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Liga de Campeones

Europa vibra y llora por ti (3-2)

  • El Málaga sufre en Dortmund una de las mayores crueldades de la historia del deporte. Dos goles en el alargue, el último con doble fuera de juego, serán una pesadilla inolvidable.

No se podrá olvidar jamás. Pasarán las generaciones y las generaciones y no se podrá olvidar jamás. Porque esta cicatriz no es sólo de Málaga. Escoció en los cinco continentes. Desde la final de Champions que el Bayern perdió ante el Manchester United el destino no había perpetrado tamaña puñalada. Es uno de los capítulos más dolorosos que ha visto este deporte. Dos goles en la prolongación, el segundo en un carrusel de fueras de juego. Hizo falta la pesadilla más bárbara y el árbitro más sibilino para arrebatar su medalla a unos futbolistas épicos. Thomson se ganó el rencor histórico de una ciudad. Se acabó la Champions; la gloria nunca desaparecerá. Europa es del Málaga. En la alegría y en el pesar. Porque vibró con estos jugadores hasta el límite, porque las lágrimas blanquiazules son también de ellos. Los héroes, ya se sabe, sólo pueden ser derrotados en circunstancias extraordinarias. 

El "no" se repite en la cabeza una y otra vez, no hay digestión sana para un final tan macabro. Martillea más que el imponente Signal Iduna Park, un hervidero que parece excavado en el suelo, te recibe con un mosaico monumental y que no chilla, se te mete en las entrañas. Sonaron como una bomba atómica cuando Santana, jugando de delantero centro, tumbó al Málaga. Sólo un título se puede celebrar con tanta rabia. El Westfalenstadion mostró al Málaga todo. Unos prolegómenos que nunca había visto. Llevó al equipo al éxtasis jamás vivido. Y le cruzó la cara con la crueldad más bárbara que se pueda perpetrar. Historia pura. No hay nada que reprocharse, sólo al árbitro y al destino. Esa es otra victoria, el éxito dependía de los elementos. Fue dejar de ganar, no perder. Supo sufrir el equipo cuando estuvo entre el muro y la espada de Götze, dar el zarpazo para acallar el miedo, hasta meter el gol de la sentencia luego sisada. 

Recrearse en la prolongación es una tortura. Ese no debe ser el epitafio. El vértigo del empate al 3-2 son diapositivas pesadillescas, fue como ver la muerte mientras el coche da vueltas de campana. Santana fallando en boca de gol, Reus haciendo bien su trabajo; luego ese funesto e intravenoso gol, y el banquillo del Dortmund dando un brinco hasta el centro del campo. Algún lugareño de Dortmund recordará que si hubo que invocar al mayor milagro de su singladura es porque el Málaga fue un campeón en Alemania.

No era la despedida que merecía Pellegrini, cuya frialdad dibujó un once astuto con Duda de titular. El capitán, ese brazalete tatuado, respondió rejuvenecido, con la mirilla repulida para sembrar el pánico en el área local. Pero fue la carrera del 7 la que congeló el Westfallen. Joaquín, artista de grandes teatros, los hipnotizó con ese recorte y el tiro abajo. El ruido dejó de existir. Sí, el silencio también se puede producir en la Südtribüne. Hacía falta la finta y el sprint para provocarlo. Eso no se puede olvidar tampoco.

 

Los alemanes, hasta entonces dominadores, descubrieron qué es estar nervioso. A medida que corría el reloj se notaba en malas pérdidas tontas. Era un juego de estrategia, metros y minutos. Hasta el sufrimiento del Málaga parecía estar guionizado. Aunque en Dortmund la victoria es un kilómetro muy lejano. Y el tiempo eterno. Salvo cuando el Borussia cabalga al contragolpe. El ejército de los hunos olió sangre cuando Antunes perdió el esférico. El radar de Götze, el taconazo de Reus, el toque sutil de Lewandowski para sortear a Caballero. Todo pasó en un segundo, el fútbol de alta escuela cabe en un segundo. Si hasta entonces cada córner a favor era una guerra, no existen decibelios para medir cómo sonó el empate del polaco. 

Más tensión al descanso, aunque con el muro tambaleándose. Lo respiró bien Caballero, al que le tocó jugar el desenlace con la Südtribüne viviendo en su cogote. Si bien pareció marear más a Thomson. Por condensar y no hurgar en la herida: pudo haber expulsado a Bender, dio la amarilla a Gámez por recibir el manotazo del que ya la tenía, Schmelzer. Y esas ocultas faltas que van siempre para el mismo sitio en caso de duda. Puñetazos antes del mazazo. Pero el equipo supo encontrar su momento perfecto, pese a ello. Miedo en el rival y contragolpe blanquiazul. Amagó primero Toulalan. El alma entera de una ciudad se transmutó a su bota derecha. Un obús prendió fuego hacia la sentencia. Weidenfeller voló como si repeliera un meteorito, como antes había frustrado dos veces a un Joaquín de improvisado cabeceador. Caballero se puso celoso. Lewandowski tenía la gloria a unos metros y apareció Willy para convertir el duelo de porteros en una pelea de gallos en el Olimpo. Habría sido estratosférico de no ser porque un minuto después repitió providencia. Su tienda de milagros es una churrería. Se siente, Weidenfeller, Willy es Zeus. Lo fue hasta que el demonio se encarnó en Santana. 

Málaga explotó con el gol de Eliseu, las semifinales eran una realidad. El sueño se hacía tangible. Hizo falta la jugada modelo de los de Pellegrini. Contra, pase de Isco medido, desmarque de Baptista sin intermitente y una pizca de suerte para que Eliseu empujara. Todo hay que decirlo, en posición dudosa, pero hacía falta un catalejos para pitarlo, nada que ver con el escándalo final. Volvía a los ruedos el luso para de ahí saltar directamente al paraíso.

Pero cuando el equipo sacaba las garras para defender su renta y al aficionado faltaban uñas, con dos centrales de delanteros, la pesadilla se desató. 2-2, 3-2. Se retorcía Toulalan por su tobillo derecho. Si le dolía a él, acabaría con cualquier mortal. Si no caía al suelo es porque tiene músculos hasta en el corazón. Y hasta él defendía. Duró en pie hasta para maldecir el final. Sergio Sánchez, Eliseu, Antunes y Santa Cruz se convirtieron en niños. Dejaron sus lágrimas en el campo en que fueron grandes. El titular estaba escrito: Europa, arrodíllate. Algún día dejará de doler la herida, se caerá la costra y lucirá este Málaga ejemplar que regaló un cuento de hadas a su gente.

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