Feria de Málaga

Ese abanico que ignora al terral, y al básket

  • La jornada de ayer registró una afluencia inusual para el primer domingo de Feria · Alguien se dejó un enorme secador encendido mientras España sudaba otra camiseta frente a EEUU

Colocarse la riñonera. Encajarse el sombrero. No olvidar el mapa. Ni las gafas de sol. Tampoco las tiritas. Salir del hostal. Fruncir el entrecejo. Por qué hace tanto calor si son las diez de la mañana. Buscar un sitio donde vendan botellines de agua. Muy Fría. En las tiendas de souvenirs seguro que ofertan abanicos. Me suda hasta la correa de la cámara. Las fotos en el Teatro Romano. ¿O serán termas romanas? Se me seca la garganta. Hubiera sido mejor elegir playa. Lo dije ayer. Menos mal que por estos callejones da la sombra. Cuando salgamos del Picasso directos a El Pimpi. Dicen que es muy típico en Feria. Respiro aire caliente. ¿Terral dice usted?. ¿Y eso qué es?...

La secuencia lógica para muchos de los turistas que ayer probaron de nuevo suerte en la Feria del centro se reveló inusual. Al parecer alguien se había dejado un enorme secador encendido desde la hora del desayuno. Si a veces cuesta trabajo explicar al foráneo en qué consiste la fiesta de verano en el centro, resulta casi imposible traducir lo que se esconde detrás de este viento terrestre que solo se pronuncia en Málaga. A veces las palabras sobran. A poco que caminaran por calle Alcazabilla entenderían el localismo.

Antes de que comenzara agosto, el Ayuntamiento ya había ha contabilizado el número exacto de cruceristas que bajarían las escalerillas de algunos de los ocho barcos previstos, para patearse la ciudad durante estos días. En total, 27.796, lo que supone un incremento del 35% con respecto a los festejos del pasado año. Aunque a juzgar por el tránsito en la pasada jornada dominical, muchos habrían optado por refugiarse a la sombra del toldo de alguna terraza, o de su propia visera y dejar para otro día eso de experimentar el calor humano que tanto gusta por el sur. Por calle Larios y sus arterias secundarias resultaba más fácil reconocer a paisanos vascos, madrileños o cordobeses que a guiris en toda la extensión del término.

Un simple paseo mañanero por La Malagueta -la de la playa no la de los toros- regalaba imágenes dignas de colgar en ese muro de Facebook que todo lo ve. Jóvenes nórdicos durmiendo la mona a la sombraen el césped de esas pequeñas islas que adornan la arena y que a ellos les vino bien como colchón. De vuelta al verdadero corazón del festejo, otro nórdico, con edad para ser su padre, fotografiaba descamisado y sudoroso las gradas del Teatro Romano. Ella y él unidos por la misma debilidad: hacer turismo sin importar cómo. No hay abismo generacional que valga cuando las vacaciones se imponen como letras capitulares.

A la dos de la tarde con muchos camareros aburridos e impacientes deambulando por su terraza, El Pimpi -otra pequeña isla- registraba un lleno casi absoluto. A la sombra, bajo farolillos de papel y con la mirada puesta hacia el escaparate de una calle vacía por culpa del dichoso viento terrestre. Pero comer hay que comer, y el turismo aún gusta de probar la gastronomía del sur. O sea las tapas. En calle Santiago al viandante se le dibujaba una sonrisa ante uno de los mensajes escritos en la pizarra del Gato con Botas: "Muchas gracias for the great tapas". El particular libro de agradecimientos escrito con tiza vino a resumir una de las claves en tradiciones como las de este mes en esta ciudad: al de fuera se le conquista por el estómago, que el de dentro se trae la comida de casa. Bastaba con echar un vistazo al Patio de los Naranjos de La Catedral para reconocer a más de una familia dispuesta a engullir el menú anticrisis bajo la sombra de sus árboles: bocadillos y patatas fritas. Eso sí, con los lunares en el talle y la flor tras la oreja. Que estamos en Feria.

En un bocacalle de Larios un respetable caballero ya iba echando de menos un plato d jamón en condiciones. "¡Que bueno niña!", le espetaba a su señora mientras devoraba con la mirada la buena mano del cortador, postrado junto a un punto de venta de entradas a los toros.

Tras el almuerzo rápido se presentaba el gran dilema del día: partido o calle. O ambas cosas. La sinergia hizo su trabajo y el baloncesto logró entenderse con otro deporte, también olímpico, el de la barra fija. La del bar o la de la calle, que viene a ser lo mismo. De ahí que no resultara extraño toparse con grupos de feriantes que continuaban su recorrido de sobremesa pero abandonando por un tiempo la exaltación de la amistad para dar cuenta en voz alta del minuto y resultado del partido. "Van a siete puntos" pregonaba uno en la plaza de Los Mártires, "ahora a nueve" continuaba otro por el callejón del Thyssen, y finalmente "a cuatro". Sobrevino alegría contenida, inusual, entre farolillos.

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