balcón de notables. susana ortigoso, psicóloga clínica

"Los niños de hoy en día son la generación que más sola está"

  • Cree que no hay que demonizar las redes, pero advierte de la relación superficial que suponen los 'me gusta'

  • Aconseja apagar la tele a la hora de la cena para estrechar vínculos familiares

La psicóloga en la entrada del Hospital Clínico. La psicóloga en la entrada del Hospital Clínico.

La psicóloga en la entrada del Hospital Clínico. / fotografíaS: javier albiñana

Susana Ortigoso dice cosas que parecen simples y lógicas, pero que pocos profesionales exponen con su claridad. Y pone el dedo en la llaga en cada afirmación. Esta psicóloga clínica del equipo de Salud Mental de Puerta Blanca advierte que en esta época de las nuevas tecnologías hay muchas personas "juntamente aisladas", propone algo tan sencillo como apagar la tele a la hora de la cena para estrechar los vínculos familiares y aconseja poner más oído que fármacos a los niños.

-¿Cómo vamos las personas supuestamente sanas de salud mental?

-Cada vez sufrimos más, pero de lo que sufrimos no es ni de desequilibrios de neurotransmisores, ni de cuestiones genéticas, ni de trastornos orgánicos; sufrimos más por cómo vivimos las cosas que nos pasan y que nos han pasado. Sufrimos más porque vivimos una época en la que cada vez más desconectamos de las emociones.

-¿Y por qué?

-Vivimos en una sociedad muy poco alojadora en la que la gente está teniendo que sobreadaptarse. No tenemos tiempo, cada vez estamos más incomunicados; pero las personas seguimos necesitando el calor de otros.

-¿Incomunicados con el móvil, el whatsapp, Facebook?

-En una reunión, en un restaurante, en una cafetería; están juntos, pero cada uno está con su móvil. Yo cuando trabajo con las familias en consulta, aconsejo que a la hora de la cena no haya tele puesta. Está comprobado en estudios que se han hecho que cuando las familias comparten la cena y allí se cuentan sus cosas, manejan muchísimo mejor los conflictos que las personas que están aisladas juntas. O juntamente aisladas.

-¿Cuál es entonces su consejo?

-Conectar. Algo tan básico como los 20 minutos de la cena que se apague la tele. Es verdad que los padres tienen menos tiempo para los hijos. Porque los que tienen trabajo están luchando por mantenerlo o por rendir mucho en su trabajo. Y los que no lo tienen, angustiados buscando trabajo. Pero los niños de hoy en día son la generación que más sola está. Tienen muchas cosas materiales, los que pueden tenerlas; pero están muy solos. Porque tienen padres muy exigidos o muy angustiados. Hay estudios que afirman que de media pasamos cuatro horas delante de la tele. Por lo tanto, no es cuestión sólo de falta de tiempo. Yo recibo padres muy desbordados, por la crisis, la incertidumbre, las angustias... Pero si los niños algo necesitan es la conexión.

-Lo ve en su consulta...

-Vi a unos padres que por su trabajo llegaban a las once de la noche y que al niño no podían acostarlo antes de las doce y pico. Yo les decía que era la única hora que tenía para verlos... El niño intenta estar despierto porque está criándose con los abuelos y lo que necesita es conexión con sus padres.

-¿Qué hacer entonces?

-Hay que cuidar el vínculo. Venimos con una dotación genética, con un bagaje orgánico; pero nos hacemos en el vínculo con otros. Y eso está bastante en déficit hoy en día. Hace falta recuperar vínculos. Yo antes leía muchísimo, ahora hago una lectura más rápida, más breve. Estamos inundados de información. Hace falta ayuda para gestionar esa inundación de estímulos, de información...

-Tenemos muchos amigos virtuales en las redes, pero pocos reales. ¿Las redes ayudan o no?

-Vivimos en la cultura de la imagen. Existimos en la medida que nos ven y nos ponen me gusta. Pero es una relación superficial. No hay que demonizar las redes sociales. Mi página de Facebook me conecta con mucha gente y me permite acceder a muchísima información de infancia, adolescencia... Como toda herramienta, las redes tienen cosas magníficas; pero como otras cosas en la vida hay que saber utilizarlas. En este momento estamos teniendo dificultades para gestionar esas cosas y los vínculos se están resintiendo. De hecho, la gente cada vez está más sola. En la consulta te hablan mucho de la soledad, incluso viviendo en familia.

-¿Qué recomendación da?

-Apagar la tele y dejar las redes sociales un rato y conectar [entre la familia] a la hora de cena. Y luego ver algo en la tele juntos. Yo no recomendaría tener una tele en cada cuarto. Hay que aprender a convivir y eso supone que un día vemos algo que te gusta a ti y otro algo que me gusta a mí, no cada uno en su cuarto. Hay que compartir y recuperar la conexión. Y recuperar la conexión es preguntarle qué tal les ha ido en el colegio, pero no qué deberes tienes, sino cómo se ha encontrado el niño. Porque no se ve el sufrimiento de los niños. Se entiende que los niños de hoy tienen muchísimas cosas y que si hacen algo es porque son manipuladores... Cuesta mucho ver que un niño sufre. Y los niños de hoy en día están sufriendo mucho.

-¿Por qué?

-Porque están más solos. Y porque hay una idea de que el niño es una máquina que lo puede aguantar todo. Un ejemplo, un niño que sufre una agresión de un compañerito. Al día siguiente va al colegio y los adultos planteando que no está rindiendo bien. Y yo a los padres le digo que si le hubiera pasado a la profesora, quizás estaría de baja. El niño no tiene baja estudiantil, tiene que seguir yendo al colegio y tiene que seguir rindiendo como si nada hubiera pasado. Los adultos tenemos una visión idealizada de que en la infancia no se sufre. Nos hemos olvidado de nuestra propia infancia en la que hemos sufrido muchísimo.

-Yo no...

-Bueno, pero por cosas que ahora no lo parecen. La muerte de un perrito en la infancia es un duelo. Ahora tenemos la idea de que todos tenemos que ser máquinas y hay que rendir. Y esa visión se traslada a los niños. Los padres de hoy en día están muy angustiados con el fracaso escolar. Se piensa que un niño que va mal en el colegio queda expulsado del sistema y se genera muchísima angustia. En mi infancia no recuerdo eso. Había personas con menos estudios, pero aprendían oficios. Es preferible un carpintero al que le gusta lo que hace que un médico que está ahí por un designio familiar.

-He oído la frase de que hay que escuchar más y medicalizar [cuando se medica sin ser necesario] menos. ¿Me la explica?

-Dentro de la dinámica social se nos transmite que todos los malestares psíquicos o emocionales tienen una base orgánica; sea descompensación de neurotransmisores o que hay déficit cerebral... Cosas que comprobadas, comprobadas, no hay. Si hay anemia, en cambio, sale en la analítica. Pero aquel mensaje ha calado. Y cala porque a todos nos resulta más fácil pensar que de lo que sufrimos se puede resolver con algo rápido como una medicación, en lugar de pensar qué nos está pasando, qué dice esa angustia de mi historia, qué cambios tengo que hacer.

-Es más fácil tomar una pastilla que hacer cambios profundos...

-No se trata de demonizar los fármacos. En algunos casos están indicados. Por ejemplo, cuando una persona está muy angustiada. El problema con la medicalización, no con la medicación, sino con la medicalización de los niños es que se están dando fármacos por el malestar que causan en los adultos, no por el malestar del niño. Cuando un niño tiene una angustia y tiene sufrimiento claro que habrá que ayudar con fármacos. El problema es que los adultos de hoy en día tenemos más dificultades para tolerar niños que estamos ayudando a construir. Vivimos en una sociedad hiperactiva y, lógicamente, los niños son hijos de esta época. Lo dice Beatriz Janín, criamos niños que después no soportamos. Uniéndolo a que los adultos estamos con muchísimas cosas y eso es un cóctel explosivo. Al final, en muchos casos, cuando la mirada de los adultos cambia, a ese niño no hace falta medicarlo.

-¿Usted dice entonces dar menos fármacos y poner más oído?

-No lo digo yo, lo dicen los protocolos. Salvo en casos excepcionalmente graves y porque el niño está sufriendo, no hay que medicar. El problema que nos encontramos es que muchos niños llegan ya con la medicación puesta desde atención primaria o desde un centro privado. Pero un niño que no preste atención no significa que tenga un diagnóstico de TDH. A veces los niños sufren mucho, algo les está pasando, algo que hay que abordar y entender, pero que no es un trastorno de base orgánica. Y un niño angustiado no puede atender. Un niño el sufrimiento y la angustia los muestra estando muy inquieto.

-Y con las listas de espera en la sanidad ¿hay tiempo suficiente para escuchar a los niños?

-Por eso una de las reivindicaciones es que haya psicólogos clínicos en atención primaria. En el equipo mío vamos de vez en cuando a algunos centros de salud.

-¿Debería haber psicólogos en los centros de salud?

-De cara a evitar la medicalización que estamos viviendo -que es importantísimo a nivel económico para la salud de las arcas públicas y sobre todo para los pacientes- tiene que haber profesionales... Y los psicólogos clínicos somos los indicados porque podemos ayudar mucho a entender a la gente que está sufriendo, no por un trastorno orgánico que necesita medicación, sino por cómo está viviendo las cosas que le están pasando en la vida. En la época de la crisis han aumentado los problemas de depresión y ansiedad. Eso no puede ser porque de repente los neurotransmisores se hayan disparado. Es porque vivimos en una época que favorece que todos estos sufrimientos pasen a primer plano. Que haya profesionales que ayuden a estos pacientes y a los médicos de familia a abordar esos problemas en sus consultas me parece importante.

-Pero en cinco minutos, el médico de familia lo tiene difícil...

-Es muy complicado y recurrir a la medicación es tentador. Los médicos no son conscientes del valor de otras cosas que ya están haciendo. El mirar a un paciente a la cara, conectar con el paciente, el escucharle... No se le da valor. Aunque hay pacientes que si no se van con una receta en la mano no se han sentido atendidos. Para conectar con un paciente hay que tener algo de tiempo, el ordenador tiene que quedar a un lado. Yo intento no escribir con el paciente delante, tengo que quedarme después a escribir todo. Los pacientes son personas y hay que mirarlos; tienen que sentirse escuchados y contenidos.

-¿Hay pocos psicólogos en el sistema público?

-Pocos, muy pocos. La media europea de psicólogos clínicos es de 18 por 100.000 habitantes y en España es de 4,2. Hacen falta más psicólogos. Sobre todo porque nos encargamos de la atención de los niños y adolescentes y la demanda ha subido.

-¿Por qué sube?

-Hay niños que vienen con el sello de TDA con y sin hiperactividad, cada vez hay niños con sospecha del espectro autista, muchos niños con problemas emocionales por malos divorcios, con problemas de conducta...

-¿Sigue el estigma de la enfermedad mental?

-Las personas con diagnóstico de trastorno mental grave tienen un halo de que son más agresivas. Cosa que no es cierta. Las personas que cometen crímenes no necesariamente están locas. Hay maldad y la maldad no es un trastorno mental. A veces hay asociaciones [de pacientes con patología mental] que tienen que conseguir pisos tutelados y tienen dificultades para conseguirlos; cuando son ciudadanos de pleno derecho.

-Las generaciones de mayores de España pasaron la Guerra Civil, la posguerra, la Guerra Mundial. Ahora vivimos en una sociedad con más cosas resueltas y sin embargo, parece que tuviéramos más problemas y más angustias...

-Ahora tienes la sensación de más necesidades. En aquella época, a lo mejor con decir tenemos a la familia y un plato de comida ya tenían suficiente. El pediatra Carlos González comenta que sus padres criaron a tres hijos con un sueldo y que ahora las familias, trabajando los dos, no llegan a fin de mes. En parte porque los sueldos son pequeños y en parte porque tenemos la sensación de necesitar más cosas. Nos han creado muchas más necesidades y también los sueldos no son muy allá. También estamos en la época de la insatisfacción porque necesitamos más cosas que en el fondo no son tan necesarias. Pero también es porque arrastramos unos años de crisis y hay gente pasándolo mal.

-¿Cuál sería su consejo a los lectores para cerrar esta entrevista?

-Conectar con los demás me parece importante. Y desconfiar de los mensajes que hacen pensar que cuando se sufre, algún problema orgánico existe. En algunos casos puede haber una base orgánica, ojo. Pero en la mayor parte de las cosas que se están viendo en las consultas tanto de atención primaria como de salud mental, las personas realmente están sufriendo, pero no están enfermas. Por lo tanto se puede salir, lo que pasa es que hay que entender qué está pasando. Hace falta poner palabras, hay que conectar con lo que a uno le pasa, con lo que uno siente. Y eso vale también para los niños.

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