Entre bambalinas

Con el disfraz puesto

  • El Carnaval tiene la receta perfecta para conseguir que la risa salga a borbotones y los tiempos nos invitan a buscar esos espacios de alegría

Momo saluda desde las tablas del Teatro Alameda. Momo saluda desde las tablas del Teatro Alameda.

Momo saluda desde las tablas del Teatro Alameda. / M. H.

En un rincón descansan tres sombreros hechos para celebrar los últimos carnavales. Acumulando polvo y siendo un recuerdo, sin poder cumplir su función de ser el complemento que termina la máscara. El disfraz, la transformación en aquello que podemos ser por un rato sin limitaciones ni vergüenzas, está detenido a horas de comenzar un nuevo febrero.

La fatiga pandémica comienza a pasar factura y Momo está siendo uno de los grandes perjudicados. ¿Se puede pensar en Carnaval con la que está cayendo? ¿Es momento de ponerse coloretes y sacar acaso una sonrisa? Teniendo en cuenta lo que ocurre en la calle, quizás sea momento de desempolvarlo con todas sus vertientes.

En la de la crítica, el Carnaval resulta ser el rey. Los autores lo dicen: muchos pasodobles y cuplés se están quedando sin escribir. Entre miserables granujas que se ponen la vacuna antes de tiempo, un alcalde de espaldas a su pueblo con la dichosa -y llena de flecos- torre del Puerto, los vecinos de Huelin haciendo caceroladas contra la zona azul o una política que vende a todos los niveles nuestra salud a su guerra, no faltaría ese incordio a la realidad.

En la sátira burlesca y la diversión, las murgas se reinventarían. A las mascarillas se le añadirían unas sonrisas dibujadas para intentar levantar el ánimo en ese día a día breve al que nos hemos replegado, como un buen pegote que se queda en la memoria de los cuartetos. Tenemos al menos la posibilidad de responder, a aquellos que nos preguntan que por qué no nos podemos ver, que “vamos a cantar los cuplés”.

Y en el disfraz… en el disfraz cabe todo lo que nos falta. El colorido, la virtuosidad, la imaginación y la imitación, lo colosal y la reconversión en grandes fantasías. El disfraz es poner al mismo nivel al pequeño que se viste de superhéroe con las familias que vivieron un Carnaval hecho desde la base, desde el pueblo. Es un soplo de alegría en tiempos donde hace falta la risa a borbotones. Y resulta que la fiesta que se nos viene encima tiene la receta perfecta para conseguirlo.

Por el efecto sanador en el alma y en la mente que tiene el Carnaval, hoy hace falta que lo reivindiquemos y celebremos, aunque no se pueda conmemorar en las calles. Que se escuchen coplas, que hagamos el indio en el salón y que ensuciemos el suelo con papelillos, aunque luego para barrerlos necesitemos un buen rato. Que sus fieles, los muchos dispuestos a imaginar una fiesta hecha aquí para los que estamos y los que puedan venir, no se rindan y sigan regándolo a pequeñas dosis. Este año tampoco faltará el himno, en cualquiera de sus versiones, con todo lo que ello implica: la fiesta comienza porque todo está preparado. La voz de Toni Vertedor respondiendo al oscuro. El telón volverá a levantarse y nos deberá pillar vestidos de imaginación.

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