Tenis

Adiós a un tenista: José Luis Llodra

  • Con su hermano Francisco, gran tenista malagueño activo, formaba una pareja imbatible de dobles, en las pistas de tierra de los Baños del Carmen, y luego del Club de Tenis Málaga de Pinares de San Antón

José Luis Llodra, a la izquierda en la imagen, y su hermano, Francisco. José Luis Llodra, a la izquierda en la imagen, y su hermano, Francisco.

José Luis Llodra, a la izquierda en la imagen, y su hermano, Francisco. / Cortesía de Familia Llodra

Se nos ha ido, sin avisar, José Luis Llodra, un campeón malagueño de tenis. Con su hermano Francisco, gran tenista malagueño activo, formaba una pareja imbatible de dobles, en las pistas de tierra de los Baños del Carmen, y luego del Club de Tenis Málaga de Pinares de San Antón. En los años 60, el tenis se convirtió en la afición moderna de una clase burguesa y profesional de Málaga. Pero José Luis se salía de esa norma general, y era un joven con otras miras y otras aficiones. Prefiguraba otra Málaga diferente, deportista, sí, pero en la órbita de la juventud que en esos momentos no estaba a gusto con el mundo tal y como estaba instalado. José Luis era distinto, y ya está. No me atrevo a ir más allá que eso, pero puedo asegurar que, tal y cómo le recuerdo, a él no lo incluiría dentro del esquema social que empezó a caracterizar al tenis: un deporte para completar el cursus honorum de pertenencia a una clase, a una cultura. Nada de eso.

En la pista tampoco era nada conservador. Era casi un revolucionario, con estilo propio, y con un tenis generoso y valiente, sin concesiones, ni atado a la persecución de la victoria a cualquier precio. José Luis estaba allí para jugar. Y si ganaba, lo que era habitual, en individual o en doble, no era a costa, sino gracias, a mantener el tenis en el que creía, y no al revés. En el tenis de entonces, y casi en todo en la vida, lo que predominaba es la voluntad de amarrarlo todo a la victoria. Ceder, y vender tu estilo, tu carácter, tu técnica, tus conocimientos y tus facultades, no extralimitarse en crear, ni en arriesgar, ni en crecer en la pista, si ello ponía en peligro tus posibilidades de victoria. No es que José Luis no quisiera ganar, porque en el deporte esa pulsión es incontrolable. Es que, como buen deportista, y como cualquier verdadera pasión, lo que le interesaba era ella misma, desarrollarla, sacarle el máximo partido, no ganar traicionándose.

José Luis no estaba nunca, ni se le esperaba, al fondo de la pista, como un tipo muy extendido de jugadores de tenis de todos los tiempos, que lo devuelven todo, casi como autómatas, a la espera del fallo, o de la desesperación, del contrario. Él era de servicio ganador –dificilísimo de restar, con la bola a mil revoluciones-, y de ataque y subida a la red. Sin dar pasos atrás, siempre a la ofensiva. Le recuerdo entonces con un gorro blanco –en realidad era todo blanco en la ropa de tenis, y aún no se llevaban las gorras de visera-, para el sol fuerte del verano malagueño, -o un recuerdo de Kabila, en su amado Marruecos natal-, aunque debía quitarle poco, a aquel tipo atlético pero delgado, como los tenistas suelen serlo de complexión, fibroso, y de piel muy morena siempre.

Como con los buenos ciudadanos en la vida cotidiana, con José Luis podías estar seguro de que en la pista no haría falta árbitro. Esa es otra. El tenis amateur puede ser a veces un espacio para el filibusterismo, el pillaje, el robo a mano armada. Con tal de ganar, y encima jugando mal, hay gente dispuesta a quitarte hasta la raqueta. Y, por supuesto, a robarte los puntos por la cara. Cualquier amateur cabal puede reírse de lo fácil que es jugar hoy en la ATP con tantos ojos –y el definitivo “de halcón”- aplicando justicia en la pista como le ocurre a los profesionales. Porque el mundo no es así, y las pistas sin árbitro a veces eran un jungla. Pero el mundo de José Luis Llodra sí que lo era: un rival durísimo en la pista, pero al que le podías confiar el tanteo y tu olvidarte. Llámenle elegancia, pero ya quisiéramos que gente así fuese toda la ciudadanía en otros ámbitos como el de la política o la economía.

José Luis Llodra recibe un trofeo en el Campeonato Internacional de Tenis Serramar José Luis Llodra recibe un trofeo en el Campeonato Internacional de Tenis Serramar

José Luis Llodra recibe un trofeo en el Campeonato Internacional de Tenis Serramar / Cortesía de Familia Llodra

Jugué contra él una final del campeonato de Málaga. En la pista uno del Club de Tenis Málaga, que era la sede habitual de esta competición provincial. Una final de tenis –como cualquier otra competición- une deportivamente para siempre con el rival. Y desde entonces, coincidimos en algún campeonato, muy pocos, y jugamos alguna vez en tierra, ya pasados los años, cuando él daba clases particulares de tenis, como profesor formado en la escuela de Manolo Santana. Recuerdo su asombro en esa ocasión, porque un socio histérico y malpensado nos increpó a voces, porque un invitado de otro club rival –El Candado- estuviese jugando allí.

Había dejado él ya completamente el tenis cuando nos encontrábamos en el Paseo Marítimo. Se quiera o no, la vida de muchos deportistas termina en las baldosas de cuadrados verdes y blancos, ya descoloridas y agrietadas, y un lujo extraordinario para correr, caminar, o todo lo contrario, junto a un mar espléndido. Él no fallaba, aunque fuese a hora intempestiva de calor, y se atrevía a correr –o lo que sea, o se pueda, que acabemos haciendo- sin camiseta ni gorra. Como ya la marcha era lenta, aunque aún digna, podíamos hablar un poco al paso. En tenis no hay mucho lugar para la filosofía, y en el deporte tampoco. Pero yo sí que sabía, y no por él, que era sumamente reservado, que José Luis era lector, que escribía novela (y que había sido finalista de premios literarios), y que hacía música también. Recuerdo que, cuando me lo comentaban –en el mundo del tenis-, era con un deje un tanto despectivo, como de actividades que perjudicaban su vocación deportiva, una bohemia incompatible.

No pienso así. Y por eso creo que la muerte de este campeón de tenis, de este elegante jugador, merecía un recuerdo público, ahora que se suman los olvidos por las circunstancias. Me consta, por sus familiares cercanos, que quiso irse en silencio total. Si me lo salto es por lo que lo admirábamos entonces. No estará en el panteón público. Nunca lo buscó, y nunca estuvo interesado. Pero si hay una memoria histórica deportiva, si hay otro mundo en el cual estén los verdaderos deportistas, si, como en el Roxy de Serrat, alguien siente la presencia en el Paseo Marítimo, o en las pistas del Tenis Málaga, de un espíritu alto y atlético, sonriente y de semblante bondadoso, que sepan que se trata del de José Luis Llodra, un tenista malagueño, un verdadero campeón para nuestra historia.

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