La opinión de José Ignacio Rufino

La plastilina presupuestaria

  • Nos dirán que grandes empresas, fortunas y banca, pero serán gasolina, IVA e IRPF los artífices del cuadre

Un presupuesto estatal, municipal, empresarial o familiar es una expresión de una voluntad o de una ideología, y también de unas limitaciones. Sus cifras deben reflejar principios y prioridades: si dedico más a Defensa o le rebajo el gasto y se lo asigno a pensiones; si subo los impuestos directos porque creo en que quien más tiene o gana más debe pagar, o subo los indirectos, que al gravar el consumo no distingue de bolsillos, pero es muy inmediato en sus efectos recaudadores; si le meto más leña en forma de céntimos a la gasolina. Si creo que es más económico bajar los impuestos para dejar el dinero en manos de las personas en vez de en las de las torpes manos públicas, o por el contrario creo que el Estado debe redistribuir y proveer de servicios sanitarios y de educación –las dos partidas por excelencia en porcentaje del gasto presupuestario– y por ello debe recaudar parte de todo ingreso y gasto que tenga un particular o una empresa.

Pero no sólo de ideología viven los presupuestos: también se nutren de restricciones: de la crudeza de la deuda a devolver, por ejemplo. Los ingresos salariales, profesionales o subvencionados de una familia suelen ser sota, caballo y rey. Su deuda hipotecaria o personal estará clara y sus montantes mensuales serán tercos. Las suscripciones a Cruz Roja, Unicef o la Hermandad son el equivalente a los gastos sociales para la pobreza o la inmigración del presupuesto macroeconómico. En fin, un presupuesto es un plan y un corsé.

Pero un presupuesto tiene también un componente plástico muy considerable, y son moldeables y adaptables, e incluso carentes de realismo desde su mismo origen. Se dice que los planes –y un presupuesto lo es –se hacen para que la realidad te muestre que te equivocaste, y tú corrijas las desviaciones en un proceso cibernético o, sencillamente, de gestión: planificar, hacer, evaluar, corregir. Y vuelta a empezar. Son planes, pero, como decimos, en todo plan, que por naturaleza es “a futuro”, cabe la treta, la promesa seductora, el optimismo insultante y otras patologías humanas. De hecho, ningún presupuesto se cumple con exactitud: o sobra, o falta. Esto puede ser un trasunto de la misma realidad, o una forma de hacer política de salón (cosmética, de ojana, populista, taimada, mentirosa, demagógica: escoja usted el adjetivo). No es –todavía– el caso del nuevo gestor presupuestario central español, el Gobierno de Pedro Sánchez. Pero bien pudiera serlo. Si la política de gestos acaba sucumbiendo a la cruda realidad de los números. Del destino común.

En síntesis, la moción de censura de Sánchez y una divertidísima task force parlamentaria asumió el presupuesto elaborado por el equipo de Rajoy y apoyado –y traicionado– por el PNV, siempre con el cesto debajo del nogal. Es una medida del tipo “patada a seguir” del rugby: ya iremos viendo en función de los compromisos, poliédricos e infinitos compromisos. Como se veía venir, la promesa de convocar elecciones era una mentira. Quiere Sánchez, y no hay que poner más peros, gobernar dos años. Como los compromisos y medidas sociales y de izquierdas –por qué no creer que lo son– no estaban presupuestados, habrá que buscar ingresos (o, Santo Cielo, tirar de déficit y su hija, la deuda). ¿De dónde pueden venir esos ingresos extra? Del crecimiento, desde luego, de que el PIB nos sorprenda. Permanezca en este análisis constante tal futurible. ¿Qué queda? No hay que ser un hacha: lo más lejos de las elecciones posible, subirán los impuestos, todos o algunos: gasolina, fijo; IVA –el más rápido medicamento recaudador–, e IRPF. Nos dirán que grandes empresas, grandes fortunas y la banca costearán el descuadre presupuestario. Pero qué va. Va a ser usted. Y yo. Con lo dolido que anda uno en estas fechas.

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