Málaga

Veranos de 48 grados en días de terral y un clima más desértico

  • Málaga será una zona vulnerable a los efectos del calentamiento global donde se acentuará el clima mediterráneo con más sequías y episodios de lluvias torrenciales.

Ya es un proceso irreversible. Aunque el ser humano dejara de emitir por completo desde hoy mismo gases contaminantes a la atmósfera no hay vuelta atrás. El llamado cambio climático está en marcha y sus efectos se agudizarán sin remedio en las próximas décadas. Veranos con temperaturas de entre 47 y 48 grados en días en los que sople el viento de terral y un clima cada vez más desértico en el que se alternarán las sequías con episodios de lluvias torrenciales es el panorama al que Málaga se enfrentará en un periodo no muy lejano. No es una mera alusión apocalíptica, los científicos llevan años alertando de que los efectos de ese fenómeno son ya palpables y que se agravarán irremediablemente en todo el Planeta. Por su ubicación y características climáticas, la provincia será una de las zonas más vulnerables. Las predicciones de los expertos advierten de que se producirá un aumento de las temperaturas y la prolongación de las estaciones secas.

"Ya está empezando a ser evidente, pero va a ser indudable en sólo 20 años". Así de contundente se mostró el profesor titular de Ecología de la Universidad de Málaga Francisco Javier López Gordillo, que insistió a este periódico que "no habrá que esperar cien años para ver fenómenos extremos en el clima" puesto que "se agudizará el carácter mediterráneo propio de esta zona".

El acuerdo sellado por los representantes de casi 200 países de todo el mundo en la Cumbre de París celebrada en diciembre del año pasado pretendía atajar el calentamiento global del planeta desencadenado por el hombre y evitar que la temperatura media no subiera por encima de los dos grados al final de este siglo. Pero en realidad ya se sabe que habrá muchas zonas donde el aumento térmico estará muy por encima de ese límite. Los escenarios futuros analizados hasta la fecha indican, por ejemplo, que en la Península ibérica de media las temperaturas subirán unos tres o cuatro grados en invierno y entre cinco y ocho en verano.

Aunque esa subida será algo más suave en las zonas costeras como Málaga, donde se calcula que en las próximas décadas las temperaturas serán entre dos y tres grados más altas en invierno y entre tres y cinco en verano, salvo los días en los que sople el viento de terral que "se podrían disparar incluso hasta los 48 grados", según el experto malagueño que lleva diez años viajando al Ártico para analizar in situ los cambios que se están produciendo en esa zona tan sensible del planeta a los efectos del cambio climático y ver cómo afectará al resto.

La realidad es que el llamado permafrost o suelo congelado del hemisferio norte es el mayor retenedor de carbono, y si la temperatura global sigue aumentando se derretirá emitiendo todo ese dióxido de carbono (CO2) y metano a la atmósfera. La cantidad que se puede liberar es, dijo López Gordillo, "tan grande que se puede hablar de mitigar pero no de revertir ni frenar porque eso está ya fuera de nuestro alcance". La razón es que el sistema tiene entre 40 y 60 años de inercia de seguir aumentando el CO2 solamente contando con lo que ya se ha emitido a la atmósfera y lo que se está emitiendo con el deshielo del permafrost.

Se calcula que la atmósfera acumula 400 ppm (partes por millón) de gases contaminantes y si no hubiera habido acción humana habría de forma natural 280. Pero para finales de siglo si continua el actual ritmo de emisiones se podría llegar hasta las 1.000 ppm, lo que pondría en grave riesgo a todo el planeta.

Esa cantidad de gases contaminantes tiene en la atmósfera una clara repercusión en el aumento de las temperaturas y en el mar en el aumento de la acidez. La consecuencia directa es que el agua del mar se acidifique y que baje el nivel de pH -indicador de la acidez- de 8,2 que es lo normal a a los 7,7 que se espera para finales de siglo, lo que afectará al mecanismo fisiológico de todos los organismos.

Y es que el CO2 de la atmósfera se disuelve en el océano que ya ha absorbido el 40% de todo lo que el hombre ha emitido en la era industrial. Pero su capacidad de absorción se está reduciendo, si bien aclaró que el modelo energético basado en los combustibles fósiles (carbón y petróleo) "tiene los días contados y eso es ya un logro científico" y destacó que "los científicos han indicado el camino y ahora los políticos tienen que recorrerlo".

La única solución, señaló el profesor de la UMA, es disminuir las emisiones y "prepararnos para afrontar esos cambios con más reforestaciones de los montes y la plantación de árboles como locos para aislar el calor en la ciudad donde tenemos demasiado culto al cemento".

Que los efectos del cambio climático son cada vez más palpables lo avalan también los datos que cada año arrojan las estaciones meteorológicas sobre las temperaturas en Málaga. Prueba evidente de ello es que los años más cálidos desde que existen registros, es decir, desde 1942, se están concentrando en los últimos años. Salvo los más de 19 grados de media con los que cerraron los años 1949, 1955 y 1995, el resto de los más cálidos se concentran en el siglo XXI y de los últimos diez años solamente en el 2010 no se superó ese límite al quedarse con un promedio de 18,9 grados. La relación de lo ocurrido en estos años con el cambio climático es evidente para el jefe de Predicción del Centro Meteorológico de Málaga, Fausto Polvorinos, que considera que se trata de "un síntoma claro" del fenómeno de calentamiento global del planeta.

Los efectos del cambio climático tendrán un claro reflejo en la aparición de nuevas enfermedades nunca vistas en estas latitudes y especialmente en los cultivos de los que se abastece la población por falta de agua. Motivo de esto último es que en Málaga, además del aumento de las temperaturas, la mayor afección se producirá en el agua porque "el cambio climático va a modificar todos los procesos relativos a ella", explicó el catedrático de Geografía Física de la UMA, José Damián Ruiz Sinoga.

Habrá una sucesión de más rachas secas y más sequías, mayores índices de torrencialidad cuando llueva y concentración de las precipitaciones. La dinámica pluviométrica en los últimos 50 ó 60 años avalan ya esa tendencia, caracterizada por la intensidad de la precipitación y el número de días en los que llueve y cada vez son menos.

"El ecosistema tendrá que adatarse a esas condiciones pluviométricas", según el experto, que advirtió que "habrá vegetación que no se adapte y se muera, por lo que dejará un espacio desnudo que cuando llueva se activará un proceso de erosión y degradación de suelo que ya se ha iniciado en muchos sitios".

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios