Mucha gente, pocas personas

calle larios

lYa se sabe que en el verano la guardia tiende a relajarse lEl problema es cuando la laxitud es demasiada y afecta a la calidad humana lQué excitante el deseo eremita de quitarse de en medio

Estos días ofrecen estampas de paisajes humanos capaces de poner a prueba a la mayor de las paciencias. Tolerancia o destierro.
Estos días ofrecen estampas de paisajes humanos capaces de poner a prueba a la mayor de las paciencias. Tolerancia o destierro. / Álvaro Cabrera
Pablo Bujalance

08 de julio 2018 - 01:33

Tarde de playa. Descendemos a pie por el Camino Nuevo, cruzamos la calle Rafael Pérez Estrada, tan coqueta aún, tan revestida del espíritu poético de su mentor, discreta, recachita ausente en la que nadie repara, aunque un tanto sucia, merecedora de un mayor mimo por parte de propios y extraños. Reparamos en que alguien nos persigue, una familia de seis o siete miembros, una onda orgánica que se expande y se contrae a cada paso, niños que fluyen como electrones en un átomo a demasiada temperatura, los golpes de sus chanclas contra la acera, clap clap clap, en aceleración constante hacia nosotros. Quien dirige el grupo es un menda con bañador blanco y sin camiseta, medio pitillo entre los labios, gafas de sol torcidas, pelo cortado al uno y cara de habérsele atragantado la primera comunión que lleva bajo el brazo una colchoneta rosa ya inflada. El semáforo nos indica que debemos detenernos. Nos detenemos. Ya están aquí, a nuestra espalda. Los niños llegan avasallando y casi nos empujan al paso de cebra. Nadie les llama la atención. El líder va dando sablazos con la colchoneta a diestro y a siniestro, como si anduviese solo por Chott El Jerid. A su lado, una joven más cerca de los treinta que de los cuarenta pero con ánimo anciano en un rostro surcado de ojeras, dragón tatuado en el hombro y uñas a medio pintar, escribe en el teclado de su teléfono móvil con la pasión de un oso hormiguero en una bañera. Cruzamos, al fin, cuando los cuatro o cinco niños, primos o vecinos todos iguales, con sus melenas morenas rizadas y sus camisetas de Pokémon, tienen ya metidos los pies en la arena. En el Paseo Marítimo, propiamente dicho, un ciclista sin miramientos casi atropella a una señora que camina despacio, a lo suyo, sin molestar a nadie. "Hay que ver", dice sencillamente la mujer, vestida con un blusón fresquito estampado y unas zapatillas de lona, mientras niega con la cabeza. En otro planeta, el ciclista habría emitido un gesto de disculpa; aquí pasa de largo sin más, anda y que te zurzan. Llegamos a la playa. La afluencia de bañistas no es demasiado abultada. Extendemos nuestras toallas en la arena en un área suficientemente alejada del resto y a los cinco minutos se nos plantan al lado dos perlas, una pareja de cincuentones que parecen disfrutar de esta manera la mayoría de edad de sus hijos, que acampan a escasos centímetros de donde nos hemos instalado. Lo hacen hablando en voz muy alta para ridiculizar con bastante mala uva a un tercero del que nada sabemos, lo que resulta molesto e incómodo. Él, tripón sonriente con aires de cuñado perfecto, despliega la sombrilla de la que casi podríamos aprovecharnos. Al otro lado, cinco adolescentes, dos chicos y tres chicas, canijos y con la piel ya curtida de venir aquí a diario, comienzan a reír como si les fuera la vida en ello. Uno de los pavos acciona un pequeño altavoz y suena una canción horrible de reguetón con su denigrante sermoneo. Hay colillas en la arena. El mar está en calma. Se escucha el motor de una avioneta que surca el cielo. Recuerda uno aquellos mensajes publicitarios aéreos de Nivea y los Melones del Abuelo. Pero en este ocasión el vehículo arrastra una pancarta idónea para el público familiar que se amontona aquí: un anuncio del New Scandalo que reza "Porque te lo mereces". Miro al cuñado, a la chiquillería, a los gaznápiros que empiezan a tirarse pellizcos mientras suena el reguetón. Sí, exactamente esto es lo que nos merecemos.

Han venido todos. Todos los que se cruzan contigo por la calle y no saludan. Todos los que miran hacia otro lado cuando les sujetas la puerta para no tener que darte las gracias. Todos los que te empujan y casi te obligan a hacerte a un lado y encima parece faltarles poco para escupirte. Todos los que reaccionan con malos modos cuando les haces ver que se han saltado un ceda el paso. Todos los que creen que son merecedores de todo el tiempo y todo el espacio, incluido el ajeno, y que jamás tendrán un mínimo detalle de humanidad con el transeúnte que tenga la mala suerte de coincidir con ellos en una esquina. Sí, la playa parece un imán para tales criaturas. Hago mías las palabras que dejó para la Historia Diógenes de Sinope en el siglo IV antes de Cristo: Mucha gente, pocas personas. Me excita el deseo casi eremita de quitarme de en medio. De quedarme en otra parte, solo o con los míos. En paz.

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