Y salió el sol por Antequera
Los Dólmenes de Menga, Viera y El Romeral no son simples monumentos megalíticos: son preguntas
Lucio descubre Antequera
Lucio se emocionó contenidamente al hablarme de sus vivencias en Antequera. Me contó lo que todos ya sabemos, que la frase “Y salga el sol por Antequera” fue pronunciada (lo más probablemente) por Don Fernando de Antequera en la toma de la ciudad en tiempos de la Reconquista. Tomó una decisión y la llevó adelante pasara lo que pasara, a sabiendas de que el sol no le podía salir por Antequera porque le quedaba al oeste. Pero para Lucio el significado fue otro, porque para él, su toma de Antequera supuso un cambio vital. Llegó niño y se convirtió en hombre. Antequera fue su sol, el sol que alumbró su vida adulta, donde se inició su madurez.
Así me habló mi querido amigo de tan noble y señorial ciudad: al llegar a Antequera, el viajero comprende que pisa una ciudad que es umbral, nudo y latido. No en vano ha sido llamada, desde antiguo, el corazón de Andalucía, porque por ella pasan los caminos y en ella se cruzan las épocas. Se alza blanca y serena al abrigo de la Peña de los Enamorados, montaña con perfil yacente y leyenda petrificada. Allí el paisaje aprendió a contar historias de amor imposible y de orgullo eterno, como si la tierra misma hubiese decidido rememorar. A sus pies, los campos se abren en una llanura fértil y antigua, la vega, donde el tiempo avanza más despacio y la luz parece pensada. Antequera es ciudad de piedra y cielo. Sus monumentos no presumen: dialogan. La Alcazaba, recortada el cielo azul, aún guarda el eco del Infante, conquistador y estratega, cuya entrada en la ciudad marcó un giro decisivo en la historia peninsular. Aquí la espada fue frontera, pero también semilla.
Las colegiatas, Santa María la Mayor y San Sebastián, elevan el Renacimiento andaluz con una sobriedad que emociona. Susurran una sobrecogedora belleza. Y entre conventos, iglesias y palacios, Antequera despliega uno de los conjuntos barrocos más densos y armónicos de España, como si cada calle hubiese sido escrita con devoción. Pero, mucho antes de todo eso, cuando el hombre aún aprendía a nombrar el mundo, Antequera ya era sagrada. Los Dólmenes de Menga, Viera y El Romeral no son simples monumentos megalíticos: son preguntas. Menga, orientado a la Peña y no al sol, parece decirnos que hubo un tiempo en que el paisaje también era un dios. Ante ellos, el presente se inclina. La naturaleza aquí no es un decorado, es carácter. El Torcal, con sus piedras imposibles, parece una arquitectura soñada por gigantes o por poetas. Allí el viento esculpió lo que el hombre solo puede admirar. Ya se percató de ello Gerald Brenan cuando dijo que Andalucía tiene lugares donde la geología parece tener imaginación; el Torcal es uno de ellos.
Antequera también es palabra. El poeta José Antonio Muñoz Rojas, hijo ilustre de la ciudad, escribió su amor por esta tierra con una voz íntima, serena, donde el campo, la memoria y la patria pequeña se confunden. En su obra late la Antequera cotidiana, la que no posa, la que permanece. Él mismo vino a decir que la verdadera patria es el paisaje que nos nombra. Ya en el Siglo de Oro, Pedro Espinosa o Cristobalina Fernández de Alarcón, la “sibila de Antequera” como la apodó Lope de Vega, demostraron que Antequera no solo levantaba torres sino también versos. No fue casual que se hablara de una Escuela Antequerana-Granadina: aquí la poesía encontró disciplina y emoción a partes iguales.
Y en el plano del pensamiento y la identidad, Blas Infante -aunque nacido en Casares- miró a Antequera como centro simbólico de Andalucía, como lugar donde la historia, la geografía y el alma del sur se reconocen. De él procede esa idea, tantas veces repetida, de Andalucía como unidad viva, con corazón propio. Antequera es, en suma, síntesis: prehistoria y barroco, campo y torre, silencio y campana. Es una ciudad que no se explica del todo, porque se siente.
Después de esta bella descripción de Antequera y los antequeranos, Lucio me contó como muy pronto tuvo un círculo de amigos compañeros de curso. La que fue su “pandilla” durante todo el bachiller superior, o sea, quinto, sexto y PREU. Hizo memoria recordando el nombre de cada uno de ellos: José Manuel, que fue su más íntimo amigo, Manuel, Fernando, Cayetano, Nemesio, Sergio… y algunas compañeras, entre las que estaban Margarita, a la que yo llamaba “Flor Silvestre”, Pepa, que le llamábamos por su nombre en catalán, Josepa, Carmen y alguna otra más.
No tardó mucho Lucio en tomar contacto con el cura capellán del Instituto Pedro Espinosa, Don Andrés Alfambra. Me contó que era un cura muy activo con la juventud y que dirigía todas las actividades de las juventudes de Acción Católica. Era párroco en la iglesia del Carmen, ayudado por otro cura coadjutor, Don Diego, que era simpatiquísimo y que se pasaba el día indagando toda suerte de organismos celulares con su microscopio, ya que era muy aficionado a estudiar ciencias naturales. Recuerdo -continuó contándome Lucio- que una noche de Adoración Nocturna que celebramos en la iglesia del Carmen, mientras unos rezaban, otros pasábamos el tiempo como podíamos. José Manuel, que era genial y se distinguía por tener una voz bronca y profunda, al que la curiosidad mataba, se percató que delante del altar mayor había una losa con una argolla que servía para levantarla. Oye Lucio -me dijo- ¿La levantamos a ver que hay debajo? Bueno, vamos a ver como la levantamos, pues esa losa de mármol debe pesar una tonelada -le contesté-. Una barra de hierro que encontramos era la solución. Con ella, pasándola por la argolla, pudimos hacer palanca y la movimos. Ante nosotros se abrió un túnel con una escalera que bajaba a una cripta. Avisamos a los demás del grupo que no estaban de oración, y pertrechados con velas, en fila comenzamos a bajar las escaleras. Unos catorce escalones nos separaban de la pequeña cripta. José Manuel iba en cabeza seguido por mí y, detrás, los seis o siete que se unieron a la expedición. Llegado a la cripta, José Manuel se volvió y con su grave vozarrón que, nunca mejor dicho, parecía salir de ultratumba, anunció: Aquí hay un muerto. Salieron todos espantados, atropelladamente escaleras arriba, y nos dejaron solos en aquél tétrico lugar. La cripta era de planta cuadrada y en cada lado, frente a la escalera, había un prisma cuadrangular tumbado, de hormigón, de un metro (más o menos) de altura con un ataúd en lo alto. El féretro de la derecha estaba destapado y el cadáver, conservando la forma de un pequeño hombre, era prácticamente polvo, si bien se conservaban perfectamente las botas y el cabello. El ataúd de enfrente era mucho más reciente; estaba cerrado y en perfecto estado. Sin embargo, el del lado izquierdo parecía un tanto desvencijado, tanto que, al acercarnos a mirar, yo creí que el lateral se me venía encima y traté de sujetarlo como pude para que no cayese al suelo. Me dio la impresión de que el muerto se movió ¿O simplemente lo soñé?
Lo que más me sorprendió de aquella macabra y tétrica aventura fue la serenidad y normalidad con que se comportó José Manuel. Tan solo comentó que esos cadáveres debieron ser monjes carmelitas, ya que la iglesia del Carmen perteneció a dicha orden que se instaló en Antequera en el siglo XVI.
Este episodio me dejó impactado. Me costaba coger el sueño. Pensaba que había interrumpido el eterno descanso del monje que creí moverse. Que Dios me perdone -rogaba noche tras noche- y le tenga en su Gloria y descanse en paz. Al que era polvo, también. Al tercero no tuve el gusto de conocerle, pero igualmente su paz sea eterna.
Temas relacionados
No hay comentarios