De Roma a Pekín: los 12 Juegos Olímpicos de Eugenio Taillefer

Juegos Olímpicos | Los viajes de una vida

El abogado malagueño de 89 años recuerda las vivencias que conserva después de haber estado presente como espectador en una docena de Juegos Olímpicos

En el mapamundi de su despacho se encuentran señalados los países por los que ha viajado; entre ellos, las sedes olímpicas de los últimos 60 años.
En el mapamundi de su despacho se encuentran señalados los países por los que ha viajado; entre ellos, las sedes olímpicas de los últimos 60 años. / Javier Albiñana
Juan A. Romera Fadón

08 de agosto 2021 - 07:00

Málaga/“¿Ves esa reja? La diseñó el que hizo la Sagrada Familia. Sabes quién te digo, ¿no? Exacto, Gaudí, el dibujo es suyo”. Y sigue andando por el jardín de su casa, en el Monte de Sancha, con la Bahía de Málaga como fondo. “A veces me cuesta recordar los nombres, son tantos años…”, se lamenta Eugenio Taillefer. Su agilidad de movimiento y la frescura de su relato oculta que carga a sus espaldas con 89 años, seis hijos, “un montón de nietos” y la experiencia que regala haber asistido a 12 Juegos Olímpicos. Como espectador, sí. Pero pocos malagueños habrá con ese registro.

En la televisión de su salón está puesto el golf, pero nadie le hace caso. La conversación está centrada en un pasado que hoy se reviste de presente. El origen de su afición al deporte está en su niñez. En el tenis, en el fútbol. “Hubo un hecho que influyó para que yo recorriera el mundo viviendo los Juegos. Mi padre, un hombre muy serio, me dijo que me iba a llevar a Helsinki, en 1952, y me hizo mucha ilusión. Sin embargo, no cumplió su palabra”, bromea. Eugenio tardó ocho años en poder visitar una ciudad olímpica, pero Roma fue solo el punto de partida de un viaje al que todavía no se vislumbra final.

Antes de comenzar a hablar, se para. Respira unos segundos. Algunos más de los que dura un suspiro. Siempre con la misma cadencia, presenta el lugar y el año de la ciudad anfitriona. Todo seguido y sin verbo de por medio. Roma 60, Tokio 64, México 68… Después, fluyen los recuerdos. “He jugado mucho al fútbol de niño con mis amigos. Ahora, se me han muerto”, suspira. En 1960, tres matrimonios partieron hacia la ciudad eterna: “Íbamos a ser cuatro, pero uno se rajó pronto y tuvimos que solucionar el problema de sus entradas. Aunque no tenía con qué comparar aquellos Juegos, he de reconocer que los romanos lo hicieron muy bien. Recuerdo que durante la ceremonia empezó a llover y, de pronto, comenzaron a salir miles de impermeables y paraguas. Nos quedamos en un hotel que daba a la avenida de San Pedro y, aunque en el plano deportivo no nos fue demasiado bien, lo pasamos estupendamente”.

Eugenio posa junto a trofeos de vela, deporte que ha practicado hasta los 80 años.
Eugenio posa junto a trofeos de vela, deporte que ha practicado hasta los 80 años. / Javier Albiñana

Hay gente a la que le gusta que el sumiller le explique la procedencia del vino antes de la comida. Eugenio tiene exigencias más sencillas. Basta con que antes de comenzar cada competición esté el programa. “Una hoja, no pido más. Un folio en el que te detallen qué marcas tiene cada atleta, qué competiciones hay ese día… “. Parece algo simple y previsible, pero su experiencia demuestra que la dejadez de algunas delegaciones le provocó algún disgusto: “En México 68 me decían que no quedaban, que se habían acabado. A los cinco minutos llegaban, me tocaban en el hombro y me decían que si les daba 5 pesos me hacían llegar uno”, relata. Pero no fue lo único: “Salí diciendo que nunca habrá una olimpiada peor. Aunque me equivoqué, pero espérate que lleguemos al 92 para contarte el motivo”. Taxistas con pistolas en la guantera, el estadio rodeado de tanques por su proximidad con las revoluciones estudiantiles de mayo, desastre en los transportes: “Para que te hagas una idea, bajaron de un autobús a 20 atletas para llevarnos a nosotros. Todo era muy bonito, pero el pueblo no estaba preparado. Son dignos herederos nuestros”, dice Eugenio mientras sonríe.

Las diferencias se hacen latente cuando relata que, en Tokio, cuatro años antes, sin tener buen inglés (y peor japonés), pudieron moverse sin dificultad por una ciudad en la que él y su mujer estaban solos: “Habíamos comprado unos décimos de lotería, pero no tocaron así que no pudieron venir mis amigos”. Su mujer, Mirentxu de Haya Gálvez (hija del aviador Carlos de Haya y nieta del doctor Gálvez), recuerda la ceremonia de inauguración como una de las más bonitas. De cada lugar al que iba, traía algún recuerdo: “Todavía conservo el kimono de seda que compré en Japón en el 64 ¡Está en perfecto estado! Imagínate si salió bueno”. En ese momento, Eugenio hace un inciso: “¿Te lo puedes creer? Hija de un aviador, tiene el carné de piloto desde el año 74, ¡y le da miedo volar!”. Mirentxu se defiende: “No le hagas caso. No es que me de miedo, es que con 6 hijos, ¡imagínate qué hubiera pasado si me hubiera muerto en un accidente!”.

Eugenio conserva recortes de fotografías y momentos vividos en todos los Juegos
Eugenio conserva recortes de fotografías y momentos vividos en todos los Juegos / Archivo Taillefer

Al hablar de Múnich 72, cambia el tono. Estos juegos son recordados por el atentado terrorista del grupo Septiembre Negro que acabó con la vida de 11 atletas israelíes. Las coincidencias quisieron que la pareja se marchara de Alemania un día antes de la masacre: “Nos enteramos ya de vuelta. Nos impresionó muchísimo”. Su hijo Carlos aprovechó el viaje para ir con ellos. Él entró solo en la inauguración y se fue tres días antes. Su vuelo partió del mismo aeropuerto en el que se produjo el ataque. Pese a esto, las sensaciones deportivas eran mejores: “Ya ganábamos más medallas”, explica Eugenio.

Aunque siempre acudía a alguna modalidad propia del país, el atletismo y la natación eran dos fijas. Esta selección le ha llevado a ver a Michael Phelps o a Usaint Bolt: “Eran las estrellas, aunque he de reconocer que los 100 metros lisos, la prueba reina, me gusta menos porque solo dura 9 segundos. Prefiero los 1.500”, dice entre risas. Mirentxu, además de las ceremonias de inauguración, incluía siempre en sus preferencias la gimnasia artística y rítmica: “Vi a Nadia Comaneci varias veces”, pero entre ellas no se encuentra el 10 de Montreal 76.

Poco antes, la empresa de Eugenio había entrado en suspensión de pagos y hubo que cancelar el viaje. “Mi padre me había puesto como condición para casarme que estudiara una carrera. Se me daban bien las letras, tenía buena memoria y había hecho Derecho en tres años y medio, adelantando asignaturas en la convocatoria extraordinaria. Cuando empezaron a ir mal los negocios, desempolvé el título y me puse a aprender todo lo que no me habían enseñado en la carrera”, cuenta Eugenio. Canadá es la única ausencia en la cronología olímpica de Taillefer.

Con la llegada de los 80, la URSS encarrilaría el camino hacia su desaparición. Moscú acogió unos juegos que todavía se planteaban en el marco de la propaganda y la lucha entre dos mundos: Estados Unidos buscaba un boicot al campeonato y los soviéticos ejercían el más absoluto control hacia cualquier asistente: “Nos hicieron ir a la Embajada Rusa en Madrid para detallar todas las paradas de nuestro viaje. Fuimos desde Málaga a Rusia en un Fiat 1500 (4.500 kilómetros) y, en un tramo del trayecto, decidimos parar en un pueblo para ir al baño. Nos pusieron una multa por salirnos del trayecto y durante 200 kilómetros recorrimos una carretera repleta de torretas de seguridad que vigilaban nuestro camino. De hecho, en la frontera, nos registraron el coche y encontraron una libreta en la que apuntaba las cosas de la compra. Imagínate cómo eran de desconfiados que la tradujeron para ver qué ponía: tomates, pimientos… Con eso no hubo problema, pero no sabían lo que eran tampax. ¡En qué situación estaban! A unos conocidos les metieron una guía en el coche para que les acompañara todo el viaje. Se ve que cuando llegamos se les habían acabado”, relata Mirentxu. Eugenio explica que los rusos solo aplaudían a sus atletas y que abucheaban hasta los miembros de los países satélites: “Un polaco ganó el oro en salto con pértiga y quiso buscar el récord. ¡Hasta a él le silbaban!”.

Cuatro años después, Los Ángeles. “Todo bien, todo bien”, resume para avanzar rápido hasta Seúl 88. Ese año se acabó la agencia exclusiva, un servicio que permitía la reserva de hotel y entradas de forma conjunta y que había facilitado el viaje de los seguidores españoles: “Era un comodidad. Venía todo en un pack”. Eugenio ha pedido durante años la restitución de la agencia exclusiva, hasta el punto de comunicárselo al que años después sería presidente del COE, Alfredo Goyeneche: “Me respondió por carta y, en otra ocasión, estuvo en mi casa en una merienda que organicé”.

Guarda las entradas duplicadas de la ceremonia de inauguración en Barcelona
Guarda las entradas duplicadas de la ceremonia de inauguración en Barcelona / Archivo Taillefer

Llega la década de los 90 y, con ella, Barcelona. La gran decepción: “Pensé que no habría peores que los de México, pero me equivoqué”. De la ilusión del nombramiento (la imagen del entonces príncipe Felipe, portando la bandera de España, produjo un cambio absoluto en el devenir de los Juegos), a la frustración por la organización. La ceremonia, una maravilla. Pero las entradas estaban duplicadas: “¡Levantaron a dos personas que estaban en nuestro sitio porque había tickets dobles! Tuvimos suerte porque éramos más mayores y nos dejaron el asiento. En natación no hubo programa hasta la cuarta sesión, pero es que en atletismo no nos lo facilitaron ningún día. De hecho, me di cuenta de las carencias porque en la piscina solo había una pantalla con los resultados. Mi asiento estaba justo debajo así que tuve que cambiarme de sitio para poder ver cómo iba el marcador. Eso sí, en lo deportivo fue fabuloso. Nunca hemos conseguido más medallas (22). Ahí está la famosa victoria de Fermín Cacho”.

Problemas en las infraestructuras de la Villa Olímpica, atletas que llegaban tarde porque los conductores no conocían la ciudad y se perdían, colas interminables: “Algunas críticas salieron en La Vanguardia, que era el periódico que leía allí. Pero la mayoría se taparon y no se contaron”. Mirentxu añade que, además, durante la inauguración, los restos de un cohete le cayeron a Eugenio en la cabeza y le provocó una pequeña herida: “Sí, pero no le doy importante a eso”, responde Taillefer.

Sin embargo, Atlanta 96 se vendió como un fracaso desde España, cosa que no se correspondía con la realidad: “El problema estuvo en que no dejaron pasar a 300 periodistas por no estar acreditados. Pese a que mí me robaron la maleta, lo cierto es que fueron unos Juegos muy bien organizados. Más allá de la bomba que pusieron en un parque, fueron fabulosos”. En Sidney vivió sus mejores Juegos: “Solo te diré una cosa. Melbourne 56, Sidney 2000 y, en 2032, otra vez allí. ¿Sabes por qué? Porque funciona. No te puedo decir más porque todo fue bueno”, explica Eugenio. En la ciudad australiana, Mirentxu coincidió por segunda vez con la reina Sofía; la anterior había sido en Seúl. En aquella ocasión se acercó a saludarla y, sorprendida por su historia, preguntó cómo era posible que su marido no formara parte del Comité Olímpico: “Tampoco ha hecho por entrar, pero le aseguro que sabe más que muchos”, le respondió.

Eugenio Taillefer, en el estadio olímpico de Sidney
Eugenio Taillefer, en el estadio olímpico de Sidney / Archivo Taillefer

Había factores que hacían pensar que Atenas sería un desastre, pero no: “Dentro de la modestia, todo funcionó”. La anécdota estuvo en la búsqueda de alojamiento. Consiguieron las entradas para los estadios con tiempo y cuatro días antes de salir, encontraron una oferta de hotel de 4 estrellas por internet. Hasta ahí todo normal. El problema llegó cuando, una vez en el aeropuerto, todos los taxistas rechazaron, con malas formas, llevarlos a la dirección indicada. Mirentxu revive algunos momentos: “A la tercera conseguí que nos acercaran. En las puertas de los edificios, personas con metralletas. El barrio muy dejado. Una vez dentro, la habitación estaba decorada con dibujos de artistas amándose, con muchas luces y camas redondas. Me percato que no hay armarios. ¡Pues claro! ¡Cómo va a haber, si era una casa de fulanas!”.

Los establecimientos habían adaptado sus servicios para ofrecer alojamiento como hotel. Recuerda que al principio lo pasaron fatal, pero el dueño fue muy atento: “Nos trajo unas perchas para poder colgar la maleta y todo estaba limpísimo. Fue la anécdota del viaje”. La última celebración que vivió in situ fue Pekín 2008. Se refiere a aquellos Juegos como “muy flojos”, ciudad correcta pero mala organización y transportes.

En Londres pretendía haber cumplido su sueño de ir a Wimbledon, pero el precio de las entradas era desorbitado, así que las que le habían tocado, que correspondían a los dos primeros días, las acabó regalando. “Lo cierto es que no me moví mucho para ir a Brasil, aunque me di cuenta que desde la televisión veía muchas cosas y muy bien”. Estando el virus presente, ni intentó ir a Tokio. Dice que ahora los vive de otra manera. No siente pena por no poder estar allí: “No me gusta esa palabra”.

–Eugenio, ¿piensa en Paris 2024? –Entonces, ríe durante un par de segundos.

–Lo he pensado. Lo he pensado. Me gustaría, pero creo que me va a llegar la hora antes. Si Mirentxu y yo estamos bien, intentaría ir. Siempre y cuando nombren una agencia exclusiva.

La televisión del salón ya está apagada. Los Juegos Olímpicos de Tokio se desvanecen en el último día de competición.

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