No me toques | Crítica Grito mudo, cuerpos en formol

Tras su paso por la Berlinale, donde ganó el Oso de Oro en 2018, y por numerosos festivales con ganas de prolongar o explotar la polémica de su gesto explícito y provocador, Touch me not viene a explicarnos que, en la aceptación del propio cuerpo, incluso el más deforme, hay materia digna y dignificante para el ojo y para la reflexión sobre la intimidad y el sexo como vías de autodescubrimiento y acción política.

La rumana Adina Pintilie coloca su cámara especular en ambientes asépticos y clínicos para disponer a sus cobayas humanas (incluida ella misma) ante nuestra mirada en una suerte de proceso de catarsis y representación que busca el camino a las emociones y sensaciones perdidas a través del contacto con cuerpos extraños, experiencias nuevas y una palabra terapéutica que se quiere liberadora de traumas e inercias culturales.

Su protagonista, una mujer en los cincuenta (Laura Benson), busca nuevos encuentros que la saquen de su apatía y su rechazo al contacto físico, que la reactiven en su bloqueo. Los encuentra observando y acompañando a los miembros discapacitados de un grupo de terapia: un transexual, un gigoló que se masturba ante su presencia, un instructor, un hombre albino y sin pelo o un parapléjico yacente. Tampoco se nos escatima una sesión de sadomasoquismo, entre el sueño y la realidad, entre la performance y el psicodrama. En las (necesarias) transiciones (pasillos, calles, espacios baldíos…) suenan una música disonante y canciones que hablan de melancolía.

En su voluntad experimental, conceptual, autorreflexiva y no-ficcional, Touch me not deviene una película avejentada, confusa e inerte en su gélido gesto catártico, un filme de laboratorio ensimismado en su discurso transgresor, liberador y feminista (¿?) contra el agotamiento de la normalidad, una suerte de grito impostado y mudo en una habitación de paredes acolchadas.