Villalobos, genio y figura, pero más figura que genio

Su protagonismo en la escena pública no le vino por la tribuna del Congreso, sino por las tertulias de Hermida. Las piernas de la Villalobos se convirtieron en chascarrillo umbraliano en aquella España en que la corrección política aún no aguaba el tintero de los columnistas.

Celia Villalobos Celia Villalobos

Celia Villalobos / Fernando Alvarado, EFE

“Si Celia Villalobos no existiera, quizá sería mejor no inventarla” ironizaba un líder histórico de la derecha hace años, y el aserto se ha conservado vigente hasta el final. Pero Celia Villalobos ha existido y hoy se despide de la política, con luces y sombras, tras dejar huella en las tres últimas décadas como alcaldesa de la sexta ciudad de España, ministra y vicepresidenta del Congreso, adonde llegó hace treinta años. Fraga la fichó siendo administrativa de la CEOE mientras buscaba perfiles para renovar la derecha; y sus viejos conocidos le crearon cierta fama de roja arrepentida. Su protagonismo en la escena pública, en todo caso, no le vino por la tribuna del Congreso, sino por las tertulias de Hermida. Las piernas de la Villalobos se convirtieron en chascarrillo umbraliano en aquella España en que la corrección política aún no aguaba el tintero de los columnistas. Entonces era una progre del PP, con aureola de verso suelto, partidaria del aborto o el matrimonio homosexual. Ahora se va, coherentemente, a los 69.

En 1995 alcanzó la alcaldía de Málaga, donde disfrutó de sus mejores años. Regresó de Europa, adonde había sido enviada un año antes para exprimir su popularidad en la campaña; y allá se fue su antecesor, Pedro Aparicio, al que ella siempre trató de desprestigiar incluso ya en el cargo con un talante innecesariamente mezquino. Fue la triunfadora de la batalla de Málaga frente a Antonio Romero, que se declaró "alcalde mora" en vano, y Eduardo Martín Toval, que no pactó con IU. El balance de Villalobos como alcaldesa quedó en deuda con Martín Toval, no sólo por esa abstención que le dio el cargo, sino porque el antiguo portavoz socialista en el Congreso la ayudó a gestionar con acierto. Su carácter con fuerte determinación le hizo negociar duro con el Chaves más débil del bienio de la pinza, y en su haber quedan grandes proyectos como el Palacio de Ferias o el palacio de Deportes. Pero durante esos años también afloraron sus limitaciones intelectuales, sus malos modos y un peronismo populista que, no obstante, la hizo arrasar en 1999.

El segundo mandato se interrumpió muy rápido. Como otras alcaldesas de la gran cosecha del 95, caso de Luisa Fernanda Rudi, fue promocionada al Gobierno Aznar como cuota andaluza ya que Javier Arenas tenía la misión de cuidar el partido en Génova. Le correspondió Sanidad, el ministerio más vaciado de competencias. Allí fue víctima del Principio de Peter: "En una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta alcanzar su máximo nivel de incompetencia". Ese Principio se apoyaba en la idea de que la nata sube hasta cortarse, y Villalobos apenas resistió dos años. Como ministra, afloraron todas las carencias que le persiguieron siempre. El populismo de tono vulgar que había exprimido en los barrios de Málaga no funcionó en Madrid, y más bajo el clima crispado del segundo aznarismo y la crisis de la vacas locas. La anécdota del hueso del caldo del puchero quedó unida a su imagen pública para siempre.

Su promoción a la Mesa del Congreso parecía destinada a apartarla de los focos, aunque se trataba de una pretensión inútil. Siempre ha sabido atraer las cámaras, con o sin motivo. Desde el "eres muy cerda" que le espetó a Rahola en una polémica a llamar a su chófer con exabruptos; desde el patinazo de llamar "tontitos" a los discapacitados al "ahora cómo coño llego a Torremolinos" o los "piojos" de Podemos, acumuló episodios de brocha gorda. Su imagen en la presidencia del Congreso durante un Debate sobre el Estado de la Nación mientras jugaba a Candy Crash minó el crédito mínimo como autoridad. Su último sueldo casi frisaba los noventa mil euros, con más de 6.000 por nómina.

Para tratar de prolongar su carrera –y sin duda le escocerá ver que su enemigo íntimo, Francisco de la Torre, que le sucedió en el cargo, sigue en forma con perspectiva de ir más allá de los 80 en el cargo– tomó partido en las primarias. Y esa última apuesta le salió, como a todo jugador, a perder. Era una puja elevada al sostener que Casado se apoyaba en "la extrema derecha". Aunque ya había sido relegada en la lista, eso la centrifugaba del núcleo de poder después de tantos años en la pomada. Sus jóvenes cachorros del nuevo Gobierno andaluz le han negado el Puerto de Málaga que sí le han dado a Teófila. La derrota en el Pacto de Toledo de esta semana, con un consenso que hubiera puesto una guinda a su despedida, la ha decepcionado. En el adiós se mostraba ajena a un tiempo político que parece sentir que ya no es su tiempo. Y ha hecho un guiño al pasado elogiando a Rajoy, al que considera el mejor presidente del Gobierno… después de Felipe González. Poco antes, y así lo acreditaba, había dicho que se quitaba el escudo del PP. Genio y figura; o quizá no tanto genio pero mucha figura.

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