El festival perfecto

El análisis

La industria cinematográfica española, la de clase media, al menos, sigue de capa caída y su festival más agregado lo sigue también

Pareciera que prefiere patrocinadores, portadas y selfies a construir un prestigio cinematográfico a medio y largo plazo

Pase gráfico de la película 'El test', de Dani de la Orden.
Pase gráfico de la película 'El test', de Dani de la Orden. / Álex Zea / Festival De Málaga
Pablo A. Valdivia

Málaga, 26 de marzo 2022 - 19:01

Tras dos años de ediciones reducidas a causa de la pandemia, el Festival de Málaga regresó de pleno, y con él las dudas que se venían acarreando desde ediciones anteriores. Las principales: si se mantendría la doble velocidad entre la ficción nacional y la latinoamericana; también si algún gran nombre se atrevería por fin a presentar algo en Málaga; si las cadenas patrocinadoras seguirían usando la parrilla oficial para su product placement; o si se repetiría el éxito de algún hallazgo que, derramado del vaso de otros festivales, pudiera cuajar y posibilitar ecos sobre la importancia de la cita durante el resto del año.

Veinticinco ediciones después, las dudas se han resuelto: sigue todo igual. La industria cinematográfica española (la de clase media, al menos) sigue de capa caída, y por ende su festival más agregado lo sigue también. Por otro lado, la ampliación de capital que supuso acopiar títulos latinoamericanos procedentes de Sundance o Toronto -con su Biznaga duplicada para productores reticentes- sigue ayudando a pasar el trago, pero no ha atribuido a la cita la relevancia de Huelva o Sevilla.

Consciente de ello, en los últimos años la organización ha ido dando pasos más orientados a crear eventos paralelos, en mayor o menor medida vinculados con la industria, con el fin de paliar la depresión: Málaga Premiere, Latinoamerican Focus, Cinema Cocina, Pantalla TV, MAF, Málaga Cinema… (la lista crece cada año) son focos de atención (¿de distracción?) de un Festival que, con el paso de los años, parece decidido a pasar de puntillas ante la irrelevancia de su Sección Oficial.

Sentada la paradoja de que un Festival se edifique de espaldas a las películas que -presuntamente- él mismo escoge para su puesta de largo, puede ser una decisión acertada tratar de construir una personalidad en torno a un evento comunitario. Pero al alimón surge una nueva duda, ¿sigue siendo la Sección Oficial el escaparate principal de este evento? Programa en mano, parece que no.

Lógicamente no es responsable el Festival de que los nombres que contribuyó a encumbrar estén diluyendo su autoría en producciones para televisión (Félix Viscarret, Mar Coll, Roger Gual, Elena Trapé o Max Lemcke, por citar algunos) pero sí de un año más incurrir en su propio desprestigio al inflingirse en su selección principal autolesiones del alcance de El test, Canallas o Nosotros no nos mataremos con pistolas.

Un resbalón periódico sería lógico e incluso saludable, pero cuando estos peajes persisten durante tanto tiempo, la sensación es que ya no hablamos de una decisión, sino de un modelo. Aquel que prefiere patrocinadores, portadas y selfies a construir un prestigio cinematográfico a medio y largo plazo. Que opta por adocenar secciones, selecciones, sesiones y premios para rebosar cada año en número de entradas vendidas poniendo en suma, el foco en la cantidad por encima de la calidad.

El modelo de festival perfecto para una ciudad que, recordemos, dilapida anualmente ingentes sumas de dinero en franquicias de museos para turistas, con intenciones más orientadas a los dossieres de Fitur que a generar un ecosistema cultural. Un modelo al que veinticinco años después, y pese a estar (hasta hace dos días) consagrado a una única industria, ni un solo gran nombre de la misma se ha sumado para estrenar su película por aquí. Pero… ¿acaso importa? Entre tantos golpes de pecho la pregunta parece responderse sola. Mientras tanto, el espectáculo debe continuar.

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