Epistolario | Crítica

Correo del otro mundo

  • Acantilado publica el Epistolario completo de Francesco Petrarca, formidable cima cultural del Renacimiento temprano, que ha traducido en su integridad, por primera vez en español, el eminente filólogo clásico Francisco Socas

Retrato figurado de Petrarca. Escuela veneciana. Siglo XVI

Retrato figurado de Petrarca. Escuela veneciana. Siglo XVI

Debemos a la acreditada pericia del profesor Francisco Socas la primera edición completa en español del Epistolario de Petrarca, del que antes solo se ha dispuesto parcialmente, en las meritorias selecciones bilingües de Corominas (Cátedra), o la Andrés Ortega Garrido para Renacimiento. La edición viene acompañada de la introducción y las notas, meticulosas y oportunas, de los especialistas Ugo Dotti y Alessandro Pancheri; de modo que el lector no facultado con el don de lenguas hoy dispone, en irreprochable primicia, de una obra excepcional, cuyo alcance y cuya profunda novedad, de carácter civilizatorio (Petrarca es uno de los heraldos tempranos del Renacimiento) quizá sea posible resumir con algunos ejemplos extraídos, o no, del propio Epistolario.

En Roma, Petrarca se topa con la propia materialidad del mundo antiguo y la magnificencia de sus vestigios

Burckhardt recordaba, en La cultura del Renacimiento en Italia, que Petrarca atesoró siempre un volumen de Homero que no podía leer, porque el extraordinario erudito que fue Petrarca, y a cuya diligencia se debieron no pocos hallazgos de la literatura antigua, ignoraba el griego. Este pudiera ser uno de los indicadores que revelan las limitaciones con que se fragua la Rinascita en la Italia del XIV. Añadamos otra novedad, solo paulatinamente descubierta: cuando Petrarca llegue a Roma, una Roma abandonada por los papas, entonces en Aviñón, se topará con la propia materialidad del mundo antiguo y la impresionante magnificencia de sus vestigios. “Realmente Roma fue más grande y más grande de lo que yo pensaba son sus restos. Ya el mundo no está sometido a esta ciudad, pero me asombra que se sometiera tan tarde”, escribe en Familiares II, 14. Como es sabido, son frecuentes los errores de erudición que comete Petrarca al escribir a sus pares de la Antigüedad; por ejemplo, a Tito Livio. Lo determinante, sin embargo es el hecho contrario. Es que en Petrarca alumbre ya la intención, la necesidad de reconstruir tentativamente un mundo, gracias a la ávida prosecución de obras antiguas, las cuales le permitirían (Cartas de Cicerón, de Séneca, de Plinio el Joven), no solo una emulación de la escritura clásica, sino el estudio y la veneración misma de una época, imperfectamente conocida, pero que será el idioma de la civilidad, el paganismo asimilado al fervor cristiano -Tito Livio junto a San Agustín, ambos dilectos de Petrarca-, apenas un siglo más tarde.

En tal sentido, no es solo la requisitoria de lo antiguo, obrada por Petrarca, lo que abre un camino apenas transitado, a pesar del llamado Renacimiento carolingio o el posterior del siglo XII. Más relevante aún resulta el modo en que Petrarca practica la indagación histórica. En las Cartas de senectud, libro XVI, nº 5, firmada en Milán el 21 de marzo de 1361, Petrarca responde a una consulta de singular importancia a un corresponsal no menos eminente. Al emperador de Roma Carlos IV. Que el privilegio que excluye a Austria del Imperio es falso. Lo novedoso en Petrarca es la forma en que descubre la falsificación, acudiendo a criterios filológicos, que se desprenden del propio documento. Esto es, ya no se trata del saber etimológico de Isidoro de Sevilla, ni de un recurso a la autoridad, externo a la materialidad de las pruebas. Un siglo después, a instancias del rey de Aragón, Alfonso el Magnánimo, el historiador Lorenzo Valla descubrirá, con igual técnica, que implica una conciencia expresa del idioma que se habla en cada época, la falsedad de la Donación de Constantino. Pues bien, este modo razonado y seguro de escrutar la documentación antigua es el que encontramos, ya perfectamente articulado, en Francesco Petrarca.

Por otra parte, Dotti y Pancheri, en su “Introducción”, recuerdan otros aspectos de la modernidad petrarquista, como son su autonomía al ganar el sustento, el uso de la lengua vernácula, o la propia individuación que cristaliza en su obra, y que será determinante de la cultura renacentista. También destacan su interés en la política (recordemos a los historiadores posteriores: Guicciardini y Maquiavelo), así como una precisa visión de la escasez y la miseria que lo ponen en relación anticipada con aquellas miniaturas de los hermanos Limbourg, apenas comenzado el XV, en las Muy ricas horas del duque de Berry, donde la pobreza y la nieve, según señala Panofsky, asomaron por primera vez al arte occidental.

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