La tribuna

Juan José Martínez Zato

Crisis económica y de valores en una sociedad enfermiza

17 de mayo 2009 - 01:00

EL entusiasmo que se vivió tras la terminación de la Segunda Guerra Mundial bien pronto se tradujo en una gran desilusión. Los antiguos aliados divididos en dos bloques, la guerra de Corea, después la vergonzante de Vietnam, las descolonizaciones mal preparadas y peor realizadas de África y Asia, tras haberse lucrado las potencias colonizadoras de las riquezas naturales de no pocos países, el enfrentamiento árabe con Israel desde la creación de ese Estado en 1948 dando lugar a numerosos y continuos conflictos, así como guerras intolerables y vergonzosas como la de Iraq y guerras civiles que incluyen genocidios en varios continentes, con intervención tardía como siempre de las grandes potencias no inclinan al optimismo.

Y, a todo eso, la esperanzadora creación de la ONU apenas ha servido de algo. Se aprueba, sí, la Declaración Universal de los Derechos Humanos que son ininterrumpidamente pisoteados ante la pasividad de la organización y la mirada hacia otro lado. Como casi siempre, de las grandes potencias. Es verdad que los cascos azules han contribuido en ocasiones a la pacificación en muchos lugares, pero viene a ser como una gota de agua en el océano. Tal organismo, de dudoso funcionamiento democrático, carece en la práctica de capacidad para salvaguardar la paz en el mundo, sin que estén exentas de culpa, otra vez, las grandes potencias, dependiendo tal finalidad más de ellas que de la organización .

Cierto también que hoy Europa, generadora de tantos conflictos, vive en paz y con tranquilidad una vez desaparecidos el muro de Berlín y el mundo comunista que a nada positivo conducía, aunque necesite la Unión Europea enderezar su rumbo y conseguir la unidad deseable, hoy ausente, que la haga fuerte ante Rusia, China y el aliado americano, sin dejar por ello de ser aliados leales del gran país del norte de América, que no serviles. Como cierto es que el llamado mundo occidental ha alcanzado un nivel de vida envidiable si se compara con el anterior a 1939.

Pero no lo es menos que los países ricos cada vez lo son más, aunque el capitalismo a ultranza y salvaje, sin mecanismos para el debido control, conduzca a desatar crisis económicas como la que hoy padecemos, a costa de que los más pobres cada vez sean más irritantemente pobres.

En los continentes citados, sobre todo en el africano, comenzaron a otorgarse por los colonizadores la independencia de muchos países, al finalizar la segunda conflagración mundial, dejándolos a su suerte, sin la debida preparación, procurando seguir siempre beneficiándose de sus riquezas, cuando no de la explotación de sus habitantes, algunos de los cuales afortunados son al encontrar trabajo en las ciudades de los países que antes los discriminaban o maltrataban en los suyos.

El resultado de su paso por África, sin que nadie les hubiera invitado a ello, conocido es. Hambre, miseria, guerras, genocidios y enfermedades todas las imaginables sin medicinas para combatirlas. Sólo de malaria muere un niño cada pocos segundos y si antes no se remedia, dentro de diez años el 80% de África negra estará afectada de sida. Ante un panorama tan aterrador, buena parte de sus habitantes abandonan sus hogares, sus familias y sus hijos para encontrar trabajo en la Europa rica. Los más afortunados, repito, lo encuentran. Al resto ya sabemos lo que les espera. Dispuestos a morir antes de seguir en sus países, como nos lo demuestran diariamente con los patéticos viajes en las pateras, explotados y caminando no pocos hacia el abrazo con la Dama del Alba.

Pero, aunque los ciudadanos europeos y los ricos americanos pagan sus impuestos, poco hacen sus países para resolver esa trágica situación. El actual Gobierno de España hace el esfuerzo que puede para cumplir con la obligación que le corresponde y, ojalá, tendremos que comprobarlo, cumpla al finalizar la legislatura con la promesa de destinar el 0,9% del Presupuesto al tercer y cuarto o quinto mundo.

Seguro estoy de que si a todos los trabajadores del llamado primer mundo, sean funcionarios o trabajen en una empresa o en profesiones liberales, se les descontara con carácter voluntario de sus emolumentos, sueldos y salarios un euro al mes, aunque muchos de ellos dificultades tienen para llegar al día 30, darían su autorización y, con el gesto, se salvarían millones de vidas, se curarían millones de enfermos y millones de niños recibirían una adecuada educación. Claro que, a quienes se lucran excesivamente y la crisis han desatado, debería descontárseles, obligatoriamente, el 90 ó 95% de sus ingresos y ello siendo generosos.

Se daría así ejemplo a los gobernantes insensibles. Todo es cuestión de proponer en serio tan noble propósito. No sería caridad sino justicia. No es de extrañar que ante tanta indiferencia cada vez proliferen más las ONG que tan meritoria labor llevan a cabo. Cierto es que suelen recibir subvenciones de los gobiernos, pero no siempre suficiente. Muchos de sus miembros hasta ven peligrar sus vidas en los países subdesarrollados.

El nuevo orden mundial que los Bush nos prometieron vale más que cuanto antes se olvide, mejor será. Y si Obama promete otro, deberá esperar a resolver antes los problemas internos, que no son pocos. En cualquier caso, motivos hay para la esperanza, aunque no exageradamente.

Todos hemos primero de respetar los derechos humanos sin tapujos, la igualdad, la justicia y la solidaridad en nuestros ricos países para, después, trasladar todo ello a los demás. Mientras tanto, descartando a los violentos, terroristas y gamberros, que de todo hay, no encuentro yo mal que muchos jóvenes se manifiesten ante las sedes donde con frecuencia se reúnen los presidentes y jefes de gobierno de los países ricos.

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