'Mula' | Crítica

El más melancólico Eastwood regresa para irse

Clint Eastwood, en 'Mula', con la que se despide de la interpretación. Clint Eastwood, en 'Mula', con la que se despide de la interpretación.

Clint Eastwood, en 'Mula', con la que se despide de la interpretación.

No se parece a nadie. Ni en su estilo, ni en sus temas. Estilísticamente hace parecer fácil lo difícil. Temáticamente hace asequible y comprensible lo más complejo. Emocionalmente logra que en lo más amargo y desesperado subsista un fondo de recia ternura que, lejos de ser un consuelo facilón, convive con una hiriente ironía y un descarnado cinismo a los que tal vez se pueda llamar lucidez. Vitalmente transmite una sensación de resistencia en la derrota, de dignidad en el fracaso y de arraigo en una vida que ha perdido su sentido. A lo largo de una extensa filmografía como director iniciada en 1971 Clint Eastwood ha construido, a través de un puñado de grandes obras, un estilo, un universo temático y un personaje tan coherentes como puedan serlo los de los más personales autores.

Con el mérito de hacerlo a través de géneros distintos, como si siguiera los pasos de Hawks: los westerns Infierno de cobardes, El fuera de la ley, El jinete pálido y sobre todo Sin perdón; los thrillers Escalofrío en la noche, Ruta suicida, Impacto súbito, Un mundo perfecto, Poder absoluto, Ejecución inminente, Deuda de Sangre y sobre todo Mystic River; los dramas sombríos El aventurero de medianoche, Medianoche en el jardín del bien y del mal, Más allá de la vida y sobre todo Million Dollar Baby; las bélicas Banderas de nuestros padres, Cartas desde Iwo Jima y El francotirador; las biográficas y muy distintas entre sí Bird, Cazador blanco, corazón negro, Invictus, J. Edgar y Sully… Y como esa última pieza que permite dar sentido a todo el rompecabezas, Gran Torino, la película que hizo comprender a quien aún no lo había hecho que el forajido del Oeste, el policía expeditivo, el periodista fracasado, el ladrón amargado, el entrenador de boxeo y el jubilado de la Ford -por referirme a los personajes que él interpretó, aunque se podrían sumar muchos de las películas que solo dirigió- eran un mismo y único tipo, tal vez el propio Eastwood en una representación a la vez autocrítica y autoabsolutoria, tan cínica como sincera.

Culpa, soledad, supervivencia y redención son los temas sobre los que giran sus películas más personales, que son la mayoría. Aunque cuando él está en pantalla este personaje que es y no es él mismo está más definido, el Charlie Parker de Bird, el veterano despertándose al amanecer de Banderas de nuestros padres, el desgraciado prófugo de Un mundo perfecto, la angustiada Angelina Jolie de El intercambio, el atormentado francotirador, el honesto Sully o el destruido Sean Penn de Mystic River también son piezas de este rompecabezas cuya encarnación más definida hasta ahora eran el William Munny de Sin perdón, el Frankie Dunn de Million Dollar Baby y el Walt Kowalski de Gran Torino.

Parece más superficial, pero es más triste y más melancólica que 'Gran Torino'

Desde esta última, y de ello hace 11 años, Eastwood no ha vuelto a interpretar una de sus películas. Ahora, a los 88 años, vuelve a hacerlo prolongando aquel personaje de Walt Kowalski en el de Earl Stone, el floricultor arruinado en el que se dan cita todos los temas esenciales de Eastwood: fracaso profesional y familiar, soledad asumida, distanciamiento de su única hija, supervivencia en un mundo que ni ama ni reconoce, ironía y arrogante descaro como armas… En este caso el personaje parece algo más ligero y divertido, más cínico y disfrutón. Como si estuviera más allá del bien y del mal. No le importa intentar salvarse a sí mismo y a los suyos haciendo de mula para narcotraficantes, ser recibido en la villa del capo o aceptar prostitutas como regalo. Pero esta es la trama o la anécdota de una película en la que todo lo importante discurre bajo ella.

Al igual que la maestría de Eastwood tras la cámara hace parecer fácil lo difícil u hace invisibles los alardes narrativos (como las soberbias elipsis), su maestría tras y ante la cámara va destilando tristeza conforme la película avanza como si fuera lluvia fina que acaba por empaparnos sin que nos demos cuenta. Pareciendo más ligera que Gran Torino, es más honda; pareciendo más superficial, es más melancólica y más triste. Es su despedida de la interpretación. Tal vez también de la dirección. Y tiene mucho de confesión. Que esta vez uno de los personajes clave de Eastwood -la hija perdida, tantas veces invisible- esté interpretado por su propia hija Alison Eastwood, que con 12 años interpretó un breve papel de huérfana en Bronco Billy, tal vez quiera decir algo. Y como soy enemigo de las interpretaciones, ahí lo dejo. Esta película, sin ser una de sus obras mayores, es más, mucho más de lo que a primera vista parece.

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