Un ministro saboteador

23 de enero 2026 - 03:06

El saboteador no lleva pasamontañas: lleva sello y expediente. Si algo destapa la tragedia de Adamuz es que, cuando se abandona el mantenimiento y se normaliza lo anómalo, la infraestructura se convierte en una ruleta rusa. Y no hace falta ser maquinista para intuirlo: quienes usamos el Málaga–Madrid hemos notado durante meses un traqueteo impropio de una línea de alta velocidad, vibraciones que no son “sensaciones”, sino señales físicas de que algo no está bien en la vía.

La hipótesis más coherente, por pura ingeniería, es la fatiga del material. No hablamos de misterio: hablamos de ciclos repetidos de carga, de microfisuras que crecen milímetro a milímetro, de tensiones que se acumulan en una soldadura defectuosa o en un elemento de sujeción que no está a la altura. Una vía puede “pasar” controles y, aun así, llevar dentro una grieta que no da la cara hasta que confluyen velocidad, vibración, temperatura y desgaste. Entonces el fallo no avisa: ocurre.

Por eso preocupa que se esté hablando ya de reparaciones baratas y de calidades discutibles en trabajos recientes. En alta velocidad, lo “low cost” no es ahorro: es deuda técnica. Y la deuda técnica, antes o después, se paga con interrupciones, con descarrilamientos y, en el peor escenario, con vidas. Si los avisos sobre vibraciones y baches han sido recurrentes, la pregunta es incómoda y necesaria: ¿por qué se permitió que ese síntoma se convirtiera en paisaje?

Aquí el dedo apunta al Ministerio y al gestor de la infraestructura, no porque haya que inventar conspiraciones, sino porque la responsabilidad pública es indelegable. La seguridad ferroviaria no se gestiona con notas de prensa, ni con el consuelo de que “se revisó hace poco”. Se gestiona con mantenimiento preventivo real, con ensayos no destructivos sistemáticos, con trazabilidad completa de cada intervención y con decisiones prudentes cuando hay señales: limitar velocidad, intervenir el tramo y asumir el coste político sin mirar a otro lado. Y, mientras tanto, la ciudadanía asiste al espectáculo habitual: prioridades que parecen más enfocadas en redes de favores y en polémicas internas que en el tornillo que sujeta la vía. No hace falta señalar nombres propios para entender el mensaje: cuando la gestión se degrada, la seguridad se degrada con ella.

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