Un desafío mayor que el tour

La gesta de Gilles

  • Un francés de padre español recorre en bicicleta y en solitario casi 6.000 kilómetros en tres meses por el país galo y España hasta llegar a Málaga

Gilles, durante su aventura ciclística.

Gilles, durante su aventura ciclística. / M. H.

Gilles Arcas acaba de regresar a su casa en Cachan, una de las Comunas de las afueras de París. El y su hermana Agnés son hijos de un andaluz emigrado a Francia, tras conocer y casarse con Colette, una estudiante francesa de español en el Madrid de fínales de los años 40, y posteriormente intérprete en la UNESCO. Sería algo normal para un francés de padre español sino fuese porque llegaba de un viaje de tres meses y 5836 kilómetros (el Tour tiene 3400), en bicicleta y en solitario (nada de equipo, gregarios, ni coches de apoyo), atravesando Francia y España hasta Málaga, y vuelta.

No es el único. La tabla de los Guinnes, como él dice, está llena de hazañas mayores, de ciclistas como él, que han dado la vuelta al mundo. Pero el Guinnes, que yo sepa, aún no ha recogido las hazañas más voluntariamente anónimas, dentro de las cuales se inscribe la suya. No hay Guinnes para la discreción, y la ausencia de publicidad, de renombre ni de recepciones. Hasta en su equipación diríamos que Gilles ha huído de la estridencia. Una bicicleta de discreta factura –ni siquiera creo que su famosa marca estadounidense sepa de su fiel seguidor que la ha paseado por el mundo-, unos tenis (nada de calzado ciclista), chubasquero, tienda de campaña, aseo imprescindible, recambios y herramientas, hornilla de gas y fideos liofilizados, agua, algo de muda, y móvil, el único lazo con la red en la que algunos hemos seguido sus viajes.

La de Gilles no es, pues, una gesta mediática al uso, sin lo que ya no entendemos prácticamente nada de lo que ocurra. Todo está mediatizado y, por ello, todo presenta un rasgo profundo de falsedad. Incluso a veces la discreción buscada no es sino un atajo más para la fama. El mensaje de Gilles, en cambio, es un grito sereno en favor del encuentro –cada vez más raro- de los seres humanos con el esfuerzo y consigo mismos.

Parte del itinerario de Gilles. Parte del itinerario de Gilles.

Parte del itinerario de Gilles. / M. H.

Gilles trabajaba antes de jubilarse en asesorar a las empresas de correos sobre la manera de homogeneizar la impresión en los sobres de las direcciones postales. Un trabajo fino y de precisión, para que las torpes máquinas pudieran leer y clasificar las cartas solas. Dice que la de España era una correspondencia caótica en este sentido, y que había intentado ponerle orden en visitas de trabajo a Madrid. Con esa misma precisión prepara sus viajes y etapas. En ellos parece que esté viajando y huyendo a la vez, buscando siempre carreteras y pistas secundarias. Nada que ver con el paseo dominguero, que siempre sale y vuelve al mismo sitio, distancias cortas y conocidas.

Se trata de pedalear más de cinco mil kilómetros por Australia o Europa, con el tiempo y la distancia diluyéndose sin horizonte. En su móvil, algunos programas le ayudan a elegir los mejores itinerarios, previendo, además del máximo anonimato y tráfico, las temibles pendientes. No le ha tenido miedo a la montañosa península, ni a nuestro sol de agosto para atravesar este verano el mediodía español. Y llegar finalmente a Málaga, con un moreno ciclista tan intenso como el de los segadores y marengos andaluces de antaño. Como un proletario de la bicicleta.

Persona modesta, callada, reflexiva e inteligente, un francés amante de España (donde según piensa se respeta mucho al ciclista) y de su familia española, Gilles dice que la carretera, o las pistas, nunca están solas. Ni el viajero tampoco. El albergue o el camping, la tienda, las calles de las ciudades atravesadas, incluso el desierto australiano, son lugares para el encuentro. Pero para hacer esto hace falta una pasta humana especial, una marca de la casa. Dice el Dr. Perán, bioquímico descubridor de la “prueba del talón” a recién nacidos y ciclista y autor del libro “La dieta del tigre”, que no nos engañemos, que lo que le pasa a Gilles, su secreto, es que en estas hazañas no sufre, sino que se lo pasa estupendamente, que disfruta. Para mí que eso lo hace aún más misterioso y ejemplar. Poder detener el tiempo, o pausarlo de una manera casi infinita como él hace, y acompasar tus emociones y tu mente a esa detención, sin tener la fe de gigantes de quienes pertenecen a una comunidad religiosa contemplativa, es lo que convierte sus viajes en gestas insuperables.

Necesitaríamos unas sesiones de coaching con Gilles. Un curso, o un master, de saber vivir. De parar en esta huida sin sentido en la que estamos sumergidos. De terminar con el miedo que nos tenemos, y a que de pronto se termine el ruido que nos envuelve y nos tranquiliza. No es que tengamos que coger la bicicleta y salir a los caminos. No. Hay que explorar mejor en las condiciones físicas y humanas de Gilles Arcas. A su falta de ataduras, su pacto con el tiempo, su mirada del paisaje desde un medio de transporte que no lo agrede, su curiosidad, su tolerancia, su paciencia con el mundo y la búsqueda de felicidad en lo que te gusta y te llena. A la confianza, en fin, en uno mismo, cuando te encuentres sólo en medio de la nada, y sigas pedaleando sin parar. Huyendo hacia adelante, la única frontera segura.

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