"Málaga pudo haber sido otra, pero lo urgente nos quitó lo importante"
El escritor y ateneísta reúne 40 años de creación en 'Cruzando Kazmadán', que publica el Centro de la Generación del 27 Una oportunidad para hacer, también, memoria de la ciudad
AUNQUE ha dedicado su vida profesional a la publicidad, Juan Ceyles Domínguez (Málaga, 1949) ha cultivado y cultiva el oficio de poeta con tanta discreción como afinidad. Su obra, marcada a fuego por la experimentación recelosa del orden, y travestida de heterónimos a la luz de Fernando Pessoa, se ha vertido en títulos como Paisaje de lumiagos (1987), Versos para enterrar el verano (1993) y Antología de la sospecha (2007). Ahora, el Centro Cultural de la Generación del 27 acaba de publicar Cruzando Kazmadán. Summa incompleta, 1970-2010, un vistazo a cuatro décadas de creación literaria a través de textos en su mayoría inéditos. Ciertamente, como Pessoa, Ceyles es uno y es muchos: fundó en 1969 junto a Fernando Merlo el Grupo 9, que debió su nombre a Revolution 9 de The Beatles y que actuó como catalizador del talento malagueño en conexión con las corrientes de vanguardia que se cocían en el resto de España, entre la clandestinidad y el entusiasmo; es miembro de la Junta de Gobierno del Ateneo de Málaga; y el año pasado puso en marcha la revista literaria digital El Toro Celeste junto a Rafael Ballesteros, Francisco Javier Torres y Francisco Martín Arán.
-Después de haber reunido su poesía dispersa durante cuarenta años, ¿se arrepiente de algo?
-Sí. A menudo la decepción aparece nada más se publican los poemas. Lo que ocurre es que yo no he madurado muy rápido. Por eso no quiero trasladar a mi obra un orden falso. Cuando veo que algo está aparentemente ordenado, lo desordeno. Busco algo más desgarrado. Pero si me arrepiento de algo es de haberme vuelto complaciente en algunos momentos. No he entrado nunca en qué poesía debía escribir en según qué momento. Por eso esta selección no sigue un orden cronológico. Tampoco hay poesía del absurdo, que escribí con el nombre de Lucio Ségel, que me sigue visitando de vez en cuando; igual que Irma Tagla, que es una verdadera lanzadora de puñales y que en esta antología no está aunque le dedico un poema. De cualquier forma, la experimentación es lo que me ha movido siempre. Yo permito al mundo que me conquiste, me dejo impregnar, pero luego me reservo el derecho de contarlo a mi manera. Me echo la literatura a la espalda y luego intento darle respuesta. Pero no renuncio a nada.
-Precisamente, ¿sus heterónimos, como en Pessoa, son los compañeros con quienes mejor está usted solo?
-No descarto que haya una patología detrás. Uno a veces no se atreve a llegar ni a sentir ciertas cosas porque le ha sido asignado un papel, y en ese papel se reafirma, lo que me hace sentir muy pequeño. Empecé adoptando algunos seudónimos, como El Colibrí, pero eso era más un enmascaramiento. Los heterónimos me permiten llegar a otros territorios. Yo suelo ser tímido y reservado, pero Lucio Ségel es un descarado. Se atreve a hacer aquello de lo que yo sería incapaz. Otros, como Nono Valdivieso, hacen letrillas flamencas y una poesía más popular. Federico Bo me creó a mí en lugar de crearlo yo a él: en febrero de 1980 escribí un poema en casa y nada más terminarlo me levanté de la silla y me asomé por la ventana. Al volver a la mesa y tomar el papel, resulta que el poema lo encontré firmado por Federico Bo. Se trataba de una confusión, claro: había tenido la intuición de fecharlo y escribí debajo Febrero 80. Pero yo leí Federico Bo. Para colmo, en la misma mesa había un retrato de Lorca que me miraba fijamente, así que no tuve más opciones. Todo esto nace muy artificialmente, aunque sirve para abrir el mundo de la perplejidad. Mis heterónimos son muy distintos a mí, pero dialogo con ellos. Y sí, se lo debo a Pessoa.
-El silencio es muy importante en su obra. ¿Es más importante lo que no se dice?
-Sigo un poco el pensamiento de Salvador Pániker, que dice que entre dos líneas está la poesía.
-¿Es una intuición mística?
-No soy creyente, aunque lo he sido intensamente. Pero no he perdido el temblor. La poesía ha venido a prolongarlo. También me seduce Wittgenstein cuando dice que el lenguaje es una cárcel. Esa reducción nos permite interpretar la realidad para comunicarnos, pero al mismo tiempo prescinde de la realidad. No hacerlo sería asomarse al caos, y eso es lo que yo pretendo. Wittgenstein dice también que el lenguaje privado no existe, pero yo al menos intento acercarme. Hay posibles códigos que tienen color y ritmo más allá de un mero discurso lineal, y eso es lo que me interesa del arte.
-También concluye Wittgenstein que de lo que no se puede hablar, mejor callar la boca. ¿Lo peor es que podemos decir muy poco?
-Sí. Yo amo el silencio, porque ahí debe estar lo sagrado. Pero también entiendo que hay que apostar por el error. Alcanzar la pureza sin mancharse no sirve de nada. Por eso, ya ves, me arriesgo a publicar libros. Incluso éste tan bonito que me ha publicado el Centro de la Generación del 27.
-¿Qué es la poesía frente a la publicidad, vocación o vicio?
-Me he dedicado mucho tiempo a la publicidad hasta que la crisis me invitó a dejarlo. Hoy ya no salen clientes porque todo el mundo tiene su photoshop y más o menos cada cual se las apaña, y los pocos que salen luego no te pagan. Hago todavía algunas cosas que me piden los amigos. Cuando me quedé sin trabajo decidí dedicarme de lleno a la poesía, pero ya ves, luego vino el Ateneo, y El Toro Celeste, y en fin, uno no deja de hacer cosas. Pero la poesía fue primero. Me la dio mi padre cuando me enseñó a mirar, y a sentir. No recuerdo un día en que decidiera ponerme a escribir, ocurrió y ya está.
-Así que le daremos la razón a T. S. Eliot: mejor que el poeta se gane el pan con otra cosa.
-Por supuesto. Yo empecé a trabajar muy joven. Eso me hizo reservarle un tiempo preciso a la literatura, pero decidí que así fuera. Y con ello llegaron los insomnios. A menudo el día no es suficiente para hacer todo lo que quiere hacer uno. Pero no lamento tener poco tiempo para la literatura si puedo hacer otras cosas, especialmente si esas cosas sirven de provecho a alguien. No me gusta vivir enclaustrado. Me atrae mucho el caos, pero también mantengo un fuerte compromiso con la realidad.
-En el prólogo de Cruzando Kazmadán, Francisco Chica señala que el Grupo 9 miraba a Cataluña con fervor, como a un modelo.
-Cataluña ha sido siempre un referente para mí. Algunos del grupo nos pusimos a aprender catalán para escuchar bien la nova cançó. Había una vinculación mediterránea que nos llamaba mucho, creíamos que el espejo nos serviría.
-¿El sueño se desvaneció con la tragedia de Fernando Merlo?
-Es que hay un Fernando Merlo del que no se habla. Fernando era el Escatófago, sí, pero no sólo el Escatófago. La foto de Fernando no puede ser la famosa en la que sale esnifando. Ahora estoy escribiendo un artículo en el que hablo de él antes del túnel, durante el túnel y después del túnel, un poco como imagen de aquella época. En los años 70 en Málaga había una verdadera miseria cultural, pero también ciertos elementos con mucho talento que parecían capaces de romper esa tendencia. Fernando era muy poderoso. Dentro del Grupo 9, yo fui el que adoptó un mayor compromiso político porque sentía necesidad de pasar a la acción organizada. Por eso me inscribí en el PC. Pero Fernando tenía una intuición distinta. Es cierto que atravesó una etapa muy dura con las drogas mientras tuvo el bar, que se llamaba precisamente El Túnel. Pero nunca perdió el norte, aunque le gustaba experimentarlo todo. Durante aquellos años apenas escribió y yo lo vi muy poco. Luego se desenganchó de la heroína, abrió una tienda de cerámica y lo que se era negro se hizo blanco. Ése es el Fernando Merlo que yo conocí, vitalista, abierto, siempre con su punto macarra pero lleno de ideas y proyectos. Por eso nunca he creído que se suicidara. Lo que yo creo es que, como ocurre a menudo en estos casos, decidió celebrar que estaba limpio con un último chute. Un amigo de Carlos Haya me confirmó que lo que se metió aquel día era una cosa infame, polvos de talco, algo que cristalizó nada más entrar la aguja. Pocos días antes había hablado con él de todo lo que íbamos a hacer juntos. Había vuelto a escribir. Alguien con esa claridad no se quita la vida.
-¿Su muerte significó también la de una Málaga posible?
-Sí, tal vez. En aquellos años hubo una siembra importante. Había gente como Miguel Alcobendas, que hizo muchísimo por el teatro en Málaga, y llegó a programar a Brecht durante el franquismo. Faltaba una organización que capitalizara todo ese talento, pero sí hubo gente con mucho coraje que hoy está olvidada. Alcobendas, por cierto, filmó los primeros anuncios comerciales para promocionar la Costa del Sol, y los que salíamos tirándonos a la piscina del Pez Espada en pleno mes de febrero éramos nosotros, los del Grupo 9. Es verdad que Málaga tenía mimbres para que se hubiera reflejado mucho más, y no ocurrió.
-¿Por qué?
-Seguramente por la pacatería política de la época. Aunque también es cierto que había que hacer frente a no pocas urgencias, y lo urgente nos impidió acometer lo importante. Cuando yo ingresé en el PC me convertí en sospechoso dentro y fuera del propio partido. Con sólo apuntar una posible mirada a una estética ya podía comprometerme. Y después ya se han visto los grandes errores de los partidos comunistas, no han sido capaces de estar a la altura de toda la gente de la que se han aprovechado. Y eso sin acercarse apenas a ese mundo que tanto pregonaban.
-¿Es hoy más difícil la movilización social y cultural desde una institución como el Ateneo?
-El Ateneo, realmente, existe para muy poca gente. Tal vez su propio nombre y el edificio, repletos de connotaciones oficiales, resultan muy poco atractivos. Los socios se están muriendo, y si en cuatro años no somos capaces de reactivarlo nos quedaremos sin Ateneo. Afortunadamente, en la directiva nueva ha entrado gente joven y muy interesante que, espero, podrá promover su supervivencia. El Ateneo debería ser algo así como un segundo Ayuntamiento, a disposición de todos los ciudadanos. Yo intento tirar bengalas, pero, por ejemplo, las publicaciones que hacemos tienen tiradas muy cortas y únicamente se distribuyen entre los ateneístas. Ahora estamos preparando un plan de comunicación, con la idea de promover una aproximación a la ciudad y evitar esa imagen de antigualla polvorienta llena de telarañas, así como la de un núcleo hecho a medida de cierto grupo socialista. No, el Ateneo debe ser de todos, y cualquiera que quiera aportar cosas será bienvenido.
-¿Y cómo se ve la Málaga del presente desde el Ateneo?
-La veo mercantilizada. Los museos no se montan con otro propósito, y a ver qué ocurre cuando salga la Ley de Museos: seguramente nos quedaremos con tres. Tenemos una ciudad preciosa pero los equipamientos que tenemos nos impiden verlo con claridad. El Plan del Puerto pudo haber impulsado otra imagen de la ciudad, pero no se puede tardar veinte años en aplicarlo. Culturalmente, con los medios que tenemos, se podría hacer mucho más. No obstante, es cierto que la ciudad ha mejorado mucho, y al parecer proyecta fuera una imagen de actividad incesante. Quizá nos falta todavía saber equilibrar el inconformismo y cierta sensación de orgullo.
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