Diabetes, miradas y prejuicios

Personas con diabetes y profesionales alertan de un estigma generalizado alimentado por prejuicios sociales, un problema extendido que puede dañar la autoestima e incluso la adherencia al tratamiento

Iñaki Lorente, psicólogo; Ruth Gaspar, enfermera y educadora en diabetes; y Beatríz Gutierrez, miembro de la Federación Española de Diabetes (FEDE).
Iñaki Lorente, psicólogo; Ruth Gaspar, enfermera y educadora en diabetes; y Beatríz Gutierrez, miembro de la Federación Española de Diabetes (FEDE). / M.G.

El estigma en diabetes no siempre llega en forma de insulto. A veces se cuela como una pregunta ‘bienintencionada’, como una mirada indiscreta o como una frase que parece inofensiva, pero que deja huella: “¿te lo vas a comer?”, “¿puedes hacer eso?”, “¿no será por…?”. En el Diabetes Experience Day, un encuentro de referencia para la comunidad diabética celebrado el pasado fin de semana en Córdoba, Beatriz Gutiérrez (persona con diabetes tipo 1 y miembro de FEDE) e Iñaki Lorente (psicólogo y también con diabetes tipo 1) pusieron palabras a una realidad generalizada. Siete de cada diez personas con diabetes dicen sentirse estigmatizadas.

Para Beatriz, el estigma tiene una doble cara que hoy se hace más visible, literalmente, por la tecnología. “Cada vez se ve más” la diabetes, explica, porque muchas personas llevan sensores, parches o bombas de insulina. Eso facilita el control y puede contribuir a normalizar la enfermedad, pero también “nos señala”, porque expone la condición ante cualquiera. El problema no es que se vea, sino lo que se proyecta sobre esa imagen: prejuicios, ideas erróneas y un juicio rápido sobre el cuerpo y los hábitos de los demás.

Lorente lo describe desde la psicología social, “incluso cuando la estigmatización nace de la ignorancia y no de la mala fe, el impacto puede ser profundo”, afirma. “Cuando todo el mundo opina una cosa, aunque sea equivocada, en la persona con diabetes se filtra eso y acaba creyéndoselo”, advierte. A ese proceso lo llama autoestigma: la persona termina asumiendo mensajes externos (“no me cuido”, “soy un desastre”) que minan la autoestima y alimentan una percepción de “ser defectuoso”.

Ese desgaste emocional no se queda solo en el plano psicológico. Lorente subraya que el estigma puede empujar a conductas “no adecuadas e incluso peligrosas”, como ocultar la diabetes en el trabajo por miedo a consecuencias laborales.

Beatriz pone ejemplos cotidianos: tener que parar por una hipoglucemia o reorganizarse para acudir a una consulta puede ser interpretado como un privilegio o una molestia. Ella relata situaciones en las que pedir teletrabajo tras una cita médica se vive con tensión, como si la enfermedad tuviera que “compensarse” de algún modo.

En lo social, el estigma se expresa también como censura. Beatriz cuenta que a algunas personas les incomoda ver una administración de insulina y piden que se haga “en el baño”, obligando a esconder un gesto sanitario sencillo.

Sobreprotección e infantilización son situaciones habituales a las que hacer frente

Y en lo familiar, aunque predomine la preocupación, puede aparecer una sobreprotección que termina infantilizando. Lorente lo ilustra con una escena doméstica: su madre aceleraba la comida “porque Iñaki ya tiene la hora”, como si él fuera el motivo de que hubiera que detenerlo todo. “Quería cuidarme, pero estaba completamente equivocada”, resume.

Los prejuicios más extendidos se concentran en dos ideas: la culpabilización —sobre todo en diabetes tipo 2, asociada de forma simplista a hábitos— y la supuesta “minusvalía”. “Se destila que toda la culpa… es de la persona”, explica Lorente, pese a que la relación entre obesidad, sedentarismo y diabetes no es lineal. Beatriz coincide en que el juicio moral se cuela incluso en la consulta y recuerda que, en tipo 2, la culpabilización suele ser mayor.

Ambos apuntan a una pieza todavía poco integrada en el abordaje: el acompañamiento psicológico. Lorente defiende que la psicología debe tener “cabida dentro de un equipo multidisciplinar”, no para tratar clínicamente a todo el mundo, sino para detección precoz y apoyo antes de que el malestar se cronifique.

Hay quienes ocultan su enfermedad en el trabajo por miedo a consecuencias

Beatriz es directa sobre la realidad asistencial: tras su debut, la derivación a psicología llegó con una cita “para un año y medio después”, un plazo incompatible con la necesidad de adaptación inicial.

Por eso, muchas personas recurren a asociaciones o a recursos privados para sostener esa parte invisible de la enfermedad. La salida exige cambiar el marco. Lorente propone sustituir la culpa por responsabilidad. “No es tu culpa, pero sí eres responsable de la mejora”, señala, porque la culpa paraliza y la responsabilidad activa.

Y Beatriz reivindica el derecho a no ser limitada por otros: “No me limites tú; ya me limitaré yo cuando lo vea conveniente”, dice al recordar una actividad deportiva en la que le restringieron lo que podía hacer solo por tener diabetes.

Para hacer frente a todo esto Iñaki Lorente lanza un mensaje como escudo frente a la estigmatización: “la diabetes complica algunas cosas, pero nunca limita tu talento, ni tus sueños, ni tu dignidad”.

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