John MacKay. profesor de genética e investigador

"Para preservar los bosques necesitamos saber cómo se adaptan"

  • El científico canadiense, profesor en Oxford y referencia mundial en el estudio de la resistencia de los bosques ante la adversidad, pronunció ayer una conferencia en la UMA

John Mackay, ayer, en un laboratorio del centro de investigación y desarrollo de la Universidad de Málaga. John Mackay, ayer, en un laboratorio del centro de investigación y desarrollo de la Universidad de Málaga.

John Mackay, ayer, en un laboratorio del centro de investigación y desarrollo de la Universidad de Málaga. / javier albiñana

El desarrollo genético de las coníferas en relación con su resistencia y adaptabilidad es el campo de estudio central del investigador canadiense John Mackay, profesor en la Universidad Laval de Québec y en la Universidad de Oxford. Sus publicaciones se han convertido en una referencia clave a la hora de establecer programas de preservación de bosques en todo el mundo. Tras el seminario impartido el pasado jueves, ayer pronunció una conferencia en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Málaga y antes atendió a Málaga Hoy para esta entrevista.

-¿Qué podemos esperar de la investigación genética en relación a la preservación de las áreas forestales y sus especies?

Hay que crear más sinergias entre la investigación genética y la conciencia ecológica: lo lógico es integrarlas"

-Una de las ideas más importantes es que los árboles de los bosques mantienen una enorme capacidad de adaptación en sus poblaciones. A menudo tenemos una imagen de los árboles más propia de elementos de escasa adaptación, pero lo cierto es que la capacidad genética que poseen para adaptarse incluso a situaciones bien adversas es enorme. El campo sobre el que podemos investigar para saber más de esta capacidad y reforzarla es amplio, pero tenemos la responsabilidad de responder con celeridad porque a menudo los cambios a los que deben adaptarse los árboles se producen a gran velocidad, bien a través de insectos o de otros agentes perjudiciales. En estos casos los árboles no tienen tiempo para adaptarse, pero es posible encontrar una solución a través de programas de conservación. Y para tener los mejores programas de conservación necesitamos conocer bien cuál es la capacidad de adaptación de las distintas especies, en un sentido general y también ecológico. La conciencia ecológica y la investigación genética funcionan como entidades separadas y necesitamos integrarlas, crear más sinergias. Es lógico.

-¿El cambio climático obliga a trabajar a contrarreloj?

-Sí, a veces el calentamiento global me hace sentir así. Creo que el conocimiento científico avanza de manera muy positiva, pero los acontecimientos adversos son cada vez más rápidos, así que necesitamos algo más que ciencia. No se puede sacar adelante un programa de conservación sin un apoyo financiero, pero esto exige una visión a largo plazo que a menudo no es muy apreciada por los políticos, que se mueven en plazos mucho más cortos. Pero la implicación internacional es determinante aquí para el aprovechamiento racional de los recursos naturales y el bienestar de las personas.

-¿No cree que los políticos necesitan evidencias científicas urgentes para convencerse?

- Sí, es cierto, pero tenemos un reto mucho mayor en las futuras generaciones, en despertar en ellas el interés por la ciencia. Hay muchas carreras y muchas áreas de investigación a las que pueden acceder, pero tal vez pueden no resultar tan atractivas como las nuevas tecnologías, de ahí nuestra responsabilidad a la hora de crear estímulos, si bien, por otra parte, las nuevas tecnologías revisten oportunidades de aplicación en estas cuestiones muy interesantes.

-¿El desarrollo de las sociedades urbanas ha convertido a los bosques en fenómenos extraños?

-Sí, pero fíjate, en el Reino Unido hay proyectos muy interesantes de implicación ciudadana en la preservación de las áreas forestales. Cualquiera puede acceder a una base de datos e informar allí sobre la situación de los bosques que conozca y de situaciones de riesgo, y luego esta base de datos se emplea para mejorar los programas científicos. Hay además iniciativas para el reconocimiento de árboles y el seguimiento de su estado a las que se adscriben familias y centros escolares y que llegan a generar respuestas entusiastas.

-¿Qué opina de la escasa inversión que se destina en España a la investigación científica?

-La clave es la colaboración internacional. Aquí en Europa existen diversos proyectos relacionados con la preservación de los bosques que comparten fondos de diversos países. Esta colaboración se ha puesto en marcha casi siempre para la preservación de las especies más amenazadas, y es un buen comienzo, pero en el futuro habría que asumir una mayor eficiencia investigadora para estudiar más especies. El pinsapo que tenéis en la provincia de Málaga es una especie de abeto, y hay abetos en buena parte de Europa y Norteamérica que también están amenazados, así que podrían establecerse alianzas internacionales para compartir recursos. Además, los resultados de una investigación en torno a una especie pueden ser útiles para el estudio de otras.

-¿Podría ser la tecnología la solución para lograr esa eficiencia?

-Sí. De hecho, los drones son unos aliados muy importantes: pueden reunir mucha información en poco tiempo y permiten un procesamiento de los datos muy eficaz.

-¿Los programas de preservación pasan necesariamente por la consideración de los bosques en términos de rentabilidad?

-Es fundamental una mayor divulgación sobre la implicación de los bosques, por ejemplo, en la limpieza del agua y el aire y la conservación de la vida salvaje. Los bosques son el medio natural más efectivo para la producción de agua potable, y en el futuro ésta va a ser una cuestión determinante para el equilibrio hidrológico. Y aquí hay implicaciones económicas muy claras. La protección de la vida salvaje es esencial para el desarrollo de un ecoturismo sostenible que puede ser muy beneficioso.

-¿Podemos ser optimistas en pleno Antropoceno?

-Sí. En el siglo XX prendió ya una mayor conciencia sobre la importancia de los bosques y desde entonces, por ejemplo, la superficie forestal se ha duplicado en el Reino Unido. Si miramos a Brasil, encontramos hoy áreas forestales con más especies, con más capacidad de adaptación y con un carácter multifuncional mucho más allá de la producción de madera. El Desafío de Bonn se propone restaurar 350 millones de hectáreas de bosque en áreas degradadas hasta el año 2030. Esta superficie es la equivalente al doble de la que suman el Reino Unido, Irlanda, Alemania, Francia y España. Es un programa muy ambicioso, del que forman parte 46 países. Sólo podemos ser optimistas.

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