La aldaba
Carlos Navarro Antolín
Mazazo y al punto de partida
Qué entretenidos estábamos con el debate sobre la financiación de las autonomías, el bucle infumable sobre el futuro de la izquierda a la izquierda del PSOE y las ocurrencias del CEO de los Estados Unidos que tienen a la OTAN herida de muerte. Tal vez el éxito del estado del bienestar era poder consumir tantos minutos y tantas páginas sobre las cesiones del IRPF, las dichosas confluencias y mareas y otros castillos en el aire. De pronto se produce el mazazo, nuestro mundo se para, se desentiende de todo y, como reza la balada, nos devuelve al punto de partida: la importancia de las vidas humanas. Nadie se debe montar en un tren para acabar sus días entre un amasijo de hierros. Un pueblo maduro está preparado para las desgracias, pero no tanto para la pérdida de esas certezas que son los pilares de un estado moderno, que funciona y que ofrece garantías. Una de esas certezas ha sido durante más de treinta años la seguridad de los trenes de alta velocidad. La prudencia exigible hasta que se conozca con precisión la causa de la tragedia de Adamuz no impide desatender el contexto en el que se ha producido. El sistema ferroviario español exige una larga sentada porque no ha hecho más que perder reputación en los últimos cinco años. Los sucesivos episodios de retrasos y parones insufribles –con viajeros enclaustrados y abandonados en tierra de nadie o hacinados en las estaciones– evidencian que se ha disparado la oferta, pero no se han adecuado las infraestructuras.
El tren está como las capitales turísticas que no han adaptado sus servicios a un turismo masivo, a unas cifras de viajeros insólitas. España tiene desbordada la alta velocidad, como tiene en condiciones lamentables otras líneas como la de los Alvia y muchas de la Media Distancia. El sistema lleva años de alarmas y avisos muy serios. El tren se ha degradado, pero no sólo no se han tomado medidas efectivas, sino que se ha apostado por bonificaciones masivas para fomentar su uso cuando antes se debía haber puesto al día. Hemos sufrido un mazazo que obliga a un punto de inflexión, al comienzo de un programa de reformas que necesariamente debe primar la seguridad por la vía de la inversión en las infraestructuras sin dejar la siempre recomendable mesura. Treinta y cuatro años después sufrimos una pesadilla que provoca una angustia que solo se paliará con el resultado de la investigación. Quizás nos sirva para valorar ese bienestar de la vida cotidiana que se ha esfumado de pronto. Es la hora del respeto, la prudencia y el tacto con las víctimas. Tendremos que honrarlas. Y recuperar después la excelencia de la alta velocidad que nos hizo más grandes y más desarrollados. Más calidad, más trabajo y más seriedad. Y menos fatuidades en tik-tok. Al menos que cuando se produzcan las desgracias, nos sorprendan en el tajo.
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