Hannah Arendt, en 1943, escribió el ensayo Nosotros, refugiados (Altamarea, 2024), y anticipó que “la sociedad ha encontrado en la discriminación el gran instrumento social de muerte que permite matar a las personas sin derramamiento de sangre”. Hoy, cuando hablamos de lo distinto, le atribuimos una condición negativa frente a lo igual, que nos remite a un lugar mental “seguro”: la uniformidad. Pensamos que, si nos parecemos, convivimos mejor; si encajamos, no habrá conflicto; si todos hablamos el mismo idioma, el mundo será más fácil de habitar.
Pero esa seguridad tiene un coste. Cuando la uniformidad se convierte en refugio, dejamos de preguntarnos qué se queda fuera. Y lo que se queda fuera no son solo opiniones: son miradas y formas de estar en el mundo que no encajan en el molde. La realidad no se empobrece porque falten datos, sino porque faltan perspectivas. Es una pobreza silenciosa: no hace ruido, pero estrecha el mundo hasta hacerlo irreconocible.
Máriam Martínez-Bascuñán reflexiona al respecto sobre la importancia de la tribu en su ensayo El fin del mundo común: Hannah Arendt y la posverdad (Taurus, 2025): el nosotros como abrigo en tiempos de incertidumbre. Somos gregarios, buscamos grupo por instinto. La tribu nace de una necesidad legítima: ofrece pertenencia, reconocimiento inmediato, seguridad. Y eso no es en sí mismo un problema: éste surge cuando esa identidad y pertenencia se afirma delimitando un ellos que molesta y que no encaja.
La expulsión de lo distinto raramente empieza con violencia explícita. Empieza con un gesto más sutil: la no incorporación. No integra la perspectiva del otro, su experiencia no cuenta como parte de una realidad común, no se le concede el estatus de interlocutor pleno.
Aquí resulta iluminador Byung-Chul Han: en la caja de resonancia digital –donde uno se oye sobre todo a sí mismo– el interlocutor real va desapareciendo. Desaparece como límite: como presencia que me obliga a corregirme, a dudar, a salir de mí. Cuando el interlocutor se borra, el mundo pierde voz y mirada porque falta encuentro. Con ello se deteriora algo decisivo: nuestra relación con el conflicto, que puede ser una experiencia formativa: obliga a argumentar, escuchar y a precisar. En este sentido, nos madura. Pero si hemos perdido al interlocutor, el conflicto deja de ser aprendizaje para percibirse como agresión, y la reacción ya no es comprender, sino expulsar.
Al diferente no se le incluye: se le pone una condición. O se ajusta al molde —con máscara— o se queda fuera. Aprende pronto qué partes de sí mismo son tolerables y cuáles conviene esconder. Aprende a representarse: a parecer menos para no incomodar, a ocultar su singularidad. Esa máscara no nace de la mentira, sino de la supervivencia: del deseo de no ser expulsado del mundo común.
Arendt lo formula con lucidez incómoda: “Cuando menos libre somos de decidir quiénes somos o de vivir como queremos, más nos esforzamos en dar una imagen de fachada, por esconder los hechos, por representar un papel”. Cuando el entorno penaliza la diferencia, la libertad disminuye. Y cuando la libertad disminuye, el yo se protege con fachada. Es una pérdida doble, entonces: pierde quien se esconde, pero también pierde la sociedad, que se empobrece por lo que deja de ver.
No necesitamos sólo tolerancia. Necesitamos recuperar al interlocutor. Volver al humanismo, no como nostalgia, sino como método: recuperar la dignidad de cada persona, sostener un mundo común en el que nadie sea prescindible. Arendt advirtió con crudeza: la discriminación puede matar sin sangre cuando convierte a alguien en prescindible. El antídoto no es limitarse a tolerar al diferente, sino construir condiciones en las que nadie pueda ser tratado como si sobrara. Un mundo, por tanto, donde dejemos de empujar a otros hacia la máscara y quizá entonces el mundo empiece, poco a poco, a recuperar voz y mirada.