Cine Morricone y Williams: premio a dos maestros de talentos opuestos

  • El Princesa de Asturias de las Artes distingue a dos leyendas diferentes: al rupturista sabio y audaz y al músico que devolvió el sinfonismo a Hollywood

Ennio Morricone, en 2004 en Budapest, mientras dirigía a la Orquesta Húngara. Ennio Morricone, en 2004 en Budapest, mientras dirigía a la Orquesta Húngara.

Ennio Morricone, en 2004 en Budapest, mientras dirigía a la Orquesta Húngara. / SZILARD KOSZTICSAK / Efe

Otorgando el Princesa de Asturias de las Artes a Ennio Morricone y John Williams el jurado ha destacado "el valor fundamental de la creación musical para el cine”. Algo en lo que Sevilla, por cierto, fue pionera académicamente (don Enrique Sánchez Pedrote dirigió en los años 70 los primeros trabajos de investigación dedicados en una universidad española a la música de cine) y con la organización del primer evento dedicado en nuestro país a la música cinematográfica (los Encuentros Internacionales de Música de Cine de la Fundación Luis Cernuda que trajeron durante 13 años a la ciudad a Georges Delerue, Antón García Abril, Ennio Morricone, Maurice Jarre, Gabriel Yared, Alex North, Alberto Iglesias, Jerry Goldsmith, Elmer Bernstein o Howard Shore al frente de las orquestas Nacional de España, Sinfónica de Madrid y Real Sinfónica de Sevilla). Pero no he venido a hablar de mi libro, aunque quiero recordarlo porque en este país lo que no pasa en Madrid o Barcelona no existe, sino de Morricone y Williams.

Que la música compuesta para la pantalla es una parte fundamental del patrimonio musical es un hecho que, venciendo resistencias pedantes y elitistas, es tan indiscutible como que Morricone y Williams son dos maestros absolutos de ella. Eso sí, no se ha podido premiar a la vez dos talentos tan opuestos: un rupturista que funde la radicalidad vanguardista y la música comercial lindando con lo macarra elevado a arte, y un neoclásico que restauró el sinfonismo del Hollywood clásico.

Son muy distintos en origen y formación. Williams (1932) es hijo de un percusionista que formó parte del quinteto de Raymond Scott, fue batería en las orquestas de Benny Goodman, Artie Shaw o Tommy Dorsey, formó sus propios grupos Johnny Williams and His Swing Sextet y Drummer Johnny Williams and His Boys, colaboró con el gran Carl Stalling –director musical del departamento de animación de la Warner– y fue músico de estudio en Columbia, participando en las bandas sonoras de La ley del silencio, Picnic o De aquí a la eternidad. Su hijo John, familiarizado con el jazz, la música sinfónica y el cine, estudió piano y composición en la Universidad de California y posteriormente en la Julliard de Nueva York.

'Tiburón', uno de los éxitos de Williams. 'Tiburón', uno de los éxitos de Williams.

'Tiburón', uno de los éxitos de Williams.

Morricone (1928) es hijo de un modesto trompetista que tocaba en pequeñas formaciones romanas de música ligera. Con sacrificios logró que su hijo se diplomara en trompeta, instrumentación para banda y composición en la Academia de Santa Cecilia, siendo alumno de Goffredo Petrassi. En la dura Roma de la posguerra Ennio fue trompetista en varias orquestas ligeras para contribuir a la economía familiar y en 1955 fue contratado por RCA instrumentado muchos éxitos, entre ellos Guarda come dondolo de Vianello, Sapore di sale de Paoli o Se telefonando de Mina. Trabajos alimenticios que compatibilizaba con la música seria y su participación en el experimental Gruppo di Improvvisazione Nuova Consonanza. Esta mezcla de lo popular comercial, lo clásico y lo vanguardista –que tantas veces pulsó a la vez– hizo su original, impura, descarada, provocativa y arrolladora personalidad musical. Mientras tanto Williams tocaba en clubs de jazz de Nueva York, era contratado como arreglista por Columbia Records –donde colaboraría con André Previn– y solicitado por Henry Mancini como pianista para Desayuno con diamantes, Días de vino y rosas o Charada.

Son muy distintos sus contextos cinematográficos. Williams inició su carrera en el brillante Hollywood de los 50, con los grandes estudios en su última década de poderío, colaborando como arreglista con los dioses del sinfonismo –Rosza, Herrmann, Newman o Waxman– y como compositor de series de televisión y sobre todo comedias firmando como Johhny Williams. Mientras tanto el cine italiano vivía el esplendor creativo de las dos primeras generaciones neorrealistas de los 40 y los 50 e intentaba reconstruir su destrozada industria cinematográfica.

John Williams (Nueva York, 1932). John Williams (Nueva York, 1932).

John Williams (Nueva York, 1932). / Efe

Son muy distintos sus inicios en el cine, aunque en este caso es Ennio quien triunfa primero. Tras empezar con mediocres comedias y un espagueti western (Duello nel Texas), sus encuentros en 1964 con Bertolucci en Prima della revoluzione y con Sergio Leone en Por un puñado de dólares le abren a la vez los caminos del prestigio en el cine de autor y el éxito en el popular. Son empeños en principio modestos –un director joven en su segunda película y un espagueti western que firma con seudónimo– pero llenos de futuro. Bastará la siguiente La muerte tenía un precio para catapultarlo: si en 1963 compuso cuatro bandas sonoras y en 1964 nueve, en 1965 compondría trece y a partir de ahí desarrollaría una abrumadora creatividad que le llevó durante tres décadas a componer una media de veinte películas al año. A Williams le costó una década más destacar como compositor, logrando hacerlo primero como orquestador con Goobye Mr. Chips (1969, nominado al Oscar) y El violinista en el tejado (1971, Oscar por su dirección musical). Mientras tanto lograba un cierto renombre con partituras ligeras pop-jazz. El cine de catástrofes (La aventura del Poseidón, Terremoto, El coloso en llamas) le dio su primera fama como compositor y el encuentro con Spielberg en 1973 (Loca evasión) sellaría su destino. Dos años más tarde Tiburón lo convertía en una estrella. Tras ella vinieron La guerra de las galaxias y Encuentros en la tercera fase (1977) o Superman (1978), mientras con Hitchcock (Family Plot) o Penn (Missouri) desarrollaba estilos más íntimos. A partir de ahí las trayectorias de ambos son suficientemente conocidas.

'El bueno, el feo y el malo', de Morricone. 'El bueno, el feo y el malo', de Morricone.

'El bueno, el feo y el malo', de Morricone.

Lo que en mayor medida los diferencia, por supuesto, es el estilo. Morricone, mejor compositor, es un revolucionario que mezcla con sabiduría y astucia lo vanguardista y lo comercial, lo elegante y lo espléndidamente vulgar. Siendo grandes casi todas sus casi 500 bandas sonoras, mis preferidas son las del cine popular: el western, el giallo, el terror, el policíaco y la comedia. Williams, extraordinario orquestador y competente compositor, hizo justo lo contrario: restaurar el sinfonismo cinematográfico clásico del Hollywood de entre 1930 y 1960. El auge del pop y el jazz lo había desterrado de las pantallas (símbolos mayores los despidos de Tiomkin y Herrmann de los rodajes de Hatari y Cortina rasgada) y Williams, inspirándose en ellos, lo resucitó a mediados de los 70. El genio y el extraordinario artesano –lo que suma las dos vertientes de la música de cine– han sido premiados.

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