Chaouen, un sueño inolvidable

El jardin de los monos

Relato de recuerdos y vivencias de juventud que enlazan la pérdida de un lugar querido, los cambios históricos y el paso íntimo hacia la madurez en dos orillas del tiempo

Un homicidio en el cementerio

Simca Aronde 1959
Simca Aronde 1959 / M.H

Mi amigo Lucio es un encantador de serpientes. Tiene la habilidad de contarte su vida como si fuese una narración en la que lo más simple y normal parece ser un asunto propio de una trama novelística, y la verdad es que yo dudo de que sus relatos no sean imaginados o, mejor dicho, que sean una realidad soñada, un sueño que él convierte en realidad en su fuero interno. Su memoria y su ensoñación se confunden, bien sea porque el tiempo todo lo difumina, o bien porque él realmente lo vivió como si fuese un sueño. El hecho cierto es que continuó relatándome cómo fue su último año en Chaouen y cómo este pequeño y encantador pueblo hispano-marroquí se quedó para siempre prendido en su corazón.

Ese mediodía, hora en la que solíamos vernos para tomar el aperitivo en el bar de Rafael, El Chipirón colorao, y hablar de lo divino y lo humano, Lucio terminó derivando su conversación a contarme el año de su despedida de Chaouen. Lucio, según me dijo descubriendo parte de su más profunda intimidad, había dejado ya atrás la infancia para convertirse en un mozalbete adolescente. Su circulo de amigos se había ampliado, ya que fueron acogidos, tanto él como su intimo amigo Miguelin, en la pandilla de jovenzuelos que rondaban los quince o dieciséis años. Había pasado un año desde que desapareció el Protectorado. Marruecos era independiente y los maestros que allí quedaron trabajaban para el Gobierno marroquí.

Mi padre ̶ continuó Lucio ̶ compró un coche, un “Simca Aronde de Luxe” francés, y tuvo que sacarse el carnet de conducir. Yo le acompañaba en las prácticas. Y puedo afirmar, y afirmo, que jamás vi peor conductor que él. De hecho, en una ocasión que llegó a la puerta del garaje, un local a nivel de calle, en lugar de frenar, parar y abrir la puerta, aceleró y arremetió contra ella echándola abajo. Mal que bien fue conduciendo (que no aprendiendo) y desde entonces, todas las vacaciones volvíamos a Málaga por Ceuta y Algeciras. Recuerdo que atravesábamos el Estrecho por la mañana y parábamos a comer siempre en la Butibamba, entonces de moda, donde ponían unos huevos fritos exquisitos. Después, ya por la tarde, superadas las curvas y contracurvas de los “caracolillos”, entre Los Boliches y Fuengirola, era obligatoria una parada y un cafelito en la, por entonces, famosa “parrilla del Pez Espada”, hotel que fue todo un símbolo del incipiente desarrollo turístico de la Costa del Sol.

Yo estaba enamorado de Chaouen ̶ siguió hablando Lucio, absorto en sus recuerdos, como si estuviera viviendo en el tiempo que relataba ̶ . Nunca olvidé sus dos picos montañosos que, como águila bicéfala, vigilaban aquel valle verde de abundante agua cristalina donde estaba enclavado. Ni el pueblo blanco que pareciera un trozo de Andalucía vestido de azul, con su amurallada medina, su carnet de identidad magrebí. Ni tantas cosas, como su Gran Mezquita presidiendo el zoco, su parador españolizado, sus calles estrechas e intrincadas, su manantial Ras el Maa que vomita agua rugiendo entre las rocas, sus cafetines y, fuera ya de la medina, la misteriosa mezquita que llaman de “los españoles” o de Bouzafar, que es como una iglesia con minarete, en la que jamás rezó ningún musulmán, la Avenida de Hassan II, o la Plaza de España, hoy de Mohamed V, con la iglesia española, reconvertida en un espacio cultural.

En este punto, Lucio se quedó pensativo y murmuró, como si hablase para él mismo: La verdad es que nunca entenderé porqué, con la relación tan estrecha que hay entre Marruecos y España, en ésta se estén construyendo mezquitas para los musulmanes en todas las ciudades y se predique libremente el islam, mientras que en Marruecos, tan solo existe alguna iglesia cristiana antigua (la mayoría han sido reconvertidas para uso laico) y, además, el código penal marroquí prohíbe y condena predicar el cristianismo, aunque el artículo 3 de su Constitución garantiza a todos el libre ejercicio de sus creencias.

Tras este paréntesis reflexivo, recordó como en el mes de diciembre de aquel año, cuando aún no había terminado el primer trimestre del tercer curso del bachillerato, se recibió la noticia que de nada servía lo estudiado, pues se había decidido por parte del ministerio de Educación, no continuar con la dependencia del instituto de Ceuta. Ello obligó a sus padres a enviarlo a Málaga para que continuara el curso, mientras que a su hermano más pequeño lo ingresaron interno en el colegio de los jesuitas de Tetuán. Adiós Chaouen, adiós. Lucio no volvería hasta muchos años después, en visita turística, al Hotel Asmaa, donde encontró, de regente de la tienda de souvenir, a un exalumno de su padre al que recordaba perfectamente.

Málaga estaba cambiando por días. El desaforado ritmo de la construcción, realizado casi sin normas urbanísticas, era el desdichado síntoma del anhelado despegue económico del país. Eso y el turismo. Era la época donde se premiaba al turista un millón, donde Torremolinos comenzaba a ser el simbólico faro del liberalismo desnudista. La época de la minifalda y del bikini, del rock and roll de Elvis Presley o Paul Anka, de películas como El Verdugo o Psicosis, o la búsqueda de libros prohibidos, entre los que curiosamente estaban las novelas de Vicente Blasco Ibañez, junto a la “Antología rota” de León Felipe o “La Guerra Civil Española” de Hug Thomas, entre otros de autores como Miguel Hernández, Pablo Neruda, o incluso, Jardiel Poncela, lo que da idea de como era la censura.

De todo ello me hablaba Lucio a borbotones. Mezclaba las cosas conforme le iban viniendo a la cabeza, hasta que retomó sus vivencias directas. Así me contó: Me mandaron para Málaga en un vuelo desde Tetuán. El problema fue que por esa fecha era muy difícil conseguir matricularse en algún colegio privado, ya que en los públicos era absolutamente imposible y no querían que perdiese el curso. Al final, consiguieron matricularme en un colegio, cuyo propietario era amigo de la familia, llamado El Buen Pastor. Estaba situado cerca del barrio de Haza de Cuevas, junto a una explanada que lindaba con los pabellones militares de Gamarra que daban fachada al Camino de Antequera; hoy en día creo que se llama o se llamaba Avenida de Carlos Haya. La verdad es que no recuerdo si por aquellas fechas ya estaba construido el hospital homónimo.

El colegio, o academia, El Buen Pastor tenía un buen plantel de profesores y conseguí ponerme al día, aun habiendo perdido el primer trimestre ̶ continuó Lucio recordando ̶ progresé mucho, y muy bien en aquellas asignaturas que me interesaban, tales como las Ciencias Naturales o las Matemáticas. El profesor de matemáticas era un comandante del Ejército en activo, que vivía en los citados pabellones militares, era hermano del dueño del colegio y muy conocido, aparte de por ser un gran profesor y su bonhomía, por venir al trabajo en un Biscúter. Realmente el cochecito respondía a su nombre: “bi-scooter”, o sea, como dos motocicletas. El comandante, que era alto y fuerte, apenas cabía en él, y como no tenía marcha atrás, los alumnos le ayudábamos a maniobrar empujándole.

El edificio del colegio era un chalet amplio con unas seis o siete habitaciones convertidas en aulas y, se le reconocía muy fácilmente porque tenía un inmenso árbol en la puerta. La copa del árbol era casi como el tejado del chalet. Era un almez, más conocido como almencino. Pronto aprendí a fabricar un canuto de caña para utilizarlo como cerbatana. Los huesos de las almencinas (su cascara es comestible), que eran bolitas de medio centímetros de diámetro más o menos, eran usados como proyectiles. Era el más popular y agresivo juego de los alumnos de El Buen Pastor.

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