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La conciencia de lo efímero

  • lEn el contraste de silencios y muchedumbres que reflejan cada Día de Todos los Santos, los cementerios de la ciudad revelan hasta qué punto sostienen un mundo que ya no existe

Una mujer limpia y repara los ornamentos de una sepultura, ayer, en el Cementerio de San Juan, en El Palo.

Una mujer limpia y repara los ornamentos de una sepultura, ayer, en el Cementerio de San Juan, en El Palo. / jesús mérida

E N los accesos de Parcemasa se repiten los atascos de cada 1 de noviembre. Ante la impaciencia general, no pocos viajeros deciden bajar de los coches cargados de ramos de flores y dejar a los conductores a su suerte, en busca de un improbable aparcamiento cercano. Algunos han madrugado y sin embargo se han encontrado con que demasiados han tenido la misma feliz idea: toca armarse de paciencia. Surcadas sin embargo las primeras áreas ajardinadas, más allá de la iglesia, el cementerio de San Gabriel impone en los visitantes el silencio respetuoso de sus dominios, como una transformación divina del carácter. Hay abuelas que caminan despacio y se internan en el bosque de nichos con toda la paciencia del mundo, llenando de años cada paso, en busca del marido, la hija, la madre, en el aliento de un recuerdo cada vez más borroso y por tanto cada vez más cargado de culpa, por más que lo llamen alivio. Sorprende, todavía a estas alturas, la cantidad de mujeres que acuden a la renovación de este ritual en la más estricta soledad, como sorprenden sus rostros arrugados, la piel manchada de sus manos, los atavíos simples y negros con los que se cubren, como si quisieran fundirse con el paisaje y quedarse allí, de alguna forma, cada instante. Algunas han venido acompañadas por sus nietos, que corretean a lo largo y ancho del camposanto sin reparar en cuanto su superficie contiene, o sin importarles demasiado; otras, las menos, vienen del brazo de sus cónyuges, o de sus hijos, tal vez de una hermana, pero la puesta al día de cada sepultura sigue siempre los mismos procedimientos, el cambio de flores, la purificación del agua en vasos y jarrones, un roce leve sobre la lápida, ya sin lágrimas, ya en la mansa cadencia que ha impuesto la costumbre. Y aquí, como cada Día de Todos los Santos, refrescadas las estampas de intimidad distraída con los que ya no están, a pesar de que la afluencia de viudas y huérfanos se vierte como un río entre los cauces abiertos en los caminos, se refuerza la convicción de que los cementerios constituyen el reflejo de un mundo que ya no existe. El apogeo de la cremación, y más aún de la asunción de la ceniza en las más variopintas particularidades, como refugio exclusivo de quienes se quedan, ha privado a la muerte de los seres queridos de esta dimensión pública, compartida, vecinal, ciudadana y barroca. La misma impresión se cernía ayer, de hecho, en los columbarios de iglesias y cofradías, igualmente repletos de oferentes: la extinción parece representar un asunto cada vez más vergonzoso, más intransferible, un acontecimiento merecedor del más tupido de los parapetos (cuanto menos lo veamos, cuanto menos sepamos sobre él, mejor). Así, paradójicamente, el RIP final termina pareciéndose a los cementerios, situado en el extrarradio, apartado de la vista, oculto detrás del muro. La convicción de que la muchedumbre (tan callada, tan disuelta) era ayer una excepción así lo confirmaba.

La alternativa a este desamparo pasa, claro, por convertir los cementerios en reclamos turísticos. Así sucede especialmente en los camposantos en desuso, como el de San Miguel y el de los Ingleses, convertidos desde la noche del martes en escenarios prodigiosos para visitas guiadas y representaciones teatrales. Pero tal vez resulte oportuno reivindicar la función cívica y cultural de los cementerios, especialmente los activos, por más que ahora tantos prefieran llevar consigo los despojos de sus familiares en frías urnas funerarias. Nos jugamos al respecto un valor mucho más importante que el turismo: la posibilidad de hacer de los cementerios lugares de tránsito y reflexión durante todo el año. Es aquí, entre el aletear de los insectos y el piar de los pájaros, donde con más calma podemos pararnos a pensar sobre lo que somos y lo que queremos ser, sobre el modo en que quienes se fueron siguen con nosotros, sobre la inmanencia del ubi sunt, sobre la maravillosa conciencia de lo efímero. Sin miedo y sin tristeza. Con la verdad de una flor en la lápida.

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