dejar de hacerlo antes del final y no por ello perderse nada: están en cada página, en cada párrafo, de cuerpo, y alma, entero.
Lobo Antunes tenía fama de escritor trágico, porque cuenta cómo unos niños, durante la guerra de Angola, juegan al fútbol con la calavera de un cadáver como pelota, porque retrata desde dentro los tormentos mentales de seres enfrentados a sus desgracias. Pero, como Kafka, al que tantos sólo le vieron el lado angustioso, dramático, “kafkiano”, de su mirada, el escritor portugués también nos descubre en sus obras que no tiene que pasar tiempo por la tragedia para ver el lado cómico, ridículo, de la condición humana, según la demasiado sobada cita de Woody Allen, sino que basta con mirar y remirar y llevar al extremo el arte de observar para hacer visible la inherente ridiculez (etimológicamente risible) que vertebra casi todo lo humano. No hay que esperar el paso del tiempo. En las novelas de Lobo Antunes hay escenas cómicas, como hay un lirismo que las atraviesa y sostiene todo. El lirismo que emana de la belleza cuando se da sin más, cuando lo es tan de verdad que nos deja absortos, sin palabras. Hizo con su prosa lo que Miguel Ángel con el cincel o Velázquez con el pincel. Desde el título de sus libros (quizá no había mejor titulador en la literatura universal), Tratado de las pasiones del alma, No entres tan deprisa en esa noche oscura, Sobre los ríos que se van, Hasta que las piedras se vuelvan más ligeras que el agua, etc. ya se ve esa belleza que no es adorno sino sostén, carga de profundidad, la charla de tú a tú con la verdad de la vida de quien está tocado por el don de la eternidad.
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