La puerta de Occidente

Para los navegantes fenicios que partieron entre los siglos IX y VIII a. C. en busca del oro de Tartessos, el sur de la Península Ibérica representaba, ciertamente, el fin del mundo en su acepción más exacta. En realidad, mitos aparte, aquellos pioneros encontraron en las colonias establecidas en zonas costeras un filón que les permitía intercambiar productos con las comunidades nativas y explotar sus recursos naturales en beneficio propio. A menudo representaban los deltas de las desembocaduras de los ríos un punto de partida idóneo para sus asentamientos, y justo por este motivo se instaló entonces cierto grupo de exploradores procedentes de los territorios que hoy ocupa el Líbano en la propia desembocadura del Guadalhorce. Aquellos fenicios no tardaron en comprobar que su tremenda odisea había valido la pena: el territorio se mostraba singularmente fértil y los indígenas que habían descendido al litoral desde las zonas montañosas del interior cuando la presencia de mercaderes orientales empezaba a hacerse frecuente no ocultaban su creciente interés en adquirir sus valiosas ofertas. De modo que la colonia no tardó en superar las dimensiones del delta para instalarse en tierra firme y adquirir hechuras de verdadera ciudad. La población asentada con expectativas de permanencia creció de forma consecuente, no sólo con refuerzos fenicios: otros viajeros griegos y egipcios, que se incorporaban a las misiones comerciales fenicias para hacer su particular agosto, también perseveraron al final del río. La ciudad siguió creciendo con la incorporación de viviendas, así como de un embarcadero (consecuencia de un tráfico fluido desde la otra esquina del Mediterráneo con destino estable en el emplazamiento) y de un centro de producción alfarera (como industria que permitía satisfacer in situ la demanda de los futuros íberos). Pero aquel desarrollo no podía salir gratis: la deforestación a la que fue sometida la zona para la expansión de la colonia (que alcanzó límites colindantes con el área que hoy ocupa el Aeropuerto) provocó en torno al siglo VI a. C. una brutal crecida del Guadalhorce que se llevó por delante la colonia y sepultó el delta. La aventura duró así unos trescientos años, suficientes para dejar escrita una página de alto calibre en la Historia. Hoy se contempla que aquella ciudad pudo ser la puerta de entrada a la Península de cultivos importados desde Oriente como el olivo y la vid, así como del hierro, con consecuencias determinantes en Occidente.

En 1965, el arqueólogo malagueño Juan Manuel Muñoz Gambero, que ya había sacado a la luz el yacimiento fenicio del Cerro de la Tortuga, descubrió los restos de aquella antigua colonia en lo que hoy se conoce como Cerro del Villar, justo en la desembocadura del Guadalhorce. Y ya entonces cundió la sospecha de que la crecida que había acabado con la colonia había servido también para preservar sus restos contra las inclemencias y el paso del tiempo de una manera extraordinaria. Tras varios años de reconocimiento en la zona sin muchos apoyos, la investigación dio un salto proverbial cuando se puso al frente la arqueóloga María Eugenia Aubet, catedrática de Prehistoria de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona y experta internacional de primer orden en el estudio del mundo fenicio, con la dirección de varios yacimientos en todo el Mediterráneo. Bajo la coordinación de Aubet y con la colaboración de la Universidad de Málaga se llevaron a cabo distintas campañas en las que se excavaron viviendas, una alfarería, un embarcadero y numerosos elementos que daban buena cuenta de la vida comercial, religiosa y doméstica de los pobladores. Al mismo tiempo, aquellas intervenciones reforzaron la idea de que el yacimiento del Cerro del Villar se encontraba en un estado de conservación sorprendente y de que la colonia ocupaba una extensión más que notable en comparación con otros asentamientos fenicios el litoral andaluz. En 2007, cuando estaba previsto el comienzo de una nueva campaña arqueológica, Aubet tuvo que ser sometida de urgencia a una delicada intervención quirúrgica. Tras su recuperación, en 2008, todo parecía listo para una nueva excavación pero la Junta de Andalucía, responsable último como titular de las competencias en materia de patrimonio histórico, trazó un plan distinto: Aubet fue relevada de su puesto de directora del yacimiento y se presentó un nuevo plan que apostaba por consolidar los yacimientos ya excavados y centrar la investigación en el material extraído hasta entonces, por otra parte abundante. Desde aquel momento se sucedieron diversas publicaciones con los resultados de estos estudios, coordinados por el arqueólogo Eduardo García Alfonso y reveladores con aún más alcance del carácter extraordinario del Cerro del Villar. En lo que se refiere al trabajo de campo, sin embargo, el yacimiento ha continuado cubierto en su totalidad. Y es aquí donde entran en juego el Ayuntamiento y, casi a título personal, el alcalde, Francisco de la Torre, que en los últimos años ha mostrado un interés especial en las posibilidades de explotación turística y cultural del enclave. Así, el Consistorio anunció hace ya unos meses a través de la Gerencia de Urbanismo el desarrollo de una exploración no invasiva con georradar (con la colaboración de la Universidad de Málaga) en una extensión de 40.000 metros cuadrados junto a la desembocadura del Guadalhorce para conocer el estado de conservación del yacimiento. Los resultados de esta exploración se dieron a conocer hace unos días con la presentación del informe El yacimiento fenicio del Cerro del Villar. Pasado, presente y futuro, en un acto que contó con la más que significativa presencia de María Eugenia Aubet, quien explicó personalmente los resultados: en sus propias palabras, el Cerro del Villar es "la ciudad fenicia mejor conservada del Mediterráneo occidental. Está todo intacto".

Bajo semejante premisa, el informe se presenta como justificación para el impulso de un Parque Arqueológico visitable en el área, que contaría con un centro de interpretación (con un diseño ya culminado en manos de los arquitectos de la UMA Antonio Álvarez y Salvador García) y que se vería beneficiado por una pasarela que tiene previsto construir el Ayuntamiento para conectar Málaga con Guadalmar y que pasaría junto al yacimiento. Tal y como reza el informe, "los resultados aportados por los proyectos de investigación que se han venido llevando a cabo en el yacimiento en las últimas décadas, unidos a los datos resultantes de la prospección arqueológica con medios geofísicos, se convierten en referencias a partir de las que cuales diseñar un futuro Proyecto General de Investigación, que tendría que ser aprobado por la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía". De igual modo, "se plantea que esta propuesta debería estar amparada por un equipo de investigación de la Universidad de Málaga, que podría contar con el apoyo de otras universidades nacionales o extranjeras". Según explicó el arqueólogo de la UMA y responsable del georradar, José Suárez, esta investigación "nos da claves para ver dónde se podrían instalar infraestructuras y qué tipo de sistemas de conservación se podrían adoptar. Hay muchas líneas de investigación posibles que nos permitirían conocer cómo se organizaba una colonia fenicia". La Consejería de Cultura, hasta ahora, no ha respondido al envite. Y eso que la situación del patrimonio fenicio en la provincia no habla muy a su favor.

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