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Crónica Personal

El Rey, Jefe de Estado

Felipe VI ha demostrado que es un puntal en el que se puede confiar: no se mueve ni se moverá ni un milímetro en la defensa de la Constitución

Felipe VI saluda a un grupo de personas que le graban con sus móviles. Felipe VI saluda a un grupo de personas que le graban con sus móviles.

Felipe VI saluda a un grupo de personas que le graban con sus móviles. / Raúl Caro / Efe

Pedro Sánchez fue recibido por Quim Torra como si fuera Jefe de Estado, lo que probablemente entusiasmó a un presidente del Gobierno que transmite a la opinión pública la sensación de que no respeta excesivamente al Jefe del Estado de verdad, ya que a Torra no le gusta que pise suelo catalán. Por mucho que a Sánchez le haya satisfecho el trato recibido por el cuestionado president, en España hay un Rey como marca la Constitución: Felipe VI.

Es el Jefe de Estado, la figura de mayor relevancia institucional, y para un alto porcentaje de los españoles la persona a la que miran en momentos convulsos como los que se están viviendo. Momentos en los que han logrado sentarse en el Ejecutivo miembros destacados de partidos y grupos políticos que exigen abiertamente la abolición de la Monarquía y hacen alarde permanente de republicanismo. Muchos ciudadanos preocupados por la escasa convicción con la que parte del Gobierno defiende la Constitución consideran que es el Rey la persona que garantiza que se cumpla, y planta cara a quienes pretenden quebrarla.

Don Felipe no ha pronunciado una sola palabra en la que cuestione la labor del Gobierno –no puede hacerlo, está obligado a respetar la voluntad expresada con los votos– pero no ha perdido las oportunidades que ha tenido para demostrar que es un puntal en el que se puede confiar: no se mueve ni se moverá ni un milímetro en la defensa de la Constitución.

Republicanos

El pasado lunes, en la apertura de la legislatura, su discurso fue impecable. Igual que el de la presidenta del Congreso, que remató con un "Viva el Rey" que sorprendió en las filas socialistas. Habitualmente algún diputado suele decirlo y se suma la mayoría de la Cámara. Fue una buena iniciativa de Meritxell Batet: el Rey, como cualquiera en el Congreso, vio el pin republicano en la solapa del ministro de Consumo, que no estaban los diputados independentistas, Bildu ni el BNG, y que los aplausos de Podemos llegaron desde el banco azul pero no del resto de los diputados. Probablemente sabía que ERC había declarado fuera del hemiciclo que se ausentaba porque no reconocían al Rey. Sin embargo, don Felipe no hizo un solo gesto de contrariedad, aunque él y la Reina estuvieron serios gran parte de la ceremonia.

Esa mañana hubo un silencio que se hizo ensordecedor, el del presidente del Gobierno, que al finalizar la ceremonia, una vez que se marchó la Familia Real, no hizo una sola declaración de apoyo al Jefe del Estado, ante las descalificaciones de dirigentes del partido que le habían facilitado la investidura. Ese silencio, incomprensible en un político que defiende la Constitución, puso otra vez en circulación la rumorología sobre las relaciones entre el Rey y Sánchez.

Existen razones sobradas para esa rumorología, que incide en que Sánchez trata de restar protagonismo al Monarca. Que hiciera públicos datos sobre su nuevo Gobierno cuando viajó a Cuba, que no acudiera don Felipe al Foro de Davos ni a la inauguración de la cumbre climática, se interpretó, con razón, como maniobras del presidente para potenciar su imagen. También fue criticado que la ministra de Igualdad, Irene Montero, no acompañara a doña Letizia a un acto que tenía que ver con su departamento. Es verdad que también tenía que ver con Sanidad, pero las explicaciones de Montero enredándose con un problema de agendas no convencieron a nadie, sobre todo porque es conocido el alarde de republicanismo en Podemos, aunque al menos Pablo Iglesias, siempre que tiene ocasión, antes incluso de ser vicepresidente, expresa su respeto personal a don Felipe.

El Rey y el presidente

La realidad respecto a las relaciones con Sánchez es menos cruda de lo que se ha transmitido, pero aun así no son tan fluidas como las habituales entre el Jefe de Estado y el jefe del Gobierno. Con la excepción de José María Aznar, quien, como Sánchez, en varias ocasiones parecía alardear de que controlaba la agenda de don Juan Carlos. Se ha criticado que Sánchez hiciera pública la composición de su Gobierno cuando don Felipe estaba de viaje, cuando está obligado a comunicarla previamente al Rey. La realidad de los hechos está en el término medio: al finalizar el acto de jura de Sánchez, despacharon a solas los dos y en ese encuentro el ya presidente le esbozó las líneas generales de su Ejecutivo, le adelantó los nombres que tenía decididos advirtiéndole de que todavía no había cerrado el esquema final. Le explicó que haría públicos los nombres cuando se fueran confirmando.

En cuanto a los viajes, la idea que maneja don Felipe es retomar su actividad exterior, paralizada durante el último año por la falta de Gobierno. Asumirá nuevamente la representación de España en las tomas de posesión de los presidentes latinoamericanos, función que realizó cuando era Príncipe de Asturias sustituyendo a donJuan Carlos, y porque para el Rey las relaciones con Iberoamérica son fundamentales. Tendrá presencia en esos países, aunque siempre en coordinación con el Gobierno, como es obligado constitucionalmente.

También es obligado que sus discursos recojan las políticas del Ejecutivo; de hecho, los discursos que pronuncia don Felipe están basados en los datos que envían los distintos ministerios. Con la excepción del discurso de Nochebuena, que por cortesía el Rey envía previamente al presidente del Gobierno y al líder de la oposición. Y el discurso con el que se inicia la legislatura, que también se redacta en la Casa Real y, por la misma razón, se envía al presidente. Como ocurrió el lunes pasado, con el discurso en el que don Felipe hizo una defensa a ultranza de la unidad de España y recibió uno de los aplausos más largos que se recuerdan, casi de cinco minutos. No era solo un respaldo a sus palabras, que también, sino claramente un homenaje a su figura, en contraposición a lo que se había escuchado en los pasillos momentos antes por parte de quienes se niegan a aceptar su autoridad como Jefe de Estado. Y en contraposición a los diputados de Podemos que expresaban su republicanismo sin aplaudir al Rey.

Es indudable que la forma en que Torra ha recibido a Sánchez respondía al interés político y económico del cuestionado president, pero tenía una segunda intencionalidad: tratar de potenciar su figura, maltrecha por su dependencia de Puigdemont y por su inhabilitación como parlamentario que puede provocar su inhabilitación como presidente. Como es indudable también que Torra quería marcar distancias con el trato que da al Rey cuando viaja a Cataluña.

El president se niega a asistir a los actos que preside el Monarca y, cuando coinciden, ni siquiera lo saluda. Y si no tiene más remedio, porque el protocolo los coloca juntos, le ofrece fríamente la mano y a continuación vuelve la cabeza.

Don Felipe no se inmuta. Es rey de todos los españoles, catalanes incluidos, y no ha faltado a ninguna cita en la comunidad en los últimos años. Porque las formas son importantes en el escenario institucional y, además, porque sabe que sobre sus hombros cae la responsabilidad de asentar la Corona y que en el futuro la Monarquía sea para los españoles el referente de estabilidad y defensa de sus principios y de su identidad.

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