Un Siglo de Oro en la boca

Teatro Cervantes. Fecha: 9 de marzo. Compañía: Mefisto Teatro. Texto: Francisco Rojas Zorilla. Versión y dirección: Liuba Cid. Reparto: Vladimir Cruz, Justo Salas, Claudia López, Dayana Contreras, Ramón Ramos, Cristina Arranz, Rey Montesinos, Gabriel Buenaventura, Joanna González. Aforo: Unas 300 personas (un tercio de entrada).

Uno de los grandes problemas, por no decir tragedias, que plantea la recuperación del repertorio clásico español en la actualidad, especialmente el de su Siglo de Oro, es el de la formación de los actores, mucho más empeñada en la consignación de métodos interpretativos que en la intuición y la inspiración. Este paradigma ha posibilitado la aparición de una legión de actores muy bien preparados, versátiles, competentes en cuanto a recursos para la construcción de los personajes, pero con un sentido quizá demasiado pronunciado del arte dramático en detrimento del teatro como un fenómeno humano y natural. En consecuencia, lo habitual en los montajes actuales de obras de autores como Lope y Calderón es encontrar actuaciones que, sobre todo en la dicción, acusan una excesiva pulcritud que tiende a hacer del verso una experiencia plana, por muy clara y comprensible que sea la defensa del texto. Al teatro del Barroco le ocurre como al flamenco: no basta con saber interpretarlo, hay que saber decirlo. Y este segundo saber no es tanto académico como deudor de la experiencia; sin ella, se corre el riesgo, demasiado frecuente, de engominar el metro mucho más de lo necesario y alumbrar el artificio donde el autor había registrado una expresión más alta o más llana, pero siempre popular y a la vez poética.

Por eso, es todo un gustazo que después de Fuenteovejuna, la compañía hispanocubana Mefisto Teatro regrese a Málaga con el gran desconocido del Siglo de Oro, Francisco de Rojas Zorrilla, y su obra mayor, Donde hay agravios no hay celos, una de las síntesis más sublimes del Barroco por su juego de confusiones y por su intención directa y sin complejos de divertir al público. En un delicioso suceso de ida y vuelta, la comedia nos llega con toda su música restituida en la boca de los intérpretes cubanos, la mayoría del elenco. Y no se trata, en absoluto, de una pintoresca cuestión neocolonial: es una cuestión de escuela, de maneras y ópticas distintas de aproximarse a los clásicos. El carácter universal de éstos se expresa en lo particular de las compañías, pero no resulta difícil sospechar que el Sancho que Rojas Zorrilla tenían en la cabeza se parecía bastante al que compone Justo Salas, prodigioso no sólo en la dicción, también en una posición compleja y virtuosa. Este decir, flexible y cercano, jamás antiguo, se traduce, claro, en un ritmo mucho más propiamente barroco de lo que estamos acostumbrados, ligero, casi vertiginoso, celebrante de la comedia como estilo y forma.

Mención aparte merece el impresionante vestuario de Tony Díaz, así como la evocadora puesta en escena y el trabajo del resto del reparto, con un grandísimo Vladimir Cruz que vuelve a demostrar que menos es más (genial en el guiño a Don Juan Tenorio). Quien quiera enterarse de una vez de que el Siglo de Oro es una fiesta, que vaya a ver esta obra. Y que lo disfrute.

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