Jorge Villalobos. poeta

"La memoria es el instrumento con el que otros nos construyen"

  • El escritor malagueño acaba de ganar el Premio Hiperión de Poesía con 'El desgarro', que presentará en la Feria del Libro de Madrid

Jorge Villalobos (Marbella, 1995), con un ejemplar de 'El desgarro', en la redacción de 'Málaga Hoy'. Jorge Villalobos (Marbella, 1995), con un ejemplar de 'El desgarro', en la redacción de 'Málaga Hoy'.

Jorge Villalobos (Marbella, 1995), con un ejemplar de 'El desgarro', en la redacción de 'Málaga Hoy'. / javier albiñana

Destila en la conversación Jorge Villalobos (Marbella, 1995) el carácter poético de lo mucho leído y lo mucho vivido, la querencia por la palabra precisa y las cosas llamadas por su nombre. Su escritura ha forjado en pocos años un corpus tan reconocido como altamente prometedor: después de Mi voz, que te reclama (2014), obra con la que ganó el Premio Cero de Poesía Joven, La ceniza de tu nombre (Valparaíso Ediciones, 2017) se hizo recientemente con el Premio Andalucía de la Crítica en la modalidad Ópera Prima; y pocos días después se alzó Villalobos con el Premio Hiperión, uno de los galardones más importantes de la poesía española, por El desgarro, un conmovedor libro en prosa poética que acaba de publicar el mismo sello Hiperión y que su autor presentará dentro de unos días en la Feria del Libro de Madrid.

-El desgarro comparte algunos aspectos con La ceniza de tu nombre, como la pérdida y la enfermedad asociadas a la infancia. ¿Forman parte ambos libros de un mismo conjunto literario?

-Sí, hay una continuidad. En realidad, al terminar de escribir El desgarro y al releer La ceniza de tu nombre entendí que podía haber ahí dos partes de una futura trilogía, junto a una tercera que llegaría en su momento. En El desgarro, el fondo es el mismo que en La ceniza de tu nombre: una infancia perdida por sucesos relacionados con la enfermedad y la pérdida. Quizá la diferencia es que en el primer libro había una nostalgia más feliz como ejercicio de supervivencia, mientras que en El desgarro prevalece el enfrentamiento a cara descubierta con lo sucedido. Es como cuando llevas años arrastrando un peso enorme hasta que un día trazas una línea y dices "hasta aquí. Ya no más". Hay de hecho en el poemario una imagen que lo resume de manera ilustrativa, la del hombre que camina con los zapatos de un niño hasta que en el último poema se los quita.

-¿Su opción por la prosa poética nace de la búsqueda consecuente a la evidencia de que el lenguaje no es suficiente para expresarlo todo, de que hay experiencias que no se pueden decir?

-Sí. Mi poesía era antes más métrica, pero ya al escribir La ceniza de tu nombre sentía que esto me encorsetaba, me impedía de alguna forma expresar lo que quería. Entonces opté por el versículo y ahora por la prosa poética. Aunque hay poemas en El desgarro, como el primero, que podrían versificarse, al escribir cosas como "Necesité más de trece años para decir que murió mi madre" comprendí que necesitaba otro lenguaje que me permitiera contener la esencia de manera más transparente para que pareciese más vivencial, para que al leerse evocara mejor el silencio. El silencio es el primer fundamento de la poesía.

-Quien dice silencio, dice música.

-Así es. En El desgarro, la prosa poética me ha llevado a cuidar mucho el ritmo. En ocasiones me parecía interesante acelerar un poco el pulso, inspirar una sensación de velocidad. Otros momentos son más reposados. Pero sí, hay una intención musical plena.

-La memoria es otra protagonista esencial de El desgarro, ¿tal vez escribe sobre ella para encontrar algo de descanso, para, una vez escritos los recuerdos, no estar obligado a recordar?

-En uno de los últimos poemas del libro se puede leer este verso: "Si la memoria tuviera forma, sería la de esta casa". Esa casa existe, forma parte de mi historia personal; mis primeros recuerdos, que por otra parte son muy tardíos, están situados en esa casa, una casa de Málaga en la que tuve que enfrentarme a acontecimientos que se llevaron por delante parte de mi niñez. Pero la memoria es fundamental en mi escritura también como un puente que conduce a otras personas. Si tuviera que sintetizar una poética de mi obra, diría que mi memoria no es mía, sino de todos aquellos que me han regalado su tiempo. Para mí, la memoria es una construcción que no parte de uno, sino de los demás. Parte de lo que los otros crean en uno, no al revés. Nuestros recuerdos de la infancia son el amor de los padres y el temor a que nos falten, los juegos con los amigos, y a partir de aquí el procedimiento es siempre el mismo. No hay recuerdos puros, todos se relacionan con otras personas. En torno a la infancia, por cierto, hay mucha mitología, pero cada vez tengo más claro que la memoria es el instrumento no con el que uno se construye a sí mismo, sino con el que los demás nos construyen a cada uno.

-Ese vínculo de la casa y la memoria resulta revelador al comprobar que el único poema en verso de El desgarro se titula Habitación Alzheimer.

-Mientras escribía La ceniza de tu nombre quise escribir sobre el alzheimer de mi abuelo y fui incapaz de escribir la palabra alzheimer. Pero sí que comprendí ya entonces que, por cada fragmento de la memoria de mi abuelo que se perdía, se perdía otro exactamente igual de la casa donde vivíamos. Este descubrimiento me permitió escribir Habitación Alzheimer cuando ya había terminado La ceniza de tu nombre y antes de decidir que mi siguiente libro sería en prosa. Por eso no tenía más remedio que dejarlo así, en verso, tal y como fue escrito.

-¿Le da entonces usted la razón a Kafka cuando escribió aquello de que todo hombre lleva una habitación dentro?

-Sí, pero el libro que más me ha influido al respecto, el que más me ha indicado al camino no tanto como un faro sino como una pequeña luciérnaga que no para de revolotear, es Habitaciones, de Louis Aragon, donde la idea de trascender lo cotidiano se expresa de manera nítida, inequívoca. Luis Rosales también lo logró en La casa encendida, y por supuesto todo esto está muy presente en Claudio Rodríguez; pero Louis Aragon, además de trascender, te permite acariciar lo que escribe, la casa, la pared, la ventana. Otro libro muy importante para mí fue Canal, de Javier Fernández, que me inspiró mucho también a la hora fijar la estructura de El desgarro.

-¿Ha supuesto la escritura para usted una terapia?

-Yo no escribo para curarme, sino para constatar que me he curado. No creo, de hecho, que alguien sea capaz de escribir mientras se está curando todavía. Pero, al mismo tiempo, la escritura nos sirve para constatar que existen determinadas cargas que seguimos arrastrando aunque nos hayamos curado y que debemos reconocer.

-¿Cuál es en su opinión la clave que define un buen poema frente a uno menos bueno?

-Tengo claro que el poema tiene que oler a poema. No a pan recién hecho, ni a suelo mojado por la lluvia. Tiene que oler a poema, porque si no huele a tópico. Por eso prefiero a una poeta como Chantal Maillard, que huye constantemente del tópico.

-¿Y a qué otros poetas prefiere?

-Sin Luis Cernuda no habría interiorizado el compromiso vital de la poesía. Gil de Biedma me sirvió mucho para allanar al lenguaje. Emily Dickinson escribió que los poemas verdaderos huyen y, la verdad, siempre me he preguntado hacia dónde. En ese hacia dónde está, creo, mi quehacer poético.

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