Los enemigos del campo
Los agricultores denuncian que llevan un año "nefasto" con precios irrisorios y la crisis del pepino no es más que un giro de tuerca más a una situación cada vez más desesperada
La pedanía torroxeña de El Morche está muy lejos de Alemania pero sus agricultores llevan acordándose de La Merche (como denominan a la canciller germana Angela Merkel) toda la semana. Los pepinos españoles han estado en el punto de mira por la bacteria E.coli y, aunque finalmente se ha demostrado su inocencia, el daño ya está hecho y no consiguen remontar el vuelo. Detrás de los famosos pepinos, como de otras hortalizas, hay miles de familias que están pasándolo muy mal pues esta crisis es una gran gota más en un vaso que ya rebosa desde hace tiempo porque los precios en origen siguen por los suelos -son prácticamente irrisorios- mientras las grandes cadenas de distribución disparan sus beneficios año tras año.
Este diario acudió ayer al mercado de mayoristas Llano de los Frailes en El Morche. Allí conversamos con Benjamín Navarta, un joven agricultor que trabaja en un invernadero de 5.000 metros cuadrados en Algarrobo. Acaba de llevar casi 1.000 kilos de pepinos aunque es plenamente consciente de que apenas va a ganar nada. "Cuando estalló la crisis, el primer día vendí los pepinos a 17 céntimos el kilo y, al día siguiente, solo me los compraron por siete céntimos", explica. Ayer, tras la corrida, apenas pudo vender dos lotes por 10 y 12 céntimos el kilo. Le dieron apenas 110 euros por 1.000 kilos de producto pero ni siquiera todo es para él. De ahí descuenta el dinero que ha tenido que pagar a dos ayudantes para recoger el fruto, el 10% de comisión que se queda el mercado de mayoristas, el transporte y todos los gastos propios del cultivo, de forma que apenas le quedan 30 euros para su bolsillo. "Recojo los pepinos unas tres veces a la semana y gano unos 90 euros", afirma Navarta, quien asegura que en seis meses sólo ha conseguido ahorrar 1.100 euros.
Sembrar pepinos no es barato. La planta cuesta unos 90 céntimos y produce unos siete kilos. A eso hay que sumarle el plástico, los abonos, la recogida... Es muy difícil conseguir un kilo de pepinos en el campo por menos de 35 céntimos de euro. Teniendo en cuenta que se está vendiendo a 10 céntimos, muchos agricultores están optando directamente por no recogerlos porque les saldría más caro. La paradoja de la moderna sociedad de consumo.
Desmotiva a cualquiera. Navarta trabaja de 12 a 13 horas diarias. Llega al campo hacia las 6:30 "en cuanto sale el sol" y se va cuando anochece. Así lleva ocho años. "Esto no tiene futuro. He echado currículums por todos sitios para ser conductor pero no sale nada", señala, a la vez que muestra su indignación con el sistema de distribución existente. "El Gobierno tendría que acabar con la especulación. Podemos decir que yo soy la fábrica pero no tengo ningún margen para negociar, me compran el producto al precio que quieren otros mientras que los intermediarios se lo llevan todo", continúa tajante.
"El campo sólo da calenturas. Si se saca algo bien y si no, a morir" indica José Rodríguez, otro agricultor que cuenta con un invernadero de 3.000 metros cuadrados en Mezquitilla. Tiene 2.400 kilos de pepinos que llevan desde el jueves sin venderse en el mercado de mayoristas y aún posee otros 40.000 kilos en el campo a la espera de ser recogidos. "Esto es trabajar de balde todo el día", subraya Rodríguez quien, tras toda una vida trabajando como agricultor, dice que "nunca ha habido un año tan malo como este".
Jornadas de sol a sol y nulas ganancias. ¿Por qué siguen en el campo? Para algunos, los mayores, es su forma de vida y están acostumbrados al sufrimiento. Otros, los más jóvenes, confían en que cambie la suerte y suban los precios para cubrir costes y poder sacar un sueldo decente al mes. En todos los casos, no cambian por nada la agradable sensación de respirar aire limpio a diario envueltos en la naturaleza y lejos de los bullicios de las ciudades.
Manolo Jiménez es comercial de Llanos de los Frailes y explica que esta semana, con la crisis en Alemania, apenas ha entrado la mitad de la producción habitual de pepinos y la mayoría, unos 20.000 kilos, están "para tirarlos y dárselos a las cabras". De hecho, compraron varios miles de kilos a cinco céntimos sin ningún fin simplemente "porque cuestan mucho más las cajas [unos tres euros] y los gastos de envío que los pepinos".
El 80% de los pepinos que se producen en la Axarquía se consumen directamente en España. Sin embargo, les ha explotado el problema en la cara porque, al no poder vender Almería sus pepinos en Europa, han intentado derivarlos al resto de España saturando la oferta y, por tanto, hundiendo el precio. Los daños colaterales han llegado también a otros productos como la berenjena, el calabacín, la judía o el tomate.
Jiménez disipa cualquier duda sobre la seguridad alimentaria y rompe una lanza por los agricultores con los que lleva años trabajando codo con codo. "Todos están muy concienciados de que no se pueden echar cosas raras a los productos y hay mucha seguridad. Tenemos la trazabilidad de todo y todos los meses vienen inspectores de la Junta de Andalucía, cogen partidas y las analizan", prosigue.
A las 11:30 empieza la subasta. Una quincena de corredores (representantes de los distribuidores) se arremolinan, teléfono móvil en mano, junto a José Luis Ruiz, el subastador. Por momentos y salvando las distancias recuerda a los agentes de Wall Street. Se diferencia perfectamente a los corredores de los agricultores. Los primeros van con camisa -algunas de marca-, pantalones largos y zapatos. Los segundos llevan ropa cómoda pues acumulan ya varias horas de trabajo y les quedan otras cuantas por delante. La subasta es a la baja, es decir, empiezan por un precio y van disminuyéndolo hasta que un corredor hace un gesto de asentimiento y se queda con la partida que elija.
Empiezan con los pimientos verdes -que venden a unos 40 céntimos por kilo-, siguen los calabacines, los pepinos y terminan con los tomates, éstos últimos también a 40 céntimos por kilo. Aurelio Díaz es corredor y afirma que nadie le está pidiendo que compre pepinos. "Solo nos piden algo de tomates o cebollas, pero solo para mantenerse porque las ventas han caído más de un 30%", explica. Cobra un céntimo de comisión por cada kilo de producto que gestiona y señala que al mes "suelo sacar un sueldo normal, aunque también tengo muchos gastos porque pago el autónomo, 300 euros de teléfono móvil, etcétera". Díaz destaca que hay "buen rollo" entre todos los corredores "pero eso es porque sobran todos los productos. Es mejor que nos llevemos mal porque eso quiere decir que hay mercado", relata de forma irónica.
El conflicto del pepino ha provocado que los agricultores vuelvan a las portadas de los periódicos pero éstos ya están curados de espanto. Afirman que el año, en general, está siendo "nefasto" y critican, por un lado, la "bestial" diferencia de precios existente entre lo que se paga al agricultor y lo que el consumidor final abona en cualquier supermercado y, por otro, el cambio de hábitos que se está produciendo en una sociedad marcada por la rapidez. "La gente ya no consume ni frutas ni verduras sino que ahora prefiere un yogur de esos de 20 céntimos de marca blanca", se lamenta el vendedor Epifanio Juarranz. La Merche no es la única culpable. Al campo le sobran enemigos.
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