José Jiménez Guerrero, historiador “Los cofrades ocultaron las tallas en sus casas, no se inhibieron”

  • El doctor en Historia culmina con la publicación de ‘Destrucción y reconstrucción de la Semana Santa de Málaga’ una trilogía sobre los años 30 del siglo XX. Tras su intensa investigación afirma que el Cristo de la Buena Muerte de Pedro de Mena acabó destruido en Santo Domingo.

Jiménez Guerrero presenta su última obra, dedicada a la reconstrucción de la Semana Santa. Jiménez Guerrero presenta su última obra, dedicada a la reconstrucción de la Semana Santa.

Jiménez Guerrero presenta su última obra, dedicada a la reconstrucción de la Semana Santa. / Javier Albiñana

–¿Qué motivación tuvo para escribir este volumen sobre la destrucción y reconstrucción de la Semana Santa?

–Me planteé como objetivo comenzar en 2003 lo que hoy es una trilogía, que empezó en 2006 con la publicación de La quema de conventos en Málaga y continuó en 2011 con La destrucción del patrimonio eclesiástico en la Guerra Civil, Málaga y su provincia. Con esta obra se cierra un proceso de recuperación de toda la información de estos sucesos de los años treinta del siglo XX.

–En esta época se creó mucha leyenda en torno a la Semana Santa de Málaga...

–Existen investigaciones anteriores por parte de Antonio García Sánchez y artículos e ideas generales sobre esta recuperación. Ahora se suma esta trilogía en la colección Alcazaba de la editorial Arguval. Esto es un libro de historia, no un relato novelado, cuenta con todas las características y fuentes propias de un trabajo de investigación.

–En su obra documenta que el Cristo de la Buena Muerte de Pedro de Mena acabó finalmente destruido.

–Toda la información que publico parte de informaciones escritas y es reflejo de lo publicado en la prensa del momento. El inicio de la leyenda de que el Cristo se salvó corre paralela a la publicación de dos novelas en los años posteriores: por una parte, Las vestiduras recamadas, de Salvador González Anaya, que deja abierta esta posibilidad; y por otra Ha llegado el día, de Alberto Insúa, donde se dice que se pierde. Existen muchas versiones distintas de su paradero pero un congregante de Mena, Ricardo Fernández de la Torre, estuvo presente y afirma que el Cristo desapareció. Por otra parte, Narciso Díaz de Escovar, que como historiador no puede ser acusado de mentiroso, escribió una carta a un amigo suyo, Miguel Ruiz Borrego, afirmando que los restos aparecieron en Santo Domingo. En el libro reproduzco la carta íntegra.

–¿Qué papel jugaron los cofrades en estos tiempos?

–Siempre se ha dicho que se inhibieron, pero no es cierto. Ellos fueron los que ocultaron a las imágenes en sus casas durante este tiempo. En la Agrupación de Cofradías hubo una doble postura: quienes optaron por su desaparición y quienes querían que la institución continuase. El apoyo a que siguiese se manifestó con la creación de la comisión pro Semana Santa. Donde hubo cierta polémica fue ante la idea de conseguir financiación a través de la celebración de verbenas populares y fiestas. También con la llegada de los gobiernos de centro-derecha de 1935 se potenciaron de nuevo las procesiones. Tengamos en cuenta que entonces eran grupos muy minoritarios de hermanos comparados con lo que son hoy.

–De la quema de conventos de mayo de 1931 hasta la primera Semana Santa de 1935... ¿cómo fueron los días de Pasión en la II República?

–Los sucesos de mayo ocurrieron apenas un mes después de la proclamación de la República. En estos tiempos se entendía que la Semana Santa había sido destruida. Muchos cultos volvieron a celebrarse con una reproducción fotográfica de la imagen desaparecida ubicada en las capillas y altares. Fue un proceso paulatino de reconstrucción, contó con cierto apoyo moral de la sociedad y también de algunas instituciones.

–En estos años aparece además la figura de la comisión de Patrimonio del Obispado de Málaga, que rechazó la calidad de algunas imágenes. ¿Qué papel tenía?

–En la obra no abordo el aspecto artístico, pero en estos tiempos diversas comisiones trabajaron por la recuperación iconográfica perdida. Las cofradías comenzaron a buscar en localidades como Granada, donde trabajaban artistas como José Martín Simón y José Navas-Parejo, aunque las condiciones económicas no permitían afrontar algunas obras y tanto el Obispado como la Real Academia de Artes de San Telmo emitían comunicados señalando la escasa calidad de la imagen, que al tiempo fueron sustituidas. En esta labor destacará también en la siguiente década la producción de Palma Burgos.

–¿Qué repercusión tienen estos tiempos en la Semana Santa actual?

–Ya en 1935 hubo intentos serios de fomentar una Semana Santa muy distinta, como corporaciones de silencio . Entre ellas se encontraron la de Jesús Camino del Calvario, que cambiaría su nombre por la de Camino del Gólgota para evitar confusiones con el Nazareno del Rocío, y la del Silencio. De ellas se conservan sus estatutos. Se quería canalizar las inquietudes de cofrades que señalaban la participación de elementos extraños en el cortejo, donde sólo podían participar los hermanos, y se consideraba a los portadores como el mayor honor que puede tener un cofrade.

A partir de 1978 tiene reflejo este intento con la aparición de nuevas hermandades, con la refundación de corporaciones desaparecidas. Las conocidas entonces como “nuevas cofradías” cuentan con ese nuevo sentido procesionista.

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