¿Hay alguien ahí dentro?
CALLE LARIOS POR PABLO BUJALANCE
Los contenedores soterrados tienen algo de misteriosa puerta al mundo subterráneo l Los nuevos de calle Larios ejercen de anfitriones para los cruceristas, aunque quienes más interés muestran son los jubilados más curiosos l Quizá los arqueólogos del futuro se topen con una desagradable sorpresa
QUÉ tiempos: quienes en nuestra juventud nos citábamos en el Zaragozano tendremos que quedar a partir de ahora donde los contenedores soterrados. Resulta curiosa la polémica suscitada a raíz de la instalación de estas misteriosas cabinas, fijadas como puertas a un extraño mundo subterráneo (¿los emplearán como respiraderos del Metro?; con tanta polución enquistada en los pulmones, los usuarios no notarán la diferencia), con argumentos emitidos tanto a favor como en contra por los ciudadanos más comprometidos. En principio, lo lógico sería pensar que estos habitáculos van a contribuir a que la calle Larios, tan inexplicablemente sucia, amanezca más limpia para fortuna y alivio de sus transeúntes. Sin embargo, no hay más que caminar veinte metros hasta los ya veteranos contenedores soterrados de calle La Bolsa (verdaderos pioneros de su género en la ciudad) para constatar que estos inventos terminan aglutinando a su alrededor más basura de la que les cabe dentro. De cualquier forma, ya se sabe que lo primero que hacen nuestros afamados cruceristas alemanes e italianos nada más bajar del barco es cruzar la Acera de la Marina a toda pastilla, venga nene que nos han dado sólo tres horas, y desfilar hasta calle Larios para desde ahí hilar su particular ruta picassiana, que si la Casa Natal, que si el Palacio de Buenavista. Desde ahora, lo primero que les saldrá al paso serán estos modernos receptores de detritus. Y por muy camuflados que los hayan pintado seguiremos, inevitablemente, hablando de basura, lo que no deja de resultar chocante al referirnos a un anfitrión para los visitantes que llegan dispuestos a dejarse los cuartos. Claro que tampoco estaría mal que los contenedores terminaran convirtiéndose en símbolos identificativos de la ciudad, como el Cenachero y la Equitativa: los mismos turistas se harían fotos con cuidado de no mancharse, todos los publirreportajes televisivos sobre Málaga los incluirían entre los atractivos de la villa y hasta los seguidores del Unicaja acudirían allí a celebrar los éxitos de su equipo (es un decir, tal y como están las cosas: ánimo muchachos) sin necesidad de saltarse valla alguna. Tendría gracia: Málaga, ciudad del residuo. Pero en realidad no se inventaría nada, sólo se trasladaría al centro la cotidiana realidad de algunos barrios, Huelin, Carranque, La Paz, donde los vecinos están más que acostumbrados a lidiar con la basura, ésta sí desperdigada en plena vía.
Por el momento, todas estas suposiciones forman parte del exclusivo y febril terreno de la ciencia-ficción. Todavía no hay basura amontonada junto a los nuevos contenedores, ni turistas desconcertados (oiga, que no salen en la guía) ni postales con los receptores retratados en las tiendas aledañas al Museo Picasso. Eso sí, la novedad ha despertado la curiosidad de muchos: todavía no faltan quienes diariamente se asoman e investigan concienzudamente los embalajes metálicos, los abren y cierran con humana intuición, cómo funciona esto, prestan atención a la ecológica separación entre materiales orgánicos e inorgánicos, plásticos y vidrios. Como ahora hay menos obras, y las que hay están no tapadas, sino directamente fortificadas, los jubilados más enteraos han bajado al centro a comprobar por sí mismos la verdad del cuento. Casi todas las noches , cuando salgo de la redacción, me encuentro a dos o tres de ellos trasteando los cachivaches. Una vez, al día siguiente de que los contenedores fueran oficialmente inaugurados, sorprendí a un señor hecho y derecho metiendo la cabeza en uno de ellos hasta una profundidad peligrosa. Le faltó preguntar: "¿Hay alguien ahí dentro?". Ya sabemos, no obstante, de qué van a estar hechos los cimientos de Málaga a partir de ahora. Quizá los arqueólogos del futuro se encuentren una desagradable sorpresa. No importa: ojos que no ven, corazón que no siente.
También te puede interesar
Lo último
Contenido ofrecido por Caja Rural Granada